A sus jóvenes 21 años, preside una fundación que promueve las relaciones positivas entre los estudiantes de distintos colegios del país. Inspirada en su propia experiencia como víctima de acoso escolar, se propuso evitar que otros niños pasen por lo que ella vivió. Aquí nos cuenta su historia:

“Sus lágrimas caían mientras se escondía tras unas plantas. Me topé con ella en el patio de mi colegio en Ecuador, donde viví un tiempo por el trabajo de mi papá. Y aunque no la conocía, me acerqué a preguntarle qué le pasaba. Me contó que unas compañeras la molestaban y que no tenía amigas. Inevitablemente, evoqué lo que me sucedió hace unos años, cuando estaba yo en los zapatos de esta niña: los insultos, los apodos y la soledad. Los gritos y empujones, los ataques virtuales, los mensajes en el chat y las fotos ofensivas. Mi mente regresó un episodio de mi vida repleto de angustia, inseguridad y miedo. Con sólo 11 años, me enfrenté a una serie de agresiones que no estaba preparada para encarar.

Recordé, con detalles, un día específico. Era una mañana calurosa y oscura, estaba en la mitad del patio del colegio y se me acercó una compañera para decirme: ‘No vayas para allá’. Le pregunté por qué no, pero no supo responderme. Se puso nerviosa y sólo atinó a repetir su recomendación. Ahí me di cuenta que todas las que generalmente me molestaban, estaban riéndose. Llevaban puestas unas poleras blancas, con un cuadrado rosado lleno de insultos y la imagen de una Barbie, que se suponía era yo. Me quedé paralizada mientras sacaban de una bolsa más prendas iguales y las repartían.

Mientras reconocía mi historia en la que me contaba la niña, reviví la sensación de estar ahí, con las piernas temblando y las lágrimas que caían de manera automática. Recordé cada detalle y me invadió un fuerte sentimiento de impotencia. Nadie merece pasar por algo así, pensé. Y con esa convicción, le prometí que haría todo lo que estuviera en mis manos para ayudarla.

Así empezó ‘Volando en V’, iniciativa que busca promover la convivencia escolar positiva. Partió en mi colegio, en Ecuador, cuando luego de ese encuentro tras las plantas, fui a hablar con la directora del establecimiento con el fin de encontrar una solución. Junto al Consejo Directivo, creamos un proyecto basado en intervenciones organizadas por las alumnas mayores para crear conciencia de la gravedad del maltrato escolar en las estudiantes más chicas, potenciando así las relaciones sanas y alegres.

El nombre hace referencia a las aves que vuelan formando una V: la que va adelante, le hace más fácil la tarea a las que la siguen, de tal manera que todas se necesitan. Es un gran ejemplo de compañerismo.

Como parte de este proyecto, a los 14 años empecé a contar mi historia, de manera pública y con detalles, y siempre con un mensaje positivo de resiliencia y superación. El proyecto cruzó las fronteras en el 2013 gracias a la Superintendencia de Educación del Gobierno de Chile, que me invitó a dar mi testimonio en un seminario sobre el maltrato escolar. Dos años después, cuando volví a mi país, ‘Volando en V’ se expandió a más de 13 colegios en distintas zonas de Chile y hoy sigue creciendo.

Ahora estoy en el desafío diario de compatibilizar mis esfuerzos como alumna de Ciencia Política en la PUC, con la administración y organización de esta iniciativa, que ya es fundación. Así le encontré un sentido a todo lo que me pasó y que se concreta en la ayuda a otros. Trabajo potenciando el liderazgo en los jóvenes, demostrando que desde el compromiso de los mismos estudiantes, se puede generar un cambio en los colegios y evitar que otros niños sufran lo que yo viví.

Con el apoyo incondicional de mi familia, me propuse eliminar las consecuencias negativas o secuelas que me había dejado mi experiencia, para poder compartir una historia con final feliz. Necesitamos cada día más equipo, más ayuda y, sobre todo, nuevos testimonios.

Por lejos, lo mejor de ‘Volando en V’ son los líderes monitores que cada colegio escoge y que representan el programa en sus respectivas instituciones. En esta responsabilidad, se convierten en jóvenes empoderados, en valientes ejemplos a seguir, haciendo frente a una realidad que generalmente ellos mismos han vivido y que quieren cambiar. Cada día me impresiona más la especial relación que se da entre estos alumnos más grandes y los más chicos y el impacto que producen en sus comunidades escolares.

Recibir el Premio Mujer Impacta me ha permitido reafirmar mi vocación de servicio. He visto cambios tangibles y concretos, tanto en niños que se convierten en líderes positivos, como en casos de víctimas o agresores de bullying que logran salir adelante. Han sido muchas las personas que me han ayudado a llegar adonde estoy y sé que este trabajo no puedo hacerlo sola. Pero también estoy consciente de que le he dedicado prácticamente toda mi adolescencia, que he aprendido mucho, pero principalmente, que le he dado un sentido distinto a mi vida. Hoy dirijo mi carrera universitaria y todo mi esfuerzo en adquirir las herramientas necesarias para seguir con la entrega y ayuda a los demás. En otras palabras, creo que soy el inicio de una Mujer Impacta y quiero seguir formándome para serlo por completo y por el resto de mi vida”.

Andrea pudo no haber hecho nada… Pero lo hizo. Conoce más historias de mujeres que están cambiando el mundo AQUÍ.