Ganadoras 2015

Claudia Caroca Aravena

En 2008 entró a trabajar como asistente social en Colina 2, conocido por ser uno de los recintos penitenciarios más peligrosos de Chile. Desde ahí creó el proyecto Colina2.zero, taller de medioambiente en el que participan alrededor de 250 internos, quienes han aprendido que pueden revertir el estigma de violencia y agresividad que arrastran y hacer un aporte real a la sociedad.

Corría el año 1994 cuando la cárcel Colina 2 se estableció como unidad independiente. Anteriormente, este recinto recibía internos con mala conducta de otras penitenciarías y, por lo mismo, no se implementaba una estrategia de reinserción. Sólo había una asistente social, un psicólogo y un terapeuta para intervenir en situaciones específicas. Sin embargo, en 2008 Gendarmería amplió la cobertura y se contrató a alrededor de 30 profesionales. Claudia Caroca fue una de ellos.

Desde su niñez se caracterizó por ser muy activa, participaba en el Centro de Alumnas de su colegio y continuamente organizaba actividades ligadas a la acción social. Era una líder innata y enfocó su energía y capacidades en hacer algo por la sociedad. Lo decidió en tercero medio, cuando era voluntaria en la Ciudad del Niño. Ahí conoció a una mujer que, además de cumplir su función como asistente social, veía a estos niños como parte de su vida. Este compromiso y dedicación marcaron a Claudia y la motivaron a seguir sus pasos.

Ya convertida en profesional, ingresó a la Vicaría de la Pastoral Social del Arzobispado donde estuvo hasta el 2007. Trabajaba con jóvenes en situación de calle y le sorprendía que cada cierto tiempo algunos eran detenidos y desaparecían, quedando ella impotente durante esos intervalos, “me di cuenta que debía hacer algo, pero desde el otro lado”. Entonces postuló a Gendarmería, específicamente a Colina 2, centro que hoy cuenta con alrededor de 2.200 internos. “Y no me arrepiento, es una de las cosas que más me llena”, dice.

No fue fácil para Claudia en un principio. Ella es una mujer fuerte y carismática, pero llegar a la cárcel es adentrarse en una cultura diferente, desconocida para quienes se encuentran afuera. Se debió acostumbrar a una institución muy jerárquica, donde los funcionarios siempre han sido mayoría masculina –de 300 personas, entre uniformados y civiles, sólo trabajan 50 mujeres –. En este proceso de inserción se ganó el respaldo de varios de ellos y también consiguió detractores, pero finalmente logró abrirse espacio y hacerse valorar. “Había algunos que pensaban ‘esta niñita loca que quiere cambiar el mundo’, pero me apoyaban en estas locuras y eso me hizo validarme y creer que podía hacer cosas que no se realizaban porque a nadie se le habían ocurrido”, explica.

Fuera de Colina 2, la vida de Claudia siempre ha sido más bien tradicional, disfruta las cosas sencillas, la belleza de los parajes del sur, la lectura y el cine. Siendo la hija mayor de un matrimonio con cinco hijos, cursó toda su educación escolar en un colegio de monjas y, aunque constantemente estuvo ligada al voluntariado, su familia no lograba entender la decisión de trabajar en un centro penitenciario, sobre todo en una cárcel de hombres que tiene internos con alto compromiso delictual. “Ellos hubieran preferido un trabajo más seguro, tal vez en un municipio, pero a mí no me gustaba”, explica. Para ella era un desafío personal, “cuando siento que ya no estoy aportando en un lugar, me muevo… siempre me he considerado una luchadora por las causas perdidas”.

Luego de dos años de experiencia, empezó a entender la dinámica de la cárcel, debió aprender a relacionarse de distintas formas con la gente. “Tuve que conocer a quienes son los líderes, si llegas a ellos y validan lo que tú haces, tienes a todos los internos a tu disposición; de otra forma no avanzas, que era lo que me pasaba a mí”, dice. Con todo, durante ese tiempo se mantuvo firme y siguió adelante con sus objetivos, “siempre he dicho que los límites no existen”.

Colina 2 tiene dieciséis módulos. Claudia trabaja con alrededor de 340 internos, casi todos de Peñalolén y de Macul, del sector de la población Santa Julia. Con ellos empezó a hacer un huerto, en el año 2012, sin tener muchas aspiraciones, más bien como entretención. Pero al poco tiempo se dio cuenta de su potencial y creó un proyecto de reinserción con pretexto ambiental que incluyó capacitaciones en diferentes áreas: huertos orgánicos, lombricultura y compostaje, reutilización de materiales sólidos, reciclaje, eficiencia energética e hídrica, educación ambiental y recuperación de áreas verdes.

En el proyecto participan internos que tienen entre 18 y 60 años, condenados por penas que van desde el hurto simple hasta robo con homicidio y, actualmente, la iniciativa se está replicando en el módulo 9. Además, toda la cárcel participa en el reciclaje. “Para ellos es una forma de vida, porque tomaron conciencia del medio ambiente, de que esto les aporta, y se vinculan entre ellos”, explica Claudia.

Y aunque existe un cierto reconocimiento del resto en lo que hacen, no siempre fue así. “Se autodenominan el ‘ecomódulo’, pero en el pasado tuvieron una historia violenta, este lugar era conocido como el ‘Coliseo Romano’, donde iban a pelear”, dice Claudia. Según explica, no todos están convencidos aún de formar parte del proyecto y son ellos mismos quienes tienen que motivar a los demás. “Es un proceso de reeducación, porque hay algunos que quieren mantenerse en las actividades delictuales y otros que no, pero de a poco se comienza”.

Con el tiempo, su familia ha ido acostumbrándose a su trabajo, están orgullosos de lo que ha realizado e intentan ayudarla en lo que pueden. “Ahora dimensionan lo que he alcanzado más allá de mi discurso, que he hecho de este proyecto mi razón de ser en cuanto a lo laboral, porque siempre estoy pensando en qué más podemos lograr”. Y aunque es una mujer apasionada por lo que hace, hay momentos en que está cansada y abrumada con las dificultades; es ahí cuando encuentra apoyo en su pareja, quien trabaja de gendarme en el mismo recinto penitenciario. “Necesito que alguien me haga saber que todo está bien, que me dé seguridad y él cree mucho en mí, siempre me dice ‘tú puedes más, no te rindas’”.

Hoy su esfuerzo ya tiene frutos, “estamos pensando en armar una cooperativa para que los chicos puedan vender sus productos”, dice Claudia. Gracias a esta iniciativa, la violencia y las muertes han disminuido dentro de la cárcel y muchos han obtenido beneficios intrapenitenciarios, como la salida dominical. “La sociedad no está preparada para recibirlos, pero por lo menos cuentan con otras herramientas que no tenían cuando llegaron”.

Sin embargo, los episodios de violencia ocurren. Aún recuerda el día que mataron a un joven que trabajaba con ella, cuando le quedaba poco para salir en libertad. Ocurrió un viernes y todo se inició por una riña sin sentido. “Yo no recuerdo haber llorado tanto como lloré por él, al otro día no podía abrir los ojos. Hay gente que dice que no es tan sano involucrarse, pero yo creo que si uno no se vincula con las personas, difícilmente les puedo tender una mano”.

Para Claudia, la retribución está en el compromiso y el respeto de quienes participan en este proyecto, “cuando se me ocurre algo, siempre me dan su apoyo, aunque piensen que no va a resultar”. El Premio Mujer Impacta la ha llevado a darse cuenta de que no sólo está haciendo su trabajo, como ella pensaba, sino algo más. Lo percibe como una responsabilidad muy grande, “si efectivamente estoy haciendo algo para cambiar mi pequeño mundo, tengo que seguir y hacer que este espacio vaya creciendo. Esto es un compromiso hacia adelante, a buscar a otras personas que puedan sumarse”.

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