Poco se sabe sobre la vida de esta destacada pintora flamenca, una de las pioneras en cultivar el denostado género de los bodegones y la naturaleza muerta. Se dice que nació en Amberes, Bélgica y falleció en La Haya; que su primera obra conocida la realizó a los 14 años y que se habría casado en 1639. Sin embargo, casi no existen documentos que confirmen estos u otros datos de su biografía. Lo que sí está claro es el gran valor de su legado artístico, que incluye cuadros con autorretratos que se reflejan de manera muy sutil en jarras y copas. En el 2016, se convirtió en la primera mujer a la que el Museo del Prado le dedicó una exposición individual en sus casi dos siglos de historia.

¿Por qué no hay casi registros de tu vida?
– Este mundo ha sido dominado tradicionalmente por los hombres y el terreno de las artes no es la excepción. A comienzos del siglo XVII, la misma época de Rubens, Van Dyck y Snyders, desarrollarse en ciertos ámbitos no era fácil para las mujeres. Si bien hubo muchas pintoras, poco se tomaba en cuenta nuestro trabajo. Con el correr de los años se ha ido estudiando más sobre el aporte femenino en las artes. Yo pintaba principalmente para gente de alta alcurnia. Por eso en mis piezas hay objetos relacionados con el lujo, como copas y tazas de plata dorada, cristal veneciano, saleros de plata. La sal era un bien escaso y muy preciado en aquel entonces. También conchas, que se valoraban por su belleza, porcelanas chinas, jarrones, flores, pescados. Entre mis clientes estaba el poderoso marqués de Leganés y hubo quienes exportaron algunas de mis obras, lo que me permitió, en cierta forma, darlas a conocer. Pero era difícil que en ese tiempo fueran realmente valoradas las creaciones de las mujeres, en especial porque no se nos permitía ingresar a las academias para perfeccionarnos.

¿Cómo lograste aprender la técnica?
– Así como gran parte de las mujeres que pintaban, tuve clases desde pequeña en mi casa. No podíamos frecuentar talleres, donde habitualmente se preparaban los pintores, ya que era impensable para las jóvenes compartir cotidianeidad con los muchachos. Además, al salir seríamos demasiado mayores para casarnos. Ni hablar del acceso a las clases de desnudo, donde se podía aprender a dibujar la figura humana y que implicaba un pasaporte para la “alta pintura” con escenas de batallas o religiosas. Dedicar los esfuerzos a los bodegones fue un modo de llevar adelante la carrera para muchas mujeres.

¿Qué te motivó a incluir autorretratos camuflados en tus cuadros?
– Está relacionado con lo anterior. El género pictórico de los bodegones, al que me dediqué exclusivamente, era muy denostado por excluir la figura humana. Quizás fue la atmósfera particular en los Países Bajos durante ese tiempo lo que posibilitó la consolidación de este tipo de piezas, planteadas como una representación de una clase burguesa en ascenso, la de los comerciantes, que a ratos remedaba las costumbres de la aristocracia tradicional. Sin embargo, no eran consideradas obras de calidad. Entonces decidí pintarme, incorporando imágenes mías en los cuadros, siempre camufladas, por decoro. Pintarme desde diferentes puntos de vista adaptados a la superficie de las copas o las jarras, me permitió demostrar mi absoluto control sobre los ángulos, la escala, la perspectiva y la minuciosidad.

¿Sabías que tu nombre está relacionado con la creación del Museo Nacional de Mujeres Artistas (National Museum of Women in the Arts)?
– Esa es una historia muy bonita. En los años 60, Wallace y Wilhelmina Holladay, unos coleccionistas norteamericanos, tuvieron la oportunidad de conocer mis obras en España. Al regresar a Washington buscaron información sobre mí y otras artistas, pero encontraron muy poco. Así fue como decidieron crear el Museo Nacional de Mujeres Artistas para dar visibilidad a las pintoras.

* Frases creadas para efectos de esta nota, a partir de textos sobre Clara Peeters publicados en abc.es, elpais.com y nmwa.org.