La primera mujer reportera de Chile, ganadora del Premio Nacional de Periodismo en 1957, nació y creció en Antofagasta, siendo la hija mayor de un matrimonio de inmigrantes yugoslavos. Nunca se casó ni tuvo descendientes, entregándose por entero a una deslumbrante carrera que desarrolló en Santiago, donde ejerció principalmente en revistas y radios. También publicó libros como el best seller “Cien autores contemporáneos” (1939) y entrevistó a importantes personajes nacionales y extranjeros, destacándose por su pluma objetiva, incisiva y exhaustiva. En 1953 participó en la fundación de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, colaborando así con la profesionalización del oficio en nuestro país. Amante de los gatos y fumadora empedernida, perdió la vida a causa de un cáncer pulmonar a los 52 años de edad.

Estudiaste pedagogía en inglés. ¿Cómo llegaste a ejercer el periodismo?
– Lo mío siempre fue la literatura y las artes. Me gustaba especialmente la cultura inglesa y por eso decidí estudiar el idioma en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Pero descubrí que realmente no quería estar frente a un pizarrón enseñando gramática. Comencé a frecuentar círculos de literatos y así logré, a los 23 años, empezar a escribir para la entonces aclamada revista Hoy. Partí como secretaria de redacción, un cargo común para las mujeres de la época. Realicé traducciones de artículos intelectuales y filosóficos, y poco a poco pude demostrar mis aptitudes. Terminé siendo la directora de la sección Libros y Arte hasta 1943, año de cierre del semanario.

¿Qué tan difícil fue destacar en un oficio que, hasta ese momento, ejercían solo los hombres?
– Ya me había enfrentado a ese desafío en mi época escolar. Después de estudiar en el Colegio Sagrado Corazón de Copiapó, ingresé al Liceo de Niñas de Antofagasta, que solo tenía hasta quinto año de humanidades (equivalente a tercero medio de hoy). Pero yo quería terminar la enseñanza completa, por lo que hubo que hacer una petición especial al Ministerio de Educación para que pudiera entrar al liceo de varones de la ciudad. Lo logré y ahí comencé mis primeros pasos en el periodismo. Publicaba una revista hecha con hojas de cuaderno, que se llamaba “Entre Pollas i Gallos”. Bajo el seudónimo de Mitsuko, escribía narraciones, chistes y avisos. Años después, tras el cierre de Hoy, volví a enfrentarme al reto de abrirme paso en un mundo masculino, cuando llegué en 1944 a la revista Ercilla. Su director en ese tiempo era Manuel Seoane, quien no quería presencias femeninas en su redacción. Me dijo: “La mujer se casa, tiene hijos y debería dejar pronto el periodismo”. Pero no me quedé callada. Tenía carácter y era rebelde, así es que le respondí: “Es verdad que soy mujer, pero no estoy casada ni tengo hijos y además puedo probar que soy capaz de cualquier cosa”. Así conseguí la oportunidad y más tarde, en forma paralela, trabajé en radios, dirigí la revista femenina Eva y también la Ercilla. Era trabajólica, me dediqué 24/7 a la profesión, sacrificando mi vida personal. Sin embargo, nunca me arrepentí. Alguna vez dije: “Cuando uno escoge la libertad, escoge la soledad”.

¿Cuál dirías que fue tu principal legado?
– Uno de los más grandes fue el esfuerzo que realicé por hacer del periodismo una profesión en nuestro país. En 1946 ayudé a reestructurar el Círculo de Periodistas de Santiago, que estaba paralizado desde 1908. Y más tarde fundé junto a otros colegas la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Fue ahí donde al fin ejercí como profesora, pero no de inglés, sino de redacción. Les inculqué a mis alumnos el amor por la inquietud y la curiosidad. Mi frase más célebre en las aulas era: “Nunca hay que dejar de preguntar”.

* Frases creadas para efectos de esta nota, a partir de textos sobre Lenka Franulic publicados en museodeprensa.cl, mhn.cl y wikipedia.org.