“La dama del poncho rojo”, como la llama Joaquín Sabina en su canción “El bulevar de los sueños rotos”, tenía un poderoso y desgarrador estilo de interpretar y llegó a convertirse en una de las principales y más admiradas exponentes de la música mexicana. Vestía de hombre y cantaba “a lo macho”, como decía ella. Rebelde, de carácter fuerte, se atrevió a confesar abiertamente su lesbianismo recién a los 81 años, aunque nunca lo escondió en realidad. Nacida en Costa Rica, donde vivió una difícil infancia, decidió emigrar a las tierras del tequila para probar suerte. Allí, María Isabel Vargas adoptó el nombre artístico de Chavela (con v, para diferenciarse de las demás), conoció la fama, incursionó en el cine y también supo del fracaso a causa de un alcoholismo que la sumió en un silencio de casi 15 años. Ya recuperada, se hizo chamana y regresó a los escenarios en gloria y majestad, para seguir cantando hasta poco antes de su muerte.

¿A qué edad comenzó tu interés por la música?
– Desde los 8 años cantaba en casa y en la escuela. No jugaba con muñecas como las demás. Era una niña triste y soñadora, que provenía de una familia religiosa con demasiados prejuicios. Mi madre era una aristócrata y mi padre se avergonzaba de mí. Me escondían cada vez que había visitas, porque temían mi comportamiento. Cuando se separaron, me fui a vivir con unos tíos hasta los 17 años. Decidí partir a México, que se transformó en mi nueva patria y donde comencé a desarrollar más mi interés musical. Al comienzo trabajé aseando casas y vendiendo ropa para niños. Poco a poco empecé a cantar en emisoras radiales cosas de Jorge Negrete y Pedro Infante, siempre con recelo de ser comparada con una de las mejores intérpretes de rancheras, como Lola Beltrán o Lucha Villa. Hasta que llegué al club más elegante del país. Me maquillé y me puse tacones, para acabar tropezando en el escenario. Vestida de mujer parecía un travesti. Entonces, me enfundé unos pantalones, algo que no era normal en aquellos tiempos, me corté el pelo y me puse un poncho, lo que generó cierto escándalo en algunos salones donde me presentaba. Pero a esas alturas, me importaban bien poco las críticas. A mí esa manera de vestir me acomodaba más, porque me permitía demostrar mi carácter fuerte y también destacar entre hombres, como Agustín Lara o Facundo Cabral.

¿Cuándo comenzó tu relación profesional y de amistad con el compositor José Alfredo Jiménez?
– Lo conocí en México, cuando ya había colgado el vestido y empezado a usar pantalones y poncho. Formamos una pareja musical y de parrandas. Yo transmitía de verdad sus canciones, todo el dolor que había en cada una de las palabras que él escribía. Cantábamos, nos divertíamos y bebíamos tequila hasta caer desplomados. En los años 50 debuté en Acapulco, en un local donde iba todo el mundillo de Hollywood. Canté en la boda de Liz Taylor y Mike Todd. Pero yo prefería frecuentar las cantinas, donde me sentía más cómoda, con una botella de tequila en la mano casi a todas horas. Así pasé días y noches interminables junto al mejor de los compositores de rancheras mexicanas. Canté muchos de sus mejores títulos: “Un mundo raro”, “En el último trago”, “Volver, volver”, “Amanecí en tus brazos”, “Ojalá que te vaya bonito”… Cuando falleció, me desvanecí llorando, borracha. Después descubrí que el alcoholismo es una dependencia del alma. Esta adicción me apartó del público y dejaron de contratarme. Sin dinero y sola caí en el olvido y vivía de la caridad de las amistades, hasta que decidí recuperarme. Tras años de silencio, empecé a cantar de nuevo y un empresario español me fichó para actuar en la sala Caracol de Madrid. En la capital española escribí la segunda parte de mi carrera, con Pedro Almodóvar como padrino y amigo. Nos conocimos en 1992 y desde entonces fuimos íntimos. Participé en las bandas sonoras de algunas de sus películas y eso ayudó mucho a revitalizar mi carrera.

¿Y por qué te convertiste en chamana?
– En la infancia tuve problemas a la vista, más tarde me dio poliomielitis y todo pude superarlo. Logré vencer el alcoholismo y mi obsesión por el cigarrillo. Pero yo no creía en Dios, sino en las deidades que adoraban los indígenas. Cuando me diagnosticaron pólipos en el intestino, un día amanecí y me dije: “Iré con los chamanes huicholes y, si me voy a morir, pues que me muera”. Después de un ritual quedé curada para asombro de los médicos. Entonces, decidí hacerme chamana y me convertí en sacerdotisa de la etnia huichol y del arte puro.

* Frases extraídas y adaptadas para efectos de esta nota, a partir de textos sobre Chavela Vargas publicados en elespectador.com, libertaddigital.com, lavanguardia.com y chilango.com.