Mujeres de Hoy

Isabel Palma

“Todas las personas somos diferentes, pero tenemos algo en común: queremos momentos felices”, dice esta exitosa ejecutiva del rubro inmobiliario, quien logró llegar desde un pueblo del sur de Chile a Oxford, debiendo reconstruirse en el camino, tras luchar contra el cáncer.

Ejemplos de superación hay muchos y cada uno impacta con fuerza a quienes tenemos la posibilidad de conocerlos. La ingeniera comercial Isabel Palma es uno de ellos. A simple vista, cualquiera podría imaginar que en la vida todo se le ha dado de manera fácil. Actual gerente comercial de Inmobiliaria FG, es guapa, elegante, alegre, segura de sí misma. Imperceptible bajo esa apariencia está su historia íntima, aquella que la ha obligado a construirse, caer y volver a levantarse más de una vez.

Con una experiencia de 25 años en el rubro inmobiliario y un master en sociología de la Universidad de Oxford, habla con pasión sobre el impacto de la vivienda en las personas. “Es feroz y a veces no se dimensiona. Por eso es importante que haya mujeres en esta industria, ya que ponemos el énfasis en que se están construyendo lugares donde habrá experiencias, se forjará historia y se formarán familias. Todas las personas somos diferentes, pero tenemos algo en común: queremos momentos felices junto a nuestros seres queridos”.

“En Chile –continúa– durante muchos años, el living se usaba sólo los fines de semana. Recuperar ese tipo de espacios resulta para mí muy desafiante, porque la casa hay que gozarla entera. El hecho de que hoy la cocina esté integrada, por ejemplo, es un cambio que llega tarde, pero nace del empoderamiento de las mujeres. El toque femenino en inmobiliaria no es el de poner un florero, sino ver cómo se va a vivir la casa. De repente hay cocinas en las que a alguien se le olvidó que había que agregar un cajón para los cubiertos. Todo debe ser acogedor, funcional, otorgar confort”.

Isabel creció junto a sus padres y cuatro hermanos mayores en un hogar sin grandes lujos en Gorbea, un pueblo ubicado a 45 km de Temuco. “Soy hija de la educación pública, estudié en una escuela con harta pobreza –cuenta–. En los pueblos chicos no existen barrios, estamos todos juntos y no se clasifica a la gente según el colegio donde estuvo, como ocurre en Santiago”. Cursó su carrera en Valdivia, donde comenzó a trabajar en una empresa inmobiliaria, antes de graduarse. “Empecé como pilotera, recibiendo a los posibles compradores. Después me ascendieron a vendedora, hice mi tesis y ya titulada seguí en la misma compañía”.

Con cartón en mano, a los 23 años se casó y luego de un tiempo llegó a Santiago junto a su marido, quien por trabajo fue trasladado a la capital. “Lloré todo el camino desde Temuco con mi primera guagua en brazos –recuerda–. Lo que más me impactó de esta ciudad fue la frialdad de la gente y esa cosa tan programada: ‘Te voy a ir a ver el sábado a tal hora’. A mi casa la gente llega y toca la puerta sin invitaciones ni horarios hasta el día de hoy”.

En Santiago, Isabel se mantuvo trabajando para la misma empresa que la había visto nacer profesionalmente en Valdivia. “Ahí estaba cuando me diagnosticaron cáncer de mama a los 35 años. Fue como una bofetada. Me dio terror dejar a mis tres hijos, pensaba quién los iba a criar o cómo el más chico, que tenía 3 años, iba a saber que yo lo quería. Rogaba: Diosito dame más tiempo. Uno lo pasa realmente mal”.

La reconstrucción

Su optimismo la ayudó a salir adelante después de un duro tratamiento de quimioterapias que la dejó “pelada como huevo”, cuenta hoy riendo. Mientras se recuperaba, comenzó a replantearse todo, a ver la vida de otra manera. Y decidió concretar sueños inconclusos. “Siempre había querido irme a estudiar fuera de Chile y pensé que ese era el momento. Postulé a una beca y la gané. Mi marido me dijo: no puedo decirte que no”.

Partieron casi con lo puesto a Oxford, Inglaterra, donde cursó su master en sociología. “Mi enfermedad dio paso a esa decisión, que marcó todo lo que vino después. Como familia fue enriquecedor, volvimos a la sencillez, la casa entera cabía en un clóset, todos colaborábamos, nos convertimos en un gran equipo. Fue un cambio radical, que nos permitió recuperar la simpleza. ¿Para qué tener tantas cosas si lo que necesitas son 5 platos?”.

Al regresar a Chile, se dio un año sabático. “Renuncié al trabajo, viajé con mi familia, compartí mucho con mis hijos y me dediqué a escribir. Tengo una pseudonovela, aún sin publicar, e inicié mi blog (ipalmakucera.wordpress.com), donde hablo de experiencias, pensamientos, reflexiones, un poco de todo”, resume.

Hoy, ya de vuelta en la vorágine laboral, cuenta que decidió nunca más trabajar al ritmo en que lo hacía antes. No se queda hasta altas horas en la oficina y trata de estar en su casa los viernes en la tarde. “Soy una privilegiada –dice– porque no todo el mundo puede permitirse eso”. Los fines de semana aprovecha de hacer cosas que le gustan y la relajan –”leer, coser a máquina y jardinear”–, además de pasar la mayor cantidad de tiempo posible con sus niños.

“Las mujeres, lamentablemente o no, todavía tenemos que optar por darle prioridad al trabajo o a la familia. Yo me incliné por mis hijos y fíjate que creo no haber perdido nada. No ha sido un impedimento para crecer como profesional”.

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