Su trayectoria y gran contribución al estudio de la enfermedad de Alzheimer le permitieron ser reconocida este año con el Premio de Excelencia Científica que la Academia Chilena de Ciencias entrega a las jóvenes investigadoras más destacadas.

Paula no es su nombre, sino su apellido. Un detalle que se apresura en aclarar para evitar confusiones. Su acento delata de inmediato que no es chilena. Actual académica de la Facultad de Odontología de la Universidad de Chile e investigadora del Instituto de Neurociencias Biomédicas (BNI), nació y creció en Río de Janeiro, Brasil, pero ha desarrollado gran parte de su carrera en nuestro país, donde vive desde el 2007. Atractiva, femenina y suave al hablar pero con carácter, domina a la perfección el castellano e incluso ha adoptado varios de los modismos que usamos aquí.

“Vine por primera vez en el año 2001 a realizar una pasantía”, cuenta Andrea, recordando que durante esa estadía conoció a quien hoy es su marido (chileno) y el padre de sus dos hijos. De hecho, fue su matrimonio una de las principales razones que la motivaron para asentarse definitivamente en estas tierras. “Aún es raro para mí la forma que tienen de relacionarse con las personas desconocidas en la calle. Esto de que cada uno se mantenga en su metro cuadrado, en Río no funciona. Allá si saludas a alguien con cara seria, te va a ir mal. La condición es: sé buena onda, pero con cuidado. Acá se empieza con la desconfianza y después viene el relajo. Ha sido un choque cultural fuerte en ese sentido”, opina.

Farmacéutica de profesión, con estudios de biotecnología y doctorada en ciencias, entre 2007 y 2010 realizó un posdoctorado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile con Cecilia Hidalgo, ganadora del Premio Nacional de Ciencias Naturales en 2006. “Ella aceptó trabajar conmigo sin conocerme y eso fue muy importante para mí. Después me casé, compré una casa y me quedé. Ya llevo 11 años acá”, dice sonriendo. “Las cosas se me han dado bien en Chile. Han sido muy receptivos conmigo. De hecho, me dieron un premio siendo extranjera y eso es lo más generoso que hay”.

Se refiere al Premio de Excelencia Científica Adelina Gutiérrez, que el pasado 21 de junio le otorgó la Academia Chilena de Ciencias por sus relevantes aportes en el estudio de la enfermedad de Alzheimer. Su interés por el tema comenzó cuando aún era alumna de pregrado y tuvo la oportunidad de trabajar en un laboratorio en Brasil. En nuestro país ha continuado desarrollando investigaciones y ya cuenta con varias publicaciones de reconocimiento internacional. “He contribuido principalmente en entender cómo un tipo de proteína, que empieza a producirse de más o a degradarse menos, puede dañar las neuronas y hacer que pierdan la conectividad y la comunicación que permiten la memoria”, explica. “Una vez que se comprenden ciertas cosas, es posible buscar mecanismos para la neuroprotección. Eso es lo que hemos trabajado en los últimos años”.

¿Cuándo descubriste que querías ser científica?
– A los 14 años ingresé a un colegio gratuito en Río de Janeiro, que era muy exigente, de alto nivel. Mi primera nota fue un 1, pero tenía habilidades, me gustaba estudiar y me superé. Tuve clases de parasitología, virología, inmunología, bacteriología, entonces me metí bastante en la ciencia. Ha sido el desafío académico más grande que he tenido, más que el doctorado y el postdoc. Con esos profes, descubrí lo que quería hacer en mi vida.

¿Ha sido difícil destacar en el mundo científico, dominado por hombres?
– Es muy curioso. La semana pasada tuvimos un encuentro del BNI. Todos los que estábamos en una mesa discutimos sobre un tema… Yo propuse: Machismo en ciencia, ¿mito o realidad? Lo chistoso es que muchos preguntan: ¿Hay? Ni siquiera se dan cuenta. Tienes que empezar a explicarles y a enumerar ese sinfín de hechos que para nosotras son muy claros. Por ejemplo, entran a la universidad un 50% de hombres y un 50% de mujeres a la mayoría de las carreras en las que he hecho clases: odontología, medicina, kinesiología, tecnología médica, terapia ocupacional… Y si ves una foto reciente del CRUCH (Consejo de Rectores) cuentas a 26 hombres y 0 mujeres. En la Universidad de Chile nunca ha habido una rectora femenina. Yo gané un premio porque está destinado a mujeres. Sin embargo, lo más probable es que habría perdido si hubiera competido con mis colegas varones. Es tan simple como eso.

¿Estás de acuerdo con las manifestaciones feministas de las estudiantes?
– Para mí, el feminismo es algo necesario, porque las mujeres tenemos que poder salir y no ser violadas, vivir en un hogar donde no nos agredan. ¡Es básico! Hay ciertas expresiones particulares que son radicales y con las que uno puede no estar de acuerdo, pero el movimiento feminista trasciende lo que pasa en Chile, es algo mundial. Representa un patrimonio de la humanidad. Mientras se desarrolle positivamente, va a impactar para bien. Yo espero ser una inspiración para mis alumnas, que vean que es posible avanzar en la carrera, a pesar de que uno quiera tener un marido y una familia.

Entre las clases, la casa, los hijos, ¿en qué momento haces investigación?
– Uno cuenta con el apoyo de varias personas en el laboratorio. Te puedes multiplicar a través de tus estudiantes. Esa es la única forma. Sólo avanzas si enseñas y el otro aprende. Por eso, como profe, es muy importante sacar adelante a los alumnos y agradecerles también por sus logros y el trabajo que están haciendo. Yo siempre aprendo en la medida que enseño. Eso me mantiene cognitivamente activa. Es una forma de preservar mi cerebro.

Foto: Fernando Gutiérrez