Se hizo famosa por haber sido una de las sobrevivientes del hundimiento del Titanic. De hecho, aparece como personaje en casi todas las películas que se han producido sobre la tragedia. Sin embargo, la historia de esta estadounidense, conocida simplemente como Molly o “La Insumergible”, tiene mucho más para contar: después de crecer con dificultades económicas, se casó joven, se convirtió en millonaria y se dedicó a ayudar a los más desfavorecidos. Fue actriz, activista y filántropa, luchó por los derechos de la mujer y quiso ser senadora, aunque dejó la candidatura para irse a Francia a curar soldados durante la Primera Guerra Mundial.

¿Cuál dirías que fue tu mayor legado?
– No creo haber sido una mujer de grandes obras, pero sí una persona que no podía quedarse tranquila frente al dolor ajeno o la necesidad de otros. Esa inquietud la tuve desde muy joven. Crecí en Misuri, en el seno de una familia humilde de inmigrantes irlandeses, que eran católicos pero con ideas progresistas. A los 13 años dejé los estudios y empecé a trabajar para poder llevar dinero a casa. Y a los 18 me fui a Colorado junto a dos hermanos, en busca de mejores oportunidades. Ahí contraje matrimonio y tuve a mis dos hijos. Quería darle comodidad a mi padre y me había prometido casar con un hombre rico. Pero me enamoré de Jim Brown, que era tan pobre como nosotros…

Sin embargo, después llegaron a ser millonarios y te hiciste filántropa…
– Él trabajaba en una mina y gracias a una propuesta que hizo para evitar derrumbes, los directivos se enriquecieron rápidamente y le cedieron el 12,5% del capital social. Pudimos comprar una gran casa en Denver, viajar y yo logré estudiar. Entré en el mundo de las artes, la literatura y aprendí francés, alemán y ruso. La miseria afectaba a muchos niños en ese tiempo, así es que participé en la creación de un orfanato y en muchas actividades a favor de las familias de los mineros. También colaboré con la presidenta de la Asociación Sufragista de Mujeres Estadounidenses, por los derechos femeninos. Después me presenté al Senado por Colorado. Contaba con el apoyo de mucha gente, pero no de mi marido, que pensaba que las mujeres debíamos aparecer solo tres veces en el diario: el día del nacimiento, del matrimonio y de la muerte. Finalmente renuncié a la candidatura cuando supe del estallido de la Primera Guerra Mundial y decidí irme a Francia para brindar apoyo a los heridos. Un año antes de mi muerte, recibí la Legión de Honor por mis servicios durante el conflicto bélico.

¿Por qué optaste por ese país y no otro?
– Sentía un afecto particular. En 1902, visité París por primera vez en compañía de mi marido y volví diez años después, poco antes del episodio del Titanic. En 1914 regresé por la guerra y una década más tarde participé en la creación de lo que más adelante sería el Museo Nacional de la Cooperación Francoestadounidense. Fue también en Francia donde pude desarrollar gran parte de mi carrera como actriz, interpretando míticos papeles de Sarah Bernhardt, a quien admiraba.

¿Cómo recuerdas el accidente del Titanic y qué opinas de la forma en que se te ha mostrado en las películas y el teatro?
– Después de separarme de mi marido tras 23 años de matrimonio, viajé a Francia. Allí me encontraba cuando me enteré de que mi nieto estaba enfermo y decidí volver a Estados Unidos. El primer barco que zarpaba desde Europa era el Titanic. Nunca imaginé lo que pasaría. Ni siquiera sentí el golpe cuando el barco chocó contra el iceberg. Tardé en subir a cubierta, pero una vez allí, ayudé a otras mujeres a evacuar. Finalmente subí a un bote, comandado por un ser al que no podía llamar hombre, pues nada, excepto su ropa, permitía calificarlo como tal, debido a su cobardía. Nos rescató otro transatlántico, donde efectué una colecta a beneficio de quienes lo perdieron todo en el naufragio. Al volver a tierra firme, me aclamaron como una heroína y a un periodista que me preguntó cómo había sobrevivido, le respondí: “Es la suerte de los Brown: somos insumergibles”. Esta frase me dio reconocimiento nacional. El compositor Meredith Wilson hizo un musical de mi vida, que fue un éxito entre 1960 y 1962 y después fue adaptado al cine. Sin embargo, daban una imagen falsa al presentarme huérfana. Más tarde, en el filme “S.O.S. Titanic” aparecía como una persona grosera y poco culta. Creo que la película “Titanic” de 1997 es la que ofrece una visión más realista de mí. Me muestra como la mujer cultivada y segura que era.

* Frases extraídas y adaptadas para efectos de esta nota, a partir de publicaciones sobre Margaret Brown en wikipedia.org y titanic.wikia.com.