Crecer viendo la precariedad y la vulnerabilidad que rodea la pobreza, la llevaron a crear, junto a dos colegas, una organización que diera más oportunidades a los niños en riesgo social. Así nació Ideas para la Infancia, una fundación dedicada a la investigación y formación de profesionales que trabajan con familias, buscando entregarles apoyo para desarrollar una parentalidad positiva. Fue distinguida con el Premio Mujer Impacta 2016 por transformar su historia en el motor que la impulsa a mejorar el futuro de miles de niños.

Cuesta imaginarse lo que Magdalena (36) narra sobre su pasado, sobre todo porque se ha transformado en una mujer con desplante, con brillo en los ojos cuando habla de lo que le apasiona, bien arreglada, de actitud alegre y juvenil. Pero ella tiene muy claro que su historia la ha llevado al lugar en que se encuentra hoy. Nació en una familia donde los problemas iban más allá de los temas económicos, donde era común ser testigo de violencia intrafamiliar. Creció en Melipilla, rodeada de fierros, en una casa de madera construida detrás del taller mecánico de su padre. Una casa que no siempre tuvo un baño, que no siempre tuvo ventanas.

Consciente de que nadie le iba a regalar nada, de niña supo que debía construir su propio futuro. Comenzó a trabajar a los 14 años, primero repartiendo cartas de cobranza, luego como mesera en un restaurante, de palomita vendiendo pasteles en la carretera y más tarde como temporera, polinizando tomates y pimentones. Tenía muy claro su objetivo. “A pesar de la precariedad económica, mis papás siempre nos dijeron que teníamos que estudiar. Mi papá no terminó el colegio, no tuvo apoyo de su familia; él estudiaba y leía escondido porque mi abuelo era de la idea que trabajara, y se convirtió en mecánico al igual que su padre y su hermano. Mi mamá, en cambio, viene de una familia con más recursos; mis tíos son profesionales. Ella quedó embarazada a los 17 años de mi hermana mayor y a pesar de que rindió la Prueba de Aptitud para entrar a la universidad, decidió casarse y no siguió estudiando”.

Gracias a su buen rendimiento académico, Magdalena comenzó a cumplir sus sueños cuando obtuvo la beca Padre Hurtado y entró a estudiar Bachillerato en la UC.

¿Qué te motivó a trabajar en infancia y familia?
Desde niña era muy consciente de lo que pasaba en mi casa. Yo vengo de una familia donde no había recursos económicos, pero además había muchos problemas. Me gustaría que los niños no tuvieran que vivir esas situaciones, generar conciencia de lo importante que es considerarlos, escucharlos, comprender que cada situación negativa les afecta, los deja marcados y va mermando sus posibilidades de desarrollo a futuro. Eso es algo que me motiva muchísimo.

¿Cómo te fuiste acercando a este tema?
Comencé como voluntaria en la Protectora de la Infancia, impartiendo talleres. Trabajé en un programa de la red SENAME con familias de acogida. Un día me pidieron evaluar competencias parentales para decidir si un niño se quedaba con su familia o se iba a un hogar, comencé a preguntarles a los demás cómo lo hacían y nadie tenía claridad sobre cómo evaluar los casos. Era irresponsable y poco ético tomar la decisión de retirar a un niño del cuidado de sus padres sin fundamentos claros. Estoy segura que con las herramientas adecuadas, los padres pueden proteger a los niños de las consecuencias negativas que conlleva la precariedad económica.

OPORTUNIDADES PARA TODOS

Viendo el déficit existente para evaluar e intervenir las familias, Magdalena y dos colegas suyos comenzaron a investigar metodologías basadas en evidencia, para posteriormente enseñarlas a otros profesionales. “Tradujimos y validamos la Escala de Evaluación Familiar de Carolina del Norte, que hoy es un instrumento de uso obligatorio en programas de diagnóstico e intervención de la red SENAME. Hace 10 años atrás era un anhelo y ahora se usa de Arica a Punta Arenas”, cuenta orgullosa.

Ideas para la Infancia comenzó a tomar forma hasta constituirse en fundación el 2013. Actualmente desarrollan investigación en terreno, cursos de capacitación y diplomados para profesionales de la red SENAME y Chile Crece Contigo, en temas como reunificación familiar, apoyo a adolescentes que viven en residencias de acogida y están trabajando para implementar un programa de apoyo a madres privadas de libertad y sus bebés.

¿Cómo inciden ustedes en esta realidad?

Estamos trabajando con los profesionales de 23 residencias de protección. Nuestro objetivo es lograr una intervención efectiva para que los padres que perdieron el cuidado de sus hijos por falta de habilidades parentales, puedan aprender, ser más competentes y hacerse nuevamente cargo de ellos. No tenemos la oportunidad de trabajar directamente con los niños, pero nuestro impacto es mucho mayor si consideramos que sólo el 2015 capacitamos a más de 1700 profesionales. También apoyamos a los adolescentes de entre 13 y 18 años que ya no tienen posibilidades de adopción ni de reunificación familiar y por lo tanto deben ser preparados para el egreso. Buscamos darles herramientas para que puedan lograr lo que se proponen en sus vidas.

¿Cuál es el desafío país en este tema?
En Chile hay alrededor de 1600 niños en residencias; si queremos reducir ese número, hay que hacer prevención. Si hubiéramos llegado un año antes, no tendríamos que sacar al niño de esa casa. Ésa es nuestra apuesta para poder darles herramientas a las familias de forma oportuna. En todos los casos que llegan a intervención familiar en la red SENAME ya hay vulneración de derechos, ya hay maltrato instalado, negligencia o abandono.

Y no sólo necesitamos prevención en esa etapa de la infancia. A futuro, Chile debe tener una ley de egreso asistido de los hogares de acogida, es decir, que el Estado subvencione a los adolescentes hasta que tengan las condiciones mínimas para hacer frente a su vida de forma independiente, porque hoy día, a los 18 años, si un joven no está estudiando, egresa. Ningún adolescente que está en familia cumple 18 años, apaga las velas, y se tiene que ir de su casa. Esos jóvenes necesitan las mismas oportunidades que tendrían en familia.

EN CONSTANTE EVOLUCIÓN

Magdalena se dio cuenta de lo que significaba ser pobre cuando entró a la universidad. Antes de eso, era su realidad, no se la cuestionaba, pero sí luchaba para cambiarla. “Toda mi vida había estado muy centrada en trabajar, en salir adelante. Y cuando llegué a la universidad, me di cuenta que había gente que me discriminaba por no estar vestida como el resto o por ser becada”.

¿Cómo era la relación con tus padres?

Fui capaz de diferenciar su relación de pareja de la relación que yo tenía con ellos. En mi adolescencia, por ejemplo, sentí mucho el apoyo de mi papá, sobre todo en los estudios. Fui entendiendo la realidad de ambos, hicieron lo mejor que podían. Actualmente, una madre con apoyo en esa situación puede manejarla mejor, incluso un hombre que ejerce violencia podría cambiar ese patrón de conducta.

¿Qué has tratado de inculcar a tus hijos?

Creo que lo clave es enseñarles la empatía y para eso tienes que empatizar primero con ellos, entonces volvemos a lo mismo del principio, cómo somos capaces de ver a los niños y cómo les afectan las situaciones. En este país falta mucha empatía, cuando algunas personas dicen “hay que matar a ese adolescente delincuente”, estoy segura que ellos no saben lo que hay detrás de ese niño, si alguna vez alguien se puso en sus zapatos para que él pueda hacerlo con los demás. Mis hijos son mi motor, ellos están teniendo esa oportunidad que yo no tuve y quiero que otros niños también las tengan.

La prioridad de Magdalena en este momento son sus dos hijos, Vicente (9) y Antonia (7), y compatibilizar su rol de madre con el trabajo, siendo coherente con lo que enseña a otros profesionales. Le agradece a Dios y a sus padres haber sido capaz de surgir, de haber salido adelante. “Yo creo que uno construye su suerte, pero muchas veces no hay alguien que confíe en ti y eso es lo que le pasa a muchas personas, nadie les ha dicho: tú puedes… nosotros queremos hacerlo”.[/fusion_text]