Mujeres de Ayer

Catalina de Erauso

A la edad de 4 años, sus padres la ingresaron a un convento, deseando para ella un destino bastante diferente al que finalmente tuvo. Su vocación no era religiosa, sino aventurera. Nacida en España, quería viajar y conocer el mundo. Por eso, a los 15 años, escapó del noviciado y, con el fin de no ser reconocida, adoptó una apariencia y un nombre varonil. Llegó a América, luchó en la Guerra de Arauco, fue soldado en Perú, Panamá, México y otros países, hasta que confesó su condición. Y tanto el rey español Felipe IV como el Papa Urbano VIII le permitieron seguir vistiendo como hombre. Para siempre quedó apodada como la Monja Alférez y su figura ha inspirado estudios históricos, relatos biográficos, novelas, películas y cómics. Incluso, se dice que escribió su propia biografía.

Fuiste valiente y decidida al seguir tus anhelos. ¿Cómo te convertiste en soldado y lograste, durante tantos años, esconder tu naturaleza de mujer?
Todo comenzó estando en el año de noviciado. Me ocurrió una reyerta con una monja profesa. Una noche, me alejé del coro, tomé una luz, tijeras, hilo, aguja y unos reales, y me fui. Dejé mi escapulario y salí a la calle, que nunca había visto, sin saber adónde ir. En un castañar que estaba cerca de la espalda del convento, estuve tres días trazando, acomodando y modificando mi ropa. Me corté el pelo y partí. Más tarde me uní a los soldados cuando estaban levantando compañías para Chile. Yo era grande y corpulenta, pude disimular mi cuerpo con las ropas y aprendí rápidamente los modales masculinos.

¿Nunca más supiste de tu familia?
Una vez vi a mi padre, pero él no me reconoció. Ya estando en Chile, llegó una orden del gobernador, Alonso de Ribera, para desembarcar, y la trajo su secretario, el capitán Miguel de Erauso. Luego que oí su nombre, me alegré y vi que era mi hermano. Tomó la lista de la gente, fue pasando y preguntando a cada uno su nombre y patria y llegando a mí y oyendo mi nombre, Antonio de Erauso, y mi procedencia, soltó la pluma y me abrazó. Hizo preguntas por nuestros padres y hermanos, incluyendo su querida Catalina, la monja. Yo fui respondiendo como podía, sin yo descubrirme ni él darse cuenta.
Finalmente, tuviste que confesar tu condición…

Fue mucho después, en Perú. Me detuvieron tras una disputa y pedí clemencia con el obispo. Yo tenía muchos remordimientos y me pareció estar en presencia de Dios. Me descubrí y le dije: “La verdad es ésta: que soy mujer; que me entraron de tal edad en un convento, donde me crié; que tomé el hábito y tuve noviciado; que estando para profesar, me salí; que me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente”. Fui enviada de vuelta a España, donde me recibió el rey, luego viajé a Roma a ver al Papa y, finalmente, regresé a América. Terminé mis días en México, sin Orden ni religión.

¿Qué te impulsó a escribir tu autobiografía, “Historia de la monja alférez”?
Fue una confesión atrevida, acaso sincera, que comencé en 1624, cuando volvía a España en el galeón San José. Lo hice, sin duda, por entretener la ociosidad de las largas jornadas de travesía, tal vez por la imperiosa necesidad de quitarme un peso del corazón. En la forzada inacción, prisionera, cansada de recorrer el puente del navío, me complació revivir con el pensamiento las aventuras pasadas: las carreras a caballo a través de los Andes, las disputas, los combates, las huidas, la fortuna azarosa, la vida errante y libre.

* Frases adaptadas para efectos de esta nota, a partir del libro “Historia de la monja alférez”, publicado en biblioteca.org.ar, y datos extraídos de textos en memoriachilena.cl, mujeresenlahistoria.com y wikipedia.org.

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