Con 18 años recién cumplidos, Amanda Cerna logró el cuarto lugar en los 400 metros planos en los Juegos Paralímpicos de Río 2016. Y lo hizo entrenando en una pista de tierra en la fría y lluviosa isla de Chiloé.

Sólo podía escuchar los gritos de sus padres y su hermana melliza, pero no era capaz de levantar la cabeza para mirarlos. A pocos minutos de la largada de la semifinal paralímpica de los 400 metros, en el Estadio Olímpico de Río, Amanda Cerna se sentía ansiosa. Intentaba despejar la mente y concentrarse en hacer una buena salida. Su meta era acceder a la final de esa categoría y no quería dejar escapar la oportunidad.

Estar en esa carrera fue algo que, hasta el año pasado, Amanda no soñaba. Practicaba atletismo desde niña en una pista de tierra que normalmente se convertía en barro por la lluvia de Castro. “Es la única pista cerca porque hay una de recortán en Ancud, que queda como a 100 kilómetros. El riesgo más grande que tengo cuando entreno, es caer y lesionarme”, dice la atleta con voz risueña.

Y aunque desde los seis meses de edad la joven utiliza una prótesis en su brazo izquierdo, nunca se limitó en sus actividades. “Me di cuenta que la usaba cuando ya era grande” nos dice riendo, “me la ponía en la mañana y era algo muy normal porque siempre fue una parte de mí y me sentía igual a las demás”. Un día, su profesora de atletismo del liceo la incentivó a averiguar acerca del deporte paralímpico. Hasta ese momento, Amanda nunca había escuchado sobre esta modalidad deportiva, pero aceptó viajar a Santiago a una competencia sin saber que ese evento cambiaría su vida.

Antes de ese torneo, Amanda sólo había visto a personas con prótesis cuando daban la Teletón y fue al llegar a la competencia que descubrió que existían distintos tipos. También se impresionó al observar cómo entrenaban todos los deportistas, independiente de sus limitaciones físicas. “Ver que otras personas con capacidades diferentes se esforzaban así en el deporte, me motivó muchísimo y quise ser como ellos”, recuerda.

Corrió en ese campeonato por diversión, hasta que le dijeron que contaba con los tiempos para llegar a los Parapanamericanos. “Cuando me di cuenta que podía clasificar a competencias internacionales, ahí me empecé a poner metas y la mayor de ellas era llegar a los Juegos de Río”, cuenta la chilota.

A la espera de la largada

Amanda sabía que para clasificar a Río debían darse dos factores: cumplir con la marca exigida por el Comité Paralímpico Internacional (CPI) y que la Federación Chilena le dejara uno de los tres cupos disponibles para las atletas femeninas. El primer requisito lo cumplió a fines del año pasado en São Paulo al detener el cronómetro un segundo por debajo de la marca mínima. Pero faltaba que le dieran el único cupo que quedaba y no sería fácil, porque la mediofondista Paula Guzmán también tenía la marca. Amanda continúo entrenando cada músculo de su 1.62 mt. de estatura bajo completa incertidumbre.

A sólo un mes del inicio de los Juegos, la atleta viajó sola a Santiago para ver a un kinesiólogo. Llegó temprano, así es que estaba esperando en el pasillo cuando su celular sonó. -¿Ya te contaron? -le dijo su madre emocionada al otro lado de la línea – ¡Ganaste el cupo para los Juegos!-. Amanda, generalmente de personalidad tímida, se puso a llorar de emoción a la vista de todos.

Desde ese momento, comenzó a pensar todos los días en las carreras a las que había clasificado: 200 y 400 metros planos T47 que en los Juegos corresponde a personas con amputación en extremidades superiores. El día de la semifinal de los 400, sentía nervios, pero el disparo de la largada le llenó la cabeza de un solo objetivo: alcanzar a la que iba primera.

Sueños de una joven llena de metas

A 4.600 kms. de distancia de Río, los alumnos y profesores del Liceo Galvarino Riveros estaban con los ojos pegados al televisor. Hacía meses que eran testigos de cómo una alumna de cuarto medio se esforzaba día a día por estar en la cita paralímpica. Por eso estallaron de alegría al verla cruzar la meta clasificándose a la final, así como también cuando obtuvo el cuarto lugar en los 400 metros planos.

A su regreso a Chiloé, la esperaban con una gran pancarta de bienvenida a la entrada del liceo. En el patio, todos los miembros del establecimiento la felicitaron con vítores y una banda de música tocando en su honor. Luego de meses de ausencia por los entrenamientos, la atleta era recibida como una pequeña heroína.

En sus jornadas, Amanda tiene poco tiempo: de lunes a viernes estudia de 8 a 4 de la tarde y luego entrena hasta las 19 horas. A eso se le suma un dieta muy estricta para no aumentar de peso. “Cuando voy al cumpleaños de alguna amiga, igual como de todo porque sé que tengo que pasarlo bien algunas veces con ellas, pero si no como algo, saben que es por el deporte y no me molestan” describe.

Para no perder el año escolar, el colegio decidió cerrarle el semestre aunque debe seguir asistiendo a clases cada vez que está en la isla. El perder tiempo de estudio es lo que a ella más le cuesta sacrificar. “Lo más difícil es tratar de ponerme al día. Especialmente ahora, que ya me toca dar la PSU y me tiene realmente muy nerviosa”, dice Amanda.

A fin de año quiere dejar el sur para vivir en la casa de unos familiares en Santiago. Así podrá entrenar todos los días en el Centro de Alto Rendimiento, porque su plan para el 2017 es dedicarse por completo a competir. Horas y horas de entrenamiento para alcanzar su gran objetivo: que en la próxima final de los Paralímpicos, no se le escape la que va primera.

¿Qué son los Juegos Paralímpicos?

Es una competición internacional en la que se disputan diversas disciplinas deportivas, pero los atletas que compiten tienen ciertas incapacidades físicas. Debido a que abarcan una gran cantidad de discapacidades, dividen a los competidores en diversas categorías. Este año, Río de Janeiro los alojó entre el 7 y el 18 de septiembre.