A simple vista alegre y divertida, ha superado golpes de la vida que muchos ni imaginan. Hoy ayuda a otras mujeres y a adultos mayores víctimas de violencia a recuperar la confianza y la autoestima a través de la defensa personal.

“Quería gritar”, dice, recordando el momento en que la llamamos para contarle que había sido elegida una de las ganadoras del Premio Mujer Impacta 2018. “Estaba en la calle y la gente me miraba, pensaban que estaba loca, porque me reía sola”, recuerda Catalina Cabrera Maldonado, como le gusta presentarse, “para honrar también a mi mamá”.

Asistente social y maestra de artes marciales (karate do), recibió el reconocimiento por la labor voluntaria que realiza en varias ciudades del extremo norte del país, ofreciendo clases gratuitas de defensa personal a mujeres y adultos mayores que han sido víctimas de violencia. Imparte los talleres en recintos que le prestan algunas juntas de vecinos o colegios. Y si no consigue un espacio, los realiza en la playa, frente al mar. También entrena a hombres, “pero a ellos les cobro”, acota.

“Haber obtenido el Premio Mujer Impacta ha sido muy importante, porque me ha ayudado a revisar mi historia y darme cuenta de todo lo que he hecho y de lo que he tenido que pasar para llegar adonde estoy. Además, ha permitido que en Arica, donde vivo, se dé a conocer el trabajo que desarrollo desde hace años en forma anónima. He tropezado con muchas piedras y hasta rocas para lograrlo”, comenta riendo. Le gusta hacer bromas. De alguna manera, la relajan y le facilitan el desafío de controlar la emoción cuando comienza a adentrarse en sus recuerdos.

Como sensei –término japonés para denominar a un maestro– no sólo ha tenido que luchar por hacer valer sus capacidades en una actividad dominada por varones, sino también lograr que la comunidad entienda la importancia de la defensa personal en la prevención de la agresión contra la mujer. “Muchos me preguntan: ¿cómo pretendes combatir la violencia con más de lo mismo? Y las artes marciales no se tratan de eso. Sí son un arma y, en ese sentido, hay que saber utilizarlas. Sin embargo, el karate es una disciplina que favorece el desarrollo del ser humano, ayuda a empoderarse, mejora la autoestima, la seguridad, fortalece la personalidad y el autocontrol, entre muchos otros beneficios psicológicos y sociales”, explica.

Asimismo, ha debido enfrentar la discriminación de sus propias congéneres. Con tristeza recuerda la vez que un grupo de ariqueñas prefirió tomar clases con un instructor y no con ella. “Fue muy duro, porque llevaba harto tiempo tratando de visibilizar el valor de la defensa personal para la mujer y eligieron a un hombre, porque era más ‘encachado’ y tenía músculos (ríe)”.

Catalina comenzó a practicar artes marciales a los 11 años, después de haber sido víctima de una violación. “En mi familia esto se transformó en un tema tabú, pero yo no dejé que me doblegara”, cuenta. No sintiéndose apoyada por sus padres, decidió encontrar su fortaleza y salir adelante por sí misma. “No los culpo ni les guardo rencor, porque nadie nos enseña a ser papás”, reflexiona.

El karate la ha ayudado a superar tantas dificultades y retos que le ha impuesto la vida: la temprana muerte de uno de sus cuatro hijos, las graves enfermedades que debieron enfrentar los otros tres, la tormentosa relación que tuvo con el padre de ellos y el acoso obsesivo de un pretendiente que, al sentirse rechazado, llegó a su casa para agredirla: “Si no hubiera sabido defenderme, él me habría matado”, cuenta. “Pero Dios me tenía una recompensa, ya que después conocí a mi actual marido, con quien llevo tres años de matrimonio”.

“La fuerza la saco de mis hijos –agrega–. Después de todo lo que me tocó vivir, tenía sólo un par de opciones: quedarme llorando o levantarme. Tuve que actuar. Por ellos. Y no los crié machistas (ríe). Por eso me quieren mis dos ‘yernas’. Les digo así, porque no me gusta llamarlas nueras”.

Siempre pendiente de su familia –que también incluye nietos–, Catalina procura mantenerse cerca de sus alumnas. “Estoy 24/7 para ellas. Si tienen un problema, voy para allá. He sacado a mujeres de sus casas cuando les han estado pegando. Me han llegado palos, tengo este corte aquí por defender a una señora –dice mostrando una herida en su mano–. Lamentablemente, cuando una mujer es violentada, también resulta marginada. La familia las deja solas porque no quieren problemas con los maridos. Hasta las madres les cierran la puerta. Eso lo veo diariamente… diariamente (repite)”.

Lo bueno es que muchas han logrado salir adelante gracias a lo que ella les enseña. “A una le dispararon… su esposo. Lleva cuatro años en los talleres y ahora es empresaria. También tengo el caso de una mujer que tras enviudar, sufrió mucha violencia de parte de sus hijos. Hoy tiene un negocio de banquetería y pastelería. Por culpa de ella estoy gorda (ríe)”.

“El mensaje que podría entregarles a las mujeres es que no se detengan en la pena –reflexiona–. El dolor llega para que aprendamos algo. Para que sepamos hasta dónde podemos dar. Más allá del suelo no hay. Entonces, tienes dos opciones: entierras tu cabeza o sales adelante”.

Catalina podría no haber hecho nada… Pero lo hizo. Conoce más historias de las ganadoras del Premio Mujer Impacta AQUÍ.