Fue la primera y ha sido la única folclorista en ganar el Premio Nacional de Arte, que recibió en 1994, por su vasta labor como cantautora, investigadora y divulgadora de la música y las danzas populares de Chile. Reconocida no sólo en nuestro país, sino también en el resto de América y Europa, formó parte de agrupaciones como Las Hermanas Loyola, Cuncumén y Palomar. Fue maestra e intérprete, y nos dejó una gran colección de discos, videos y libros –como “50 danzas tradicionales y populares de Chile”, publicado en 2014–, colaborando ampliamente en el conocimiento de las tradiciones y de culturas como la mapuche, pampina, aymara, huilliche, pascuense y chilota.

Naciste en Linares, entre tradiciones campesinas… ¿Siempre quisiste ser artista y dedicarte al folclor?
Desde muy niña. Tuve una infancia marcada por las clases de piano; mi madre era una gran aficionada a la música… Mi padre compraba y vendía propiedades en los alrededores de Linares, así que estábamos un tiempo en el pueblo y otro en los campos. Recorrimos toda la zona. Mis primeros recuerdos son los caminos, los árboles, la música de la naturaleza y el silencio… Más tarde nos fuimos a vivir a Santiago y empecé a interesarme por todas las manifestaciones musicales propias del territorio nacional.

¿Qué recuerdos guardas del dúo que formaste con tu hermana Estela, “Las Hermanas Loyola”?
A comienzos de los años 30 comenzamos a cantar juntas. Actuábamos ataviadas con trajes floreados e interpretábamos tonadas aprendidas de mi madre. Nos presentábamos en teatros y universidades, pero también en chinganas y rodeos, como los de Pichidegua, Rancagua, Osorno, San Javier, Parral, Linares y San Fernando. Tuvimos la oportunidad de conocer a muchos otros músicos, hasta que Estela dejó el folclor y el dúo terminó en 1950. En adelante, seguí sola.

Fuiste contemporánea a Violeta Parra, otra gran artista chilena. ¿Cómo era la relación entre ustedes?
Éramos comadres. Nos conocimos a comienzos de los años ’50 en una fonda de la Quinta Normal y la invité a participar en las Escuelas de Temporada, cursos intensivos de un mes de duración, que dicté en la Universidad de Chile entre 1949 y 1953. Después viajé a Europa y nos reencontramos en 1956 en París, donde Violeta cantaba en la boite L’Escale… Nos aveníamos mucho en lo humano, porque al igual que yo, era una mujer llena de dudas y angustias. ¡Nos unieron cosas tan dolorosas! Fui madrina de su última hijita (Rosa Clara Arce), que murió cuando ella tuvo que viajar a Europa.

¿Cuál dirías que fue tu más importante aporte a la cultura chilena?
Uno de los resultados más sobresalientes de mi trabajo, y el que tuvo mayor repercusión social, fue la divulgación de las más diversas expresiones musicales y coreográficas del folclor nacional. A mediados del siglo pasado, en Chile sólo se conocía la música tradicional del campo de la zona central. A partir de mi propuesta interpretativa desde principios de la década del 50, comenzaron a presentarse en los escenarios nacionales cuadros y montajes basados en gran parte de las culturas de nuestro país.

Todo tu legado es considerado hoy uno de los más importantes para Chile en el ámbito artístico…
Yo no creo que mi trabajo sea tan necesario para el estudio. Más bien, siempre he pensado que soy yo la que ha necesitado del pueblo y de las cosas maravillosas que tiene.

* Frases extraídas y otras adaptadas para efectos de esta nota, a partir de artículos sobre Margot Loyola publicados en margotloyola.ucv.cl y musicapopular.cl.