En Chile, 630 mil personas sufren de alguna discapacidad visual.

Pero no hay una cifra exacta que indique cuántos de ellos también son sordos.

Viviendo en carne propia la realidad de los niños sordociegos, María Angélica decidió que debía levantarse.

Ella podría no haber hecho nada…

Pero lo hizo.

Y esta es su historia.

 

¿Qué pasaría si el día de mañana, al levantarte, descubres que no puedes ver? ¿Y cuando intentas pedirle ayuda a alguien, sientes que de tu boca salen las palabras pero no puedes oírlas porque también has perdido la audición? Para cualquiera que nació con esos dos sentidos desarrollados, esta realidad podría ser parte de una película de miedo.

Pero hoy en Chile hay muchas personas que viven esto a diario. Pablo tiene 45 años y se levanta en las mañanas para vestirse y arreglarse. Se recorta la barba, para luego prepararse su desayuno. Él es el hijo de María Angélica Baragaño (72 años) y cuando nació en Estados Unidos le dijeron a su madre que era ciego de un ojo. Sin embargo, al llegar a Chile a los 3 meses de edad, se enteraron que su diagnóstico real era otro: Pablo era ciego y con múltiples discapacidades.

Cuando su hijo era aún pequeño, María Angélica decidió que intentaría que tuviera una vida lo más normal posible. Siendo madre de otros dos hijos y recién separada, comenzó a recorrer muchos centros y escuelas para niños con capacidades diferentes, pero se dio cuenta que no había ningún lugar en que se atendiera a niños con las condiciones que tenía su hijo.

Al cumplir doce años y gracias al largo camino que recorrió Pablo, ella se encontró con otros padres que también tenían hijos con las mismas discapacidades. Ante la falta de un centro adecuado para ellos, muchos habían decidido dejar a sus hijos en la casa, pero esa no era una opción para María Angélica. Es por eso que buscó la ayuda de otros apoderados y juntos se organizaron para ser la voz de sus niños. Ese fue el puntapié inicial para que naciera Corpaliv.  

Es un día de invierno y en la casa de la Corporación ubicada en Ñuñoa, se escucha música. Adentro un grupo de niños sigue el ritmo de una melodía a la que acceden gracias a las vibraciones que produce el sonido. Uno de ellos puede mover la mano de arriba a abajo simulando el compás del tambor.

Siete años después de su fundación, Corpaliv dio un gran paso al abrir una Escuela reconocida por el Ministerio y que hoy atiende a 38 niños de entre 0 y 25 años de forma completamente gratuita. En sus salas se pueden encontrar varios jóvenes de distintas comunas que llegan al lugar gracias a un bus que viaja a recogerlos todos los días. “Por suerte a nosotros nos llegan personas con un gran corazón en donde prima la labor que hacemos por sobre la plata que les podemos pagar y eso es maravilloso. Tenemos la suerte de que tenemos muchos ángeles”, cuenta María Angélica.

¿Qué dificultades te has encontrado?

Faltó ayuda económica. Al principio nos conseguimos una casa de bienes nacionales para armar la escuela y que fuera reconocida. También nos costó el tema de la difusión, pero gracias a Dios, mientras íbamos avanzando, comenzaron a llegar más personas a ayudarnos. Al final con la subvención del gobierno pagamos con suerte un tercio de nuestros gastos.

Hoy María Angélica es la voz y la esperanza para muchas familias que tienen hijos con doble discapacidad. “Mi sueño es tener una casa de acogida porque a veces pienso, ¿Qué va a pasar con los niños que están en un hogar, pero que cumplen la mayoría de edad? Ellos no tienen la suerte de Pablo que me tiene a mi y a sus hermanos”, cuenta.

¿Por qué decidiste seguir adelante con la escuela si Pablo no iba a poder estar en ella?

Porque yo no quiero que otros niños como el mío no tengan las mismas oportunidades. No es justo y yo no iba a abandonar porque mi Pablo no iba a estar en el escuela.

Pablo por su edad nunca pudo ser parte de la escuela que está a cargo de su madre. María Angélica podría no haber hecho nada porque su hijo ya estaba grande. Pero lo hizo.