Paulina pasó por muchos doctores antes de que le dieran un diagnóstico certero. Cuando nació su segundo hijo, nada hacía presagiar que podía tener una complicada enfermedad. Ella recuerda que los primeros síntomas fueron que no era capaz de sostener su cabeza, tampoco digería la comida y no crecía. Le hicieron miles de exámenes hasta que por alguna razón a un doctor se le ocurrió pensar que el niño tenía alguna alergia alimentaria. Así descubrieron que su enfermedad era una alergia a la fructosa, siendo el segundo caso en Chile.

La tardanza en el diagnóstico derivó en que el niño quedó con una discapacidad y no era capaz de comunicarse, lo que le provocaba una gran frustración. Por esa razón Paulina tuvo que dejar su trabajo como contadora y dedicarse por completo al cuidado del menor. “Hacer terapias en Chile no sólo es muy caro, sino que además hay que considerar que estás todo el día en eso porque vas a muchos especialistas distintos. Entonces en la mañana era el kinesiólogo, a mediodía control con el doctor y en la tarde otra terapia. Es una situación realmente agotadora ”, dice ella.

“Fue una época súper difícil. No veíamos grandes avances y encima yo quedé embarazada de mi tercer hijo”, cuenta. Hasta que descubrió que existían perros de asistencia. “Nos cambió la vida, porque nuestro hijo se acercó a él y eso hizo que nosotros viéramos grandes avances. Antes de su llegada no hablaba y tenía crisis porque no podíamos entender lo que le pasaba. Después de que llegó el perro, todo fue mucho mejor. Al final aprendió a hablar a los 6 años”.

¿Y antes de eso tu hijo iba a al colegio?

– Eso también es algo muy duro porque no hay inclusión. En los colegios municipales no hay cupos suficientes o había algunos que sólo los reciben hasta las dos de la tarde y no es la idea. Después en otros nos ofrecieron aceptarlos, pero había que pagar y no nos alcanzaba, porque mi marido es carabinero y yo hacía trabajos temporales como vender collares o pitutos de contadora.

Luego de ver los resultados que estaba teniendo en su hijo la canoterapia, Paulina decidió que quería hacer algo por otros niños. Por eso estudió para ser terapeuta y asumió como presidenta de la Corporación Dos Amigos, que ofrece servicios de actividades y terapias asistidas.

“Como no teníamos plata, le pedía a mis amigas que ellas cuidaran un perro. Era muy divertido porque siempre les decía que lo vieran un tiempo porque sabía que se iban a terminar encariñando. Esos perros son los que después llevamos a las terapias y los niños les hacen cariño y juegan con ellos”, relata.

¿Cómo funciona la terapia?

– Es algo muy extraño. Porque si a mí me lo dicen, cuesta creerlo. Pero por alguna razón los perros hacen que a los niños se les caigan sus barreras. Se relajan, entonces trabajar con ellos es mucho más fácil. Yo al final soy testigo de que los niños pueden avanzar muchísimo con esto porque lo vi en mi hijo.

¿Cómo se involucró tu familia en esto?

– Es muy lindo porque todos como grupo nos unimos. Mi marido entiende que yo muchas veces tengo que ir a hacer terapias los fines de semana y me apoya muchísimo. También mi hija mayor está estudiando en la universidad algo relacionado con el tema y el menor es voluntario dentro de la corporación. Todo porque ven que pueden ayudar a niños.