Considerada una de las más grandes astrónomas del siglo XX, destacó por descubrir la composición química de las estrellas, trabajo que desarrolló en su tesis doctoral. Nacida en Inglaterra, llevó a cabo su carrera en Estados Unidos, convirtiéndose en la primera mujer nombrada como profesora asociada y titular de la cátedra de astronomía en la Universidad de Harvard. En el observatorio de esta institución realizó sus investigaciones, publicó artículos y libros, tanto con su marido, el también astrónomo Sergei Gaposchkin, como con colegas femeninas que, al igual que ella, se abrían paso en un mundo dominado por hombres. En su honor, el asteroide 2039 fue bautizado con su nombre.

¿Por qué te interesaste en la astronomía, un área que hasta hoy es poco desarrollada por las mujeres?
Crecí en una familia de tres hermanos. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años y mi madre se encargó de educarnos, pemitiéndonos desarrollar nuestros intereses. La astronomía no fue siempre mi objetivo. Inicialmente ingresé a la Universidad de Newham, en Cambridge, para estudiar botánica, física y química. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de escuchar una conferencia del profesor Arthur Eddington sobre su expedición a Brasil para observar un eclipse de sol. Me gustó tanto, que decidí convertirme en astrónoma. Sin embargo, siendo mujer, eran pocas las posibilidades que tenía para desarrollarme en esa área en la Inglaterra de aquel tiempo. No sin miedo, me embarqué con rumbo a Estados Unidos, donde conocí a Harlow Shapley, el director del observatorio de la Universidad de Harvard. Gracias a un programa impulsado por él, cuyo objetivo era animar a las mujeres a trabajar en el observatorio, en 1923 me convertí en la segunda mujer en ingresar a la carrera, siguiendo los pasos de Adelaide Arnes.

¿Fue difícil que tu trabajo fuera reconocido en un mundo integrado principalmente por hombres?
Por supuesto. En 1925 llegué a ser la primera persona que alcanzó un doctorado en el área de astronomía de Harvard, gracias a la tesis de Atmósferas Estelares, en la que establecí que el hidrógeno es el componente más abundante en la constitución de las estrellas. Sin embargo, un profesor me aconsejó decir que estas conclusiones eran improbables. Cuatro años más tarde, el mismo maestro convenció a la comunidad astronómica que, como había inferido su pupila, el hidrógeno es el elemento más abundante del Universo. Y recién en 1962, el astrónomo Otto Struve señaló a mi tesis como la más brillante jamás escrita en el campo de la astronomía. Por otro lado, cuando obtuve el doctorado, el director del Observatorio de Harvard, Harlow Shapley, me contrató de inmediato como investigadora. Pero no tuve un cargo oficial allí hasta el año 1938, cuando al fin se me concedió el título de astrónoma.

¿Qué tal era trabajar con tu marido?
Nos llevábamos muy bien y creo que fue positivo que tuviéramos los mismos intereses profesionales. Juntos publicamos numerosas observaciones sobre estrellas variables. Lo conocí en Berlín, durante un viaje que realicé a Europa en 1932, visitando varios observatorios del continente. Siendo ruso, tenía muchas dificultades en la Alemania nazi, así es que decidí ayudarlo y le conseguí una plaza de trabajo en Harvard. Dos años después nos casamos, pero no quise adoptar su apellido, como es habitual en Estados Unidos. Mantuve siempre el mío y comencé a firmar como Cecilia Payne-Gaposchkin. Quizás el único problema que tuvimos al trabajar juntos fue que no teníamos con quién dejar a nuestros tres hijos cuando nos íbamos al Observatorio. Solía llevarlos conmigo, a pesar de las quejas que recibía del resto del personal, porque eran niños muy revoltosos.

* Frases creadas para efectos de esta nota, a partir de textos sobre Cecilia Payne publicados en astrogea.org, astrojem.com, mujeryciencia.fundaciontelefonica.com y wikipedia.org. Foto: AAE Betelgeuse.