Daniela recuerda que escuchaba la impresora 3D sonar durante todo el día en su departamento en Santiago. En las noches ponía la alarma de su celular para levantarse a ver cómo se iban armando las piezas de plástico. Si salía de fiesta, se preocupaba de volver temprano, recargar de filamentos la máquina y volver a programarla para imprimir otra pieza. Y durante los días de semana se levantaba para ir a su trabajo. Todo porque tenía un sueño: entregar prótesis de manos de forma gratuita.  

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Parecía que lo tenía todo: era joven, vivía en un departamento propio, estaba titulada de ingeniera y trabajaba con un contrato fijo en una empresa. Pero, aunque no lo pasaba mal en su oficio, al final del día sentía que trabajaba pensando en que le llegara el sueldo a fin de mes. Impulsada por el ejemplo de sus padres que siempre buscaban nuevas formas de negocios, decidió que quería tener un emprendimiento social. “Después de mucho buscar, descubrí que las impresoras 3D ya no eran tan caras y que se podían imprimir prótesis de mano personalizadas”, recuerda.

¿Por qué no de pies?

Porque son de plástico y si son de pie, tienen que resistir mucho peso. Y es un riesgo porque si a la prótesis le pasa algo, la persona se cae.

Luego de ver miles de videos en Youtube que mostraban cómo fabricar una prótesis, se encontró con uno que explicaba las complicaciones de no tener una extremidad. Por eso decidió amarrarse la mano derecha, desde que llegó del trabajo a su casa hasta que se fue a dormir. “Me di cuenta que había miles de barreras porque me costó hacer cosas tan simples como lavarme los dientes”, dice ahora.

Después de esa experiencia, se sentó junto a su familia y les comunicó sus planes: iba a importar con su dinero desde República Checa una impresora 3D para trabajar en la fabricación de prótesis. “Fue todo un poco impulsivo (risas), pero por suerte me apoyaron e incluso mi único hermano que es marino y cuatro años mayor que yo, se entusiasmó y trabaja conmigo”, cuenta. Al llegar la máquina, debieron armarla pieza por pieza y luego buscar tutoriales en internet para aprender a usarla. Todo el trabajo sin tener ningún beneficiario en carpeta.

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Partió entusiasmada con su primera creación. Sabía que según datos del SENADIS en Chile el 88% de las personas que requieren de prótesis no cuentan con una y casi la mitad son carentes de recursos, por lo que no pueden costear una en formato gancho, que vale alrededor de $1.200.000. Pero después de meses de búsqueda en municipalidades y hospitales, no encontraban a nadie que necesitara una.

Un día fueron con su equipo a un hospital en donde los recibió un grupo de doctores, especialistas y enfermeras. Luego de explicar todo el proyecto y los beneficios que tenía su prótesis, el médico a cargo les explicó que lo que estaban haciendo no servía y que no contaban con la experticia necesaria para hacer ese trabajo. “Después de eso, íbamos saliendo súper bajoneados y uno de los médicos que estaba en la reunión nos llamó y nos dijo que tenía un paciente para nosotros”, dice.

Así conocieron a Alex, su primer paciente y quien les sirvió para ir aprendiendo el proceso de adaptación a las prótesis. “Ha pasado un año y hace poco lo vi y me dijo: ‘Yo con esta prótesis no me siento una persona discapacitada’”, y eso me marcó. Al final te das cuenta que con este trabajo le puedes mejorar la calidad de vida a una persona”, afirma con optimismo.Hasta hoy han entregado 20 prótesis y están trabajando con una red de 24 voluntarios profesionales entre los que hay ingenieros, diseñadores, abogados, periodistas, terapeutas y psicólogos.

¿Cómo llegaron al segundo paciente?

Eso fue divertido porque después de Alex nos entrevistaron en la televisión. A las pocas horas de haber salido al aire, teníamos nuestros correos y mensajes de las redes sociales colapsados. Así que tomamos a toda esa gente y los pasamos a una lista de espera que va corriendo a medida que entregamos las prótesis.

Hoy Daniela ya no trabaja en la empresa, vendió sus muebles y volvió a vivir con sus padres en Viña de Mar. Viaja todas las semanas a Santiago a reuniones de equipo para priorizar la lista de espera que tienen y ver la evolución de pacientes que llevan meses con sus prótesis. Si tiene algún tiempo libre, le gusta ir a ver la ópera o el ballet para relajarse, aunque confiesa que a sus 29 años es bastante trabajólica.

¿Qué característica personal tuya te ha ayudado?

Creo que además de ser impulsiva, me ayuda mucho el hecho de ser muy enfocada y movida.

¿Quién te inspiró?

Creo que quien me inspiró fue mi madre y mi abuela, por ser ejemplos de mujer: luchadoras, justas y que nunca se conforman con algo mediocre. Mi madre es quien siempre nos exigió hacer las cosas bien, sino no valía la pena esforzarse. Quien me enseñó la constancia y la recompensa del trabajo disciplinado. Es por ellas que puedo soñar con objetivos ambiciosos.