Ganadoras 2015

Bárbara Soto

Creó el primer afterschool de Chile cuando tenía 24 años. Con un método educativo inspirado en el modelo estadounidense, ayuda a jóvenes de tercero y cuarto medio a preparar la PSU, pero además les enseña a fortalecer elementos del carácter que son claves para alcanzar el éxito. Recibió el Premio Mujer Impacta 2015 por transformar la vida de muchos estudiantes que han conseguido ingresar a la universidad gracias a Yo Elijo.

“¿Qué es lo que tenemos? ¡Determinación!” es la consigna que se oye en el patio interior del centro educacional Mariano Egaña, ubicado en la comuna de Peñalolén, donde se encuentran reunidos los alumnos de Yo elijo para festejar el 18 de septiembre. Uno de ellos toma el micrófono para animar la celebración, mientras la directora del afterschool, Bárbara Soto, no descansa en ningún minuto.

Es una mujer que llama la atención a primera vista, muy femenina y de largo pelo rubio, que sonríe constantemente a quienes la rodean. Nació en Valparaíso, pero vivió gran parte de su niñez en Iquique. Junto con su hermano, ingresó a un establecimiento de excelencia, que fomentó en sus estudiantes la competencia sana, el esfuerzo, la autosuperación y la responsabilidad, elementos que hoy aprecia e incorpora en sus programas educativos.

Sus padres estuvieron siempre presentes, apoyándola y participando en sus actividades. Ve en ellos un referente a seguir y hasta el día de hoy les agradece el sacrificio que han hecho para que no le falte nada. “Siempre vi a unos papás con mucha fuerza, levantaron su empresa juntos y la hicieron crecer a punta de esfuerzo”, cuenta.

A los 18 años, Bárbara se trasladó a Santiago para estudiar periodismo, manteniendo su buen rendimiento académico. “No pensé nunca en desertar la universidad, porque fue tan difícil estar en mi colegio, que después se me hizo fácil seguir el ritmo”, afirma. Una vez titulada, decidió ingresar a Enseña Chile por dos años. Fue en este proceso que descubrió su verdadera vocación. “Yo sabía que amaba el periodismo, pero cuando puse un pie en la sala de clases, me di cuenta que había venido al mundo a enseñar”.

Cuando Bárbara fue profesora en un colegio, su curso había obtenido el mejor resultado de la comuna en el SIMCE. En ese tiempo muchos alumnos de los establecimientos municipales de la comuna de Peñalolén no ingresaban a la universidad y le pidieron que hiciera algo al respecto.

Su primera iniciativa fue crear un preuniversitario social. El modelo tuvo éxito en el primer año, sin embargo, con el ingreso de sus alumnos a la universidad, uno de ellos reprobó todos los ramos el primer semestre y Bárbara debió replantearse el método para encontrar una solución. “No servía de nada que ellos entraran a la universidad sino salían. Entonces me tomé un año para pensar”, explica.

Gracias a una beca, viajó a Estados Unidos para observar los modelos educativos que se estaban implementando en Nueva York y Nueva Orleans. Allí notó el rol fundamental que cumplen las actividades de los jóvenes fuera de la sala de clases. “La brecha educacional se explica mucho en las vacaciones y en el tiempo fuera de la escuela, porque los niños de clase social alta tienen más formas de culturizarse. Los de nosotros juegan videos o trabajan, hacen otras cosas”, dice.

En 2013 se reanudó el programa en Peñalolén. Sin embargo, decidieron introducir algunos cambios y además comenzaron a brindar apoyo a los alumnos que ya estaban cursando una carrera, aunque Bárbara asegura que el éxito académico no es lo único importante, “tratamos que no sean máquinas del éxito”, dice.

Así fue como nació Yo elijo, el primer afterschool de nuestro país, donde implementa un modelo de aprendizaje que, además de enfocarse en los resultados académicos, entrega a los jóvenes siete valores formadores del carácter: la determinación, el autocontrol, la creatividad, el trabajo en equipo, el liderazgo, la comunicación efectiva y el coraje. “Nosotros creemos que con estas características los niños van a poder ser exitosos, no sólo en la universidad, sino también en la vida”, afirma.

Luego de su experiencia enseñando, decidió estudiar pedagogía, impulsada por su padre. En su trayectoria como profesora ha observado muchos aspectos de la educación. Uno de ellos es el poder que tienen los educadores para ejercer una influencia positiva y motivar a sus alumnos. “Vi muchos profesores que odian lo que hacen, pero también vi muchos héroes, personas que lo siguen intentando, que se siguen levantando cada día a las seis de la mañana para ir a enseñar a los niños”. En ese sentido, Bárbara asegura que los docentes son los únicos que pueden cambiar la realidad de la educación en Chile, “si ellos no se dan cuenta de eso, si no creen que los jóvenes son capaces, no vamos a encontrar ninguna solución”, afirma.

Actualmente está dedicada por completo al desarrollo de su programa, que ya cuenta con 300 alumnos de establecimientos municipales de Peñalolén, la cárcel de Santiago y dos colegios de Belén Educa en La Pintana. Y los resultados son alentadores: el 85% de los estudiantes ha ingresado becado en un 100% a la educación superior, gracias al esfuerzo permanente de Bárbara y su equipo, “llego a las 10 de la noche a mi casa, porque trato de estar presente en todos los lugares donde tenemos alumnos”, cuenta. Los jóvenes la ven como una persona en la que pueden confiar, que los motiva diariamente con su energía y cariño, incentivándolos a que no se rindan y consigan sus metas.

Sin embargo, su compromiso con el futuro de los jóvenes ha tenido consecuencias en su vida personal. “Empecé muy chica a trabajar en esto, tenía 22 años. Mis amigos estaban viajando, divirtiéndose y yo estaba siendo mamá postiza. Había alumnos que me llamaban en mitad de la noche para que los fuera a buscar a la cárcel”. Hoy día Yo elijo se encuentra en una etapa de mayor estabilidad y Bárbara está intentando retomar aspectos de su vida que había relegado a segundo plano. “Soy voluntaria en una fundación animalista y en el poco tiempo libre que me queda, me encanta ver películas y leer novelas, muchas de las cuales comparto con los chiquillos”, relata.

Lo más difícil de levantar este proyecto ha sido la falta de financiamiento. Durante todos estos años ha lidiado con la incertidumbre de no saber si contará con los recursos necesarios para que Yo elijo siga funcionando. “Me he dormido en la noche sabiendo que no tenía plata al otro día para las colaciones de los niños”, dice. Y en esos momentos de adversidad, sus padres han sido un apoyo incondicional, “sin ellos no hubiera sido posible, a quién más hubiera recurrido cuando no tenía nada”. No obstante, hoy el afterschool ha logrado sustentarse a través de un modelo de negocios abierto a municipalidades e instituciones que compran sus programas. “Tuvimos que dar un giro, dejar de creer que somos una fundación que tiene estar pidiendo plata, porque de verdad lo que estamos haciendo es mejorar el país”, asegura.

A Bárbara le preocupa que esta iniciativa se mantenga en pie, “me gustaría saber que frente a cualquier circunstancia, Yo elijo va a continuar”, dice. Algún día le gustaría formar una familia, pero quiere seguir en el mando de todas maneras. Lo que sí es seguro es que la educación se transformó en su gran pasión y ya no se ve trabajando en otra área. “Mis alumnos me enseñaron a amar y lo que es el amor verdadero; yo creo que podría dar la vida por uno de ellos”.

El Premio Mujer Impacta 2015 lo recibe como un reconocimiento a todo el equipo que está detrás de Yo elijo, “ellos me han sorprendido por su capacidad de resiliencia, a seguir en pie aún cuando las cosas se ponen difíciles o cuando no había recursos”. Y está convencida de que la metodología afterschool puede producir un cambio radical en la educación, “yo tuve la oportunidad de hacer lo que elegí y esa oportunidad quiero dársela a otros, porque me di cuenta que la educación de calidad existe cuando le damos a todos la oportunidad de elegir”.

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