Macarena recuerda que, con el fin de ahorrar, pasaba varios días en su ciudad, San Carlos, buscando materiales que pudiera reutilizar para confeccionar regalos de Navidad. “Eso lo aprendí de una tía abuela que hacía de todo con productos reciclados”, cuenta.

Años después entró a estudiar arquitectura a Santiago, “con miedo, porque mi papá, sureño, me decía que acá robaban mucho (risas)”. En la capital hizo mucho voluntariado, lo que la ayudó a descubrir que le gustaba la parte social. En ese momento se ganó una beca para realizar un doble título en una universidad en Berlín… y sin saberlo, ese viaje le cambiaría la vida. Una vez que llegó a Alemania, se dio cuenta de que en el patio de su casa había tres contenedores que decían: plásticos, orgánicos, papel/cartón. Así fue como partió separando su basura.

Pero comenzar reciclando no fue lo único que hizo. Allá descubrió que el 60% de la basura que llena los vertederos proviene de materiales de construcción. “No podía creer que a pesar de estar cursando estudios sobre “arquitectura sustentable”, nadie me hubiera contado sobre este crudo y fuerte lado B de la arquitectura”, recuerda.

A los pocos meses viajó a Haití para participar en un proyecto de reconstrucción de casas utilizando los materiales que quedaron en buen estado luego del terremoto que afectó al país el año 2009. “Salí de Europa con mucha conciencia sobre el tema del reciclaje y llegué a la isla donde había cero avance al respecto. Fue un shock cultural y ambiental”, relata.

Volvió a Chile, terminó sus estudios y luego de pasar por una oficina de arquitectura, decidió que su camino era crear en 2015 la fundación Basura, dedicada a incentivar el reciclaje y a prevenir el uso de materiales contaminantes. “Me gustaba mi trabajo de oficina, pero al final del día siempre estaba pensando en basura”.

¿Cómo fue para tu familia este cambio?
Cuando me decidí y empecé con esto, mi familia me miró con cara de que estaba loca (risas), pero ahora ya me apoyan.

¿Cómo ha sido para ti el dar el salto de una oficina a una fundación?
Trabajo mucho, mucho, mucho y estoy súper cansada todo el tiempo, pero no me imagino haciendo otra cosa porque me hace feliz. Y aunque no tengo un gran sueldo, siento que es muy gratificante saber que mi trabajo va a ayudar al futuro.

Las dificultades van al basurero
Sentía que hasta Donald Trump tenía la culpa. El día en que el presidente de Estados Unidos decidió salirse del Acuerdo de París, Macarena no lo estaba pasando bien. “Fue hace poco. Me inundó un sentimiento de tristeza y pensé que todo lo que estaba haciendo no le importaba a nadie. Me preguntaba `¿por qué estoy en esto?, ¿por qué me estoy desgastando? Sentía que lo que estaba cambiando era muy chiquitito. Pero al final me di cuenta que si uno marca a una persona, ya vale la pena”, reflexiona.

¿Con qué dificultades te has encontrado?
Bueno, bastantes. Es difícil primero ser mujer, ser joven y hablar de medioambiente, una temática que recién ahora está tomando importancia en la agenda de la sociedad civil, Estado y empresas.

¿Cómo te llevas con los prejuicios de personas que quizá ven lo tuyo como una moda?
Es que yo creo que todos tenemos prejuicios y por eso tal vez no me afecta tanto.

¿Llevar esta bandera de lucha te ha traído muchas confrontaciones?
Sí y me ha pasado a todo nivel. Con amigos que me dicen que no están dispuestos a sacrificar sus comodidades por el medioambiente y yo les trato de explicar que ya no van a existir esas comodidades si es que no cuidamos el planeta. Pero al final las personas tampoco tiene tanto la culpa, porque no les han enseñado… es un cambio cultural. Pero lo que yo he aprendido en este camino es que no hay que imponerle nada a la gente porque todos nos adaptamos de forma distinta.