Lleva más de seis años a cargo de la Fundación Santa Clara, hogar que acoge a niños portadores de VIH. Ha participado en varios programas de radio y televisión y tiene una constante actividad en las redes sociales. Todo con el fin de dar a conocer la realidad de una enfermedad que aún está rodeada por muchos mitos y cuya propagación ha ido en aumento durante las últimas décadas. Ganó el Premio Mujer Impacta 2015 por su entrega hacia los niños y su fuerte compromiso con la educación, generando conciencia sobre la necesidad de informar tanto a jóvenes como adultos sobre el virus del VIH.

Nora Valencia vivió una adolescencia como cualquier joven. Disfrutaba organizar actividades, reunirse con sus amigos y asistir junto a su numerosa familia a las grandes celebraciones que se realizaban en Andacollo para la época navideña, “crecí rodeada de mucha gente, nos gustaba estar juntos”, relata. Su juventud estuvo ligada al norte de Chile, a la región de Coquimbo, donde participaba en la Parroquia de San Luis, cantando e impartiendo catequesis. En una ocasión se le acercaron algunas hermanas y la invitaron a misionar a Ovalle, recorriendo los campos a pie, conversando con la gente. A su regreso, descubrió que ése era el camino que quería seguir.

Poco antes de cumplir los 20 años decidió ingresar a la Congregación de las Hermanas Franciscanas Misioneras de Jesús, donde tuvo que pasar por un mes de prueba para saber si tenía vocación religiosa. Cumplido el plazo, la madre superiora la envió a su casa para que reflexionara y decidiera, a lo que ella se negó rotundamente. “Le dije ‘yo tome una decisión antes de entrar acá, si usted no me quiere, me voy a otra congregación. No tengo nada que pensar, esto es lo mío’”. Y nunca más se fue.

La Hermana Nora adquirió amplia experiencia trabajando con niños. Estudió pedagogía y se convirtió en directora del Colegio Santa María de Belén de Coquimbo, cargo que ocupó por 15 años. Durante ese período también realizó un magister en dirección educacional. “Estar en un colegio requiere mantenerse al día en la materia, es un ambiente súper competitivo, donde tienes que mejorar constantemente para que no se vayan tus alumnos”, dice.

En 2008 se trasladó a Santiago para dirigir la fundación y a su llegada se planteó varios objetivos. Uno de ellos era mejorar la calidad de vida de los niños e intentar que el hogar fuera un lugar de transición, “que no envejezcan aquí, que no vivan hasta los 18 años en esta casa”, dice. En su personalidad se atisba la capacidad de liderazgo que ha adquirido durante su trayectoria, su carácter proactivo le ha permitido conseguir apoyo para las diversas iniciativas de difusión y recaudación que organiza constantemente.

Durante estos años ha podido vivir una experiencia única, a la que otras mujeres renunciaron para seguir su vocación. “El Señor me dio la posibilidad de sentir el instinto materno, la necesidad de abrazar, de acoger, de que los bebés se sientan queridos”. Es muy consciente de que ellos están ahí por un tiempo acotado y luego volverán a sus casas o serán adoptados, pero le es inevitable sentir algo de dolor cuando finalmente se van. A pesar de eso, no hay nada que la haga más feliz que saber que existen familias que los quieren acoger.

La Fundación Santa Clara se financia a través de una subvención de Fonasa, recibida debido a la enfermedad de los niños. Ésta cubre alrededor de un 60% de los gastos y el resto lo consiguen mediante diferentes iniciativas para recaudar fondos. “Buscamos recursos por todos lados y además estamos empeñados en un gran sueño, que es conseguir nuestra casa propia”, señala.

Dirigiendo el hogar se ha dado cuenta que una de las cosas más dolorosas para ella es la indolencia de muchas personas que no están interesadas en informarse y todavía creen que el VIH se contagia a través del simple contacto o de la saliva. De ahí surge otro de sus objetivos, que es educar más allá de la prevención. “Nosotros hemos golpeado puertas, hemos hecho campañas, con los pocos recursos que tenemos. Partimos educando en los colegios donde están nuestros niños, haciendo charlas anuales a los profesores”, cuenta.

En ese sentido, plantea la necesidad de informar desde la perspectiva de una religiosa, pero consciente de la cruda realidad del VIH y, sobretodo, teniendo en cuenta que aunque los colegios deben ser un aporte en materia de educación sexual, son las familias quienes tienen la responsabilidad de profundizar en este tema. “La prevención es súper importante, estamos claros, pero si tenemos a un niño de 14 años que presenta la enfermedad, es porque no está dando resultados”, explica.

Es por esta razón que la Hna. Nora se ha convertido en la vocera de la fundación, llevando a cabo una estrategia comunicacional que, además de usar los medios tradicionales para lograr difusión, involucra las redes sociales. “Voy a donde me inviten porque es importante hablar del VIH, decir que ellos existen y que el contagio hoy día desgraciadamente no está controlado”, afirma. Convencerla de usar la tecnología no fue fácil, pero hoy tiene cuentas en Instagram y Twitter, donde ya ha logrado más de 800 seguidores.

Con el paso de los años y el avance de la ciencia, nuevos tratamientos han permitido que el virus del VIH deje de ser mortal y se convierta en una enfermedad crónica. Por lo mismo, la Hermana Nora asegura que las mujeres que la padecen no están condenadas a olvidarse de la maternidad. Siguiendo estrictamente las instrucciones del doctor, pueden lograr tener hijos sanos. “En el pasado, la sobrevivencia de los niños era muy baja, fallecían antes de cumplir los siete años, actualmente eso se puede evitar”, dice. Hoy existen políticas públicas que establecen un procedimiento para tratar el embarazo en los casos de mujeres portadoras. Sin embargo, existen muchas madres a las cuales el Estado no puede llegar, como aquéllas que se encuentran en situación de calle o envueltas en las drogas.

Son los hijos de aquellas mujeres los que llegan a la Fundación Santa Clara, menores que no han recibido ningún tipo de tratamiento, incluso, en algunos casos, abandono hospitalario. Las cinco hermanas de la congregación que viven en el hogar cuidan de ellos y les otorgan las condiciones necesarias para sentirse parte de una gran familia. “Hay un ambiente y una estructura de familia, van al colegio, tienen horarios y todos se reúnen para comer, nadie hace vida aparte”, comenta. Junto con esto, apoyan a otras sesenta familias de manera externa, quienes también reciben los beneficios de las campañas que realizan.

La Hermana Nora afirma que su inspiración y fuerza proceden de su vocación. “Crecí en un ambiente de mucha devoción a Dios y a la Virgen María, especialmente de parte de mi padre”, dice. Cuando supo que había ganado el Premio Mujer Impacta 2015, sintió que no era ella quien debía ser reconocida, sino la fundación, pero después se dio cuenta de estar recibiendo un premio por una labor realizada con mucho amor. “La verdad es que uno cuando le pone corazón, se nota. He tenido que hacer cosas que nunca en mi vida me hubiera imaginado, pero por la Fundación Santa Clara, digo ‘vamos adelante’, y así lo hemos hecho”.