Fue elegida una de las ganadoras del Premio Mujer Impacta 2016 por su valiente aporte a la reinserción social en nuestro país, centrando la mirada en las consecuencias que trae para nuestra sociedad el encarcelamiento como “escuela del delito” y el impacto que éste genera en la familia de los internos.

El primer destino de Jessica como oficial de Gendarmería fue la cárcel de Puente Alto, un penal que alberga a una población de 2.000 presos y 300 funcionarios, todos hombres, a excepción de ella y otras 5 compañeras. Acostumbrada a trabajar en una institución masculina, durante los primeros 10 años de su carrera fue asignada a distintas unidades, siempre en el área de seguridad, hasta que llegó a la cárcel de mujeres de San Joaquín y su trabajo comenzó a adquirir un sentido diferente. Vestida con el uniforme de la institución, el pelo tomado ordenadamente, léxico correcto y voz firme, cuenta cómo llegó a Gendarmería, su visión de la delincuencia en Chile y su convicción en la reinserción.

-¿Por qué entraste a Gendarmería?
Entré buscando posibilidades para poder salir de la pobreza, ese era mi norte… yo quería que mis hijos no tuvieran los problemas que había tenido yo. Pero cuando me enviaron a trabajar a la cárcel de mujeres, la más grande del país, y me encontré con una realidad completamente distinta, sentí que conocí la humanidad. Yo una vez le pedí a Dios que no me permitiera nunca dejar de impactarme, dejar de sentir, porque cada caso que conocía era un mundo. No entré a Gendarmería por un tema de convicción ni para cambiar mi visión de la vida, ni mucho menos, pero eso fue lo que hizo.

-¿Por qué cambiaste de opinión?
Hubo un quiebre que me hizo cuestionarme todo un proceso. Mientras estaba en Gendarmería estudié Ingeniería Comercial, luego hice un diplomado y sentí que era el momento de irme. Tenía 25 o 26 años, ya había sembrado lo suficiente y además me habían ofrecido trabajo. Pero entonces me trasladaron a San Joaquín a trabajar con mujeres privadas de libertad. Comprendí que un 80% de las mujeres que delinquen son víctimas del sistema, lo que no me pasó con los hombres. Para ellos su imagen de macho recio y fuerte tiene un valor agregado que no transan. En cambio, la mujer que robó, que asaltó, no es tan mala como parece, porque fue agredida desde muy pequeña, fue violada, maltratada, fue abusada en todos los sentidos. Viniendo de una familia pobre, yo creía que la pobreza era un tema, pero ellas no solamente eran pobres, sino vulneradas, tenían a todos sus hijos divididos, vivían con un montón de culpas y más encima no tenían conciencia de todo el daño que les habían hecho desde su infancia. Entonces me fui dando cuenta que podía hacer mucho más desde adentro de la institución y eso me hizo mucho más feliz que buscar dinero.

LA OPORTUNIDAD DE SURGIR

Jessica tenía 17 años cuando consiguió una beca para estudiar Ingeniería Comercial, sin embargo, ésta no cubría alimentación ni alojamiento. Viniendo de una familia muy pobre, sabía que no podría financiar los costos que implicaban ir a la universidad y por primera vez se enfrentó a la impotencia de sentir que la pobreza decidiría su futuro.

-Cuéntame de la Jessica antes de ingresar a Gendarmería…
Creo que siempre fui una adolescente bien soñadora, porque yo creía que las oportunidades eran para todos en la vida, que la pobreza no iba a ser un obstáculo, pero tiene que ver con un tema de ingenuidad, yo vengo de Los Ángeles, un pueblo muy pequeño, donde no se ve la desigualdad como es realmente. A los 17 años me di cuenta que no era así, tenía una prima que se encontraba en la misma situación que yo y me decía que me iba a apoyar, que a veces se quedaba en la universidad, durmiendo en los baños, pero yo sentía que ella era muy fuerte, yo no iba a poder hacer eso. Me dio un temor y un horror de saber que algún día me iba a quedar en la calle.

-¿Qué opinó tu familia cuando decidiste entrar a Gendarmería?
Para una familia como la mía, las instituciones uniformadas son “la” oportunidad para surgir. Si no hay recursos para darles educación a los hijos, es la opción para que tengan trabajo toda la vida. Mis dos hermanos y yo somos uniformados. Recuerdo que mi hermano ingresó a la Armada a los 14 años, él lloraba porque no quería entrar pero, al igual que yo, sabía que no tenía más posibilidades. Hoy en día se siente agradecido, es ingeniero en Telecomunicaciones, ha recorrido el mundo. En mi caso, pude estudiar lo que quería, hacer un diplomado y ahora estoy planeando ir a perfeccionarme a Nueva York.

-¿Cómo fue entrar en un mundo masculino?
Lo más difícil de estar en una institución uniformada es lidiar con el machismo. Si Chile ya es un país machista, en una institución de hombres es doblemente más difícil. En la primera cárcel que trabajé, la de Puente Alto, había 2.000 presos hombres. Era una batalla constante porque hay que validarse, hay que demostrar que uno puede, entonces las mujeres estábamos siempre alertas. Ahora, con 17 años de carrera, creo que es un territorio que ya tengo ganado.

REINSERCIÓN: NADANDO CONTRA LA CORRIENTE

El modelo de reinserción social de las cárceles en Chile funciona a través de los Centros de Educación y Trabajo (CET), creados en 1981 con la finalidad de bajar los índices de violencia al interior de los penales. Posteriormente se comenzó a trabajar la reinserción como tal, proporcionando a los internos las herramientas laborales y sociales que les permitieran integrarse en su entorno una vez cumplida la condena y, de esta manera, disminuir los índices de reincidencia.

-¿Cuáles eran las carencias de los CET cuando comenzaste a trabajar en ellos?
No había nadie que tuviera claro el hilo conductor, dónde se parte y a dónde se pretende llegar con la reinserción para que sea viable. Además del tema administrativo, hay que capacitar a los gendarmes primero, porque ellos han sido entrenados para enfrentarse a la población penal, entonces hay que enseñarles qué es el servicio público. Cuando termino con el gendarme, recién puedo comenzar a reinsertar al interno. A cargo del CET de la cárcel de San Joaquín logré aumentar las plazas de trabajo a más de 300 y mejorar las ganancias de las internas para que recibieran un sueldo digno. También tuve que empezar a investigar dentro de las cárceles para saber de qué estábamos hablando cuando nos referimos a violencia, a mujeres agredidas. Esas investigaciones no estaban. Fue todo un proceso antes de hablar de reinserción.

SIN UNIFORME

Desde hace cinco meses, Jessica se encuentra en el Centro de Educación y Trabajo de Vilcún, en la IX región, buscando replicar el trabajo que realizó en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín. Echa de menos la vida santiaguina, los amigos, los debates universitarios a los que asistía, pero en la parcela donde vive junto a su hija de cinco años aprovecha de desconectarse y acercarse a la naturaleza.

-¿Cómo fue el proceso de la maternidad?
Yo trabajo desde que soy muy chica, entonces estaba muy enfocada en eso, en surgir, al igual que todas las mujeres que trabajamos, estudiamos, hacemos una cosa e inventamos la otra, hasta que fui mamá y me di cuenta por qué Dios nos trae al mundo. Para mí la maternidad lo fue todo, tuve a mi hija después de los 30 y me pregunto cómo no me di cuenta antes, estoy hecha para tener hijos, es lo más maravilloso que me ha pasado en la vida y me hubiera encantado tener más.

-¿Cuáles son tus desafíos personales?
Quiero dedicarme por completo a la investigación, porque en Chile casi no existen estudios de reincidencia y reinserción. Nunca voy a olvidar cuando un niño de 9 años fue a tocar la puerta de la cárcel buscando a la gendarme Rivas, me quería conocer y dar las gracias porque le devolví a su madre. Trabajando en las cárceles, la vida me ha enseñado que la plata no es todo y yo prefiero dejarle a mi hija una sociedad mejor.