Con sólo 25 años, esta joven es la fundadora de Kaitek Labs, emprendimiento en biotecnología que cree tener la clave para detectar mariscos contaminados por la Marea Roja. Una historia que empezó como una idea en medio de una clase universitaria y que la tiene trabajando a tiempo completo.

5 kilómetros de largo y 1.500 metros de machas muertas cubrieron la playa de Cucao en la Isla de Chiloé. La culpable de eso era la Marea Roja: una producción de algas microscópicas que resultaron ser tóxicas para estos animales. Y podría haber sido peor, porque si un humano consume un producto contaminado, le puede causar la muerte.

Una situación que Emilia Díaz quiere evitar y por eso dedica todo su tiempo en crear un detector de este fenómeno.

La historia de Kaitek Labs, el emprendimiento de Emilia, empezó 5 años atrás en una sala de clases. Cursaba tercer año de Ingeniería Civil en la Universidad Católica, cuando tomó un ramo de biología sintética, donde escuchó por primera vez que las bacterias y microorganismos podían usarse como máquinas. Así, en la presentación final del curso, presentó su proyecto: una bacteria que resuelva problemas como un computador.

Emilia vio que las bacterias procesan información del entorno que nosotros no logramos comprender. La joven plantea que si se instala un software programado en ellas, se podría interpretar ese mundo. Para hacer la lectura más simple, pensó que la clave estaba en que las sustancias cambian de color al tener un resultado positivo.

La idea siguió rondando en su cabeza todo ese año hasta que, junto a dos compañeros de carrera, comenzaron a estudiar una toxina que contamina los mariscos durante la Marea Roja. Los tres se presentaron como un equipo en el programa Jump Chile: un concurso de emprendimiento universitario. Se pararon frente al jurado sólo con un power point, pero ganaron un premio de 5 millones de pesos y pasajes para un viaje en barco por la Patagonia con profesores de Stanford.

Hasta ese momento, Emilia estudiaba para trabajar como empleada y encerrarse toda su vida en un laboratorio. “Nunca vi el emprendimiento como opción, porque encontraba que era para vendidos”, dice la joven. Pero su visión cambió en ese viaje mientras miraba los glaciares. “Escuchaba a esos genios del emprendimiento y me di cuenta que ellos también buscaban mejorar la vida de las personas. Y eso era lo que yo quería hacer”, recuerda.

La ciencia inexacta

No todo sería fácil. Emilia pensaba postular a un fondo CORFO, pero ella nunca había visto que el fondo estatal de 180 millones se lo dieran a una mujer joven en una rama tan compleja como la biotecnología sintética. Así comenzó a tocar puertas, mandar correos y llamar por teléfono. “Por suerte, desde chica fui buena para contar historias y eso me ayudó muchísimo a vender este proyecto que era sólo una idea, porque ni siquiera tenía una prueba de laboratorio”, relata la joven. Fue así que con sólo 22 años y sin un título universitario, logró ganarse el CORFO.

Las ganas de desistir la asaltaron varias veces. Hubo un tiempo en que Emilia se despertaba o se dormía llorando porque sabía que la ciencia no es exacta y sus predicciones podían estar muy equivocadas. Como si fuera poco, cargaba con el peso de ser un ícono por tres razones: ser joven, científico y mujer. Pero en esos momentos, algo la frenaba en sus ansias de dejarlo todo. “Me ponía a pensar en que este proyecto puede impedir que muera gente y eso es mucho más importante que mi cansancio”.

Durante todo el primer año se dedicó a formar equipo y a hacer una análisis de mercado. Tenía que estar segura de que alguien compraría su proyecto. “Descubrí que los grupos más afectados son los pescadores, la salud pública y el turismo. Después busque los países potencialmente interesados y crucé ambos resultados para saber a quién llamar”, dice la científica.

Una vez que tenía asegurado futuros compradores, arrendó una oficina y un laboratorio donde hasta el día de hoy realizan pruebas de investigación. Recién a principios de año obtuvieron los primeros resultados positivos. “A la gente le cuesta entender que éste es un proceso muy largo. Además, hay que preocuparse de que el producto sea económico y fácil de usar, porque lo tiene que poder manejar cualquier persona”, comenta.

El escaso tiempo de Emilia

A Emilia le gusta el mar, pero no los mariscos. Si su prototipo funciona, ella no podrá “saborear” la victoria. Pero para que eso suceda, aún faltan un par de años, porque un proyecto de biotecnología puede demorar aproximadamente 5 años en obtener sus primeros resultados. “Me tuve que armar de paciencia, que era algo que no tenía para nada”, cuenta entre risas.

¿Qué herramientas femeninas te han ayudado en este proceso?

Las mujeres estamos acostumbradas a trabajar el doble de lo que trabaja un hombre para llegar al mismo lugar. Con eso tengo una ventaja, porque ya vengo dispuesta a trabajar más.

¿Alguna característica tuya te facilita el enfrentar este trabajo?

Soy muy terca. Cuando creo en algo, voy a hacer todo para que la gente lo crea. Además siempre he escrito cuentos e incluso hice una novela a los 17 que traté de vender pero no funcionó (risas). Ahora escribo harto para relajarme. Es por eso que tengo buenas habilidades comunicacionales que me ayudaron a vender un proyecto que a la gente le cuesta entender que necesita tiempo para desarrollarse.Si la ciencia ya es inexacta, imagínate lo riesgoso que es cuando uno inventa algo. Porque en Kaitek no estamos copiando la versión chilena de un prototipo que ya funcionó en Estados Unidos. Esto es algo completamente nuevo.

¿Qué te impacta de la gente?

La poca solidaridad y la desidia. Mucha gente se compromete a algo y después dice que no lo va a hacer. No hay un sentido de la responsabilidad. Eso me molesta muchísimo.

Potencia para hacer las cosas, carácter fuerte y liderazgo. Así describen a Emilia, tres de los nueve jóvenes que trabajan con ella. Equipo que ella escogió y que se ha convertido en un trabajo platónico para otros. “Una de las cosas más geniales que me pasa, es que ahora me llegan correos todas las semanas pidiéndome entrar a Kaitek”, dice con una amplia sonrisa.

La joven también ha encontrado enemigos dentro del mundo científico y social. “No me gusta dar entrevistas porque ya hay gente que me trata de charlatana. Algunos dicen que sólo voy a eventos y que no trabajo. Y la verdad es que ser emprendedor es una vida durísima porque estoy trabajando siempre”, asevera.

Y es que el tiempo para Emilia es muy acotado. Porque en la actualidad están haciendo pruebas de laboratorio y el CORFO se acaba en junio del próximo año. Después de eso, tendrá que buscar financiamiento de privados y volver a postular a algún fondo. Según sus proyecciones, el 2018 podrían tener el producto listo para venderse. “No me puedo apurar más, porque yo tengo que asegurarle a la gente que lo que se va a comer, no está contaminado”.

Si todo va bien, la joven pretende terminar la universidad y expandir su empresa a otros problemas de contaminación marítima. “Al final, lo único que busco es dejar el mundo mejor cuando me vaya”.