Más de 12.000 personas viven hoy en situación de calle

Maite dejó todo cuando vio esa realidad

Maite podría no haber hecho nada.

Pero lo hizo…

Y ésta es su historia.

“El tiempo corre distinto en la calle. Lo aprendí hace unos días en Concepción con unos voluntarios en la ruta nocturna. Me contaban que entre un invierno y otro la misma mujer ya no tiene dientes, el mismo hombre ya no camina, el mismo joven ya es un viejo, el mismo viejo ya no está ahí. Desaparecen invisibles como el árbol de la plaza que se arrancó de raíz, la diferencia es que cada una de esas personas no es un árbol, es el centro del mundo, la razón de ser de un país, el motivo de la venida del Hijo de Dios al mundo y una historia herida que tenía derecho a ser reparada(…)”

Maite estaba jugando un día con su hijo cuando por alguna razón que ella aún no logra entender, leyó la carta del sacerdote Pablo Walker, el mismo que la casó y había bautizado a su hijos. Ella, a la que no le gustaba leer, que era madre de tres hijos, que tenía su propia Pyme de chocolates, que trabajaba en su casa, podía pasar tiempo con sus hijos y que había vivido en Estados Unidos. Tenía una vida armónica y perfecta pero con la carta quedó en shock. Llamó por telefóno al sacerdote y le hizo una pregunta: “¿Qué hago?”

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Mientras un viejo está cortando un trozo de madera, otro le va dando forma de tabla, el siguiente la lija y el último le pasa su mano para sentir si tiene astillas. Todos usan una pechera que lleva grabada su nombre, bordado por la propia Maite. “Es súper importante que tengan su historia, su identidad y se sientan orgullosos de quienes son”, dice.

Maite es una mujer llena de energía y recuerda que a ella durante su vida nunca le faltó nada. Que mientras viajaba camino a Estación Central en donde estaba la hospedería del Hogar de Cristo, se fue dando cuenta de una realidad que le era ajena. “Pablo me había respondido que si yo ayudaba a sacar a una persona de la hospedería, ya habría contribuido suficiente… y con eso en mente iba para allá”.

 

Conoció a los hombres que allí estaban alojando y comenzaron con un taller de mandalas, hasta tapizar todas las paredes de la hospedería. Hasta que Maite vio un cerro cercano lleno de maderas botadas en la calle y se las llevó a ellos para que la trabajaran. Así fue el inicio de Expreso, la Fundación que en la que han trabajado más de 60 viejos del Hogar de Cristo y que se dedica a fabricar tablas de cocina.  

Al poco tiempo de comenzar con la cooperativa, Maite dejó su negocio de chocolates y se dedicó en cuerpo y alma a trabajar con estos hombres. “Nelson es el ‘niño símbolo’ de Expreso. Ahorró durante años para poder comprarse sus propios materiales de trabajo, dejó de estar en el Hogar de Cristo y se dedica a cuidar todas las herramientas que utilizan en la Fundación. Eso me emociona y hace que el esfuerzo valga la pena”, cuenta.

Todos los hombres que trabajan con ella reciben un sueldo y con esa plata pueden hacer lo quieran, porque Maite dice que es parte de la dignidad de hacer bien un trabajo. “Tengo viejos que ya no trabajan por plata, siguen en esto porque lo hacen bien y tienen talento. Hay algunos que prefieren que les paguemos una vez al mes o nos piden adelantos. Pero todos tienen la seguridad de que tendrán las lucas que se ganaron”, relata.

“Acá tenemos desterrado el concepto de caridad. Me enoja cuando algunas personas me ofrecen la plata, pero que me quede con la tabla, porque no es la idea. Nuestra dignidad está en que respeten nuestro trabajo” dice.

Hace un año tienen un directorio de cinco personas y un grupo de seis voluntarios que les ha permitido hacer miles de tablas al año. “El problema es que es difícil que la gente se comprometa a largo plazo con esto, porque yo también entiendo que es sacrificado”, comenta.

¿Qué te mueve?

Tengo hijos y siento la profunda responsabilidad de que si me muero, no quiero dejarles el país como está. Esto fue tirarse un piquero como familia y ver la realidad. Leí tragedia y muerte y pensé en mis talentos y en toda la energía que tenía. El padre no me dio ninguna guía cuando empezamos, porque sabía que cualquier cosa que uno venga a hacer acá, ya marca la diferencia.