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María Eugenia Moure

Es docente de enseñanza básica y desde hace dos años pone su experiencia profesional al servicio de un proyecto universitario que apoya la inserción social, educacional y laboral de niños y adultos haitianos en nuestro país.

Poco tiempo le queda los fines de semana para compartir con su marido y sus tres hijos. De lunes a viernes, María Eugenia Moure hace clases en un colegio particular de Providencia y los sábados –varios al mes– dedica gran parte del día a enseñar y ofrecer momentos de esparcimiento a niños provenientes de Haití, que viven en la población Los Nogales, de Estación Central.

“Se trata de un reforzamiento curricular que forma parte del Programa Zanmi (amigo en creole), ofrecido por la Universidad Alberto Hurtado. Comenzó hace unos cuatro años con la idea de ayudar a los haitianos a insertarse en nuestra sociedad y en el mundo laboral. Al principio, este apoyo era sólo para adultos, incluyendo clases de español y asesorías legales, entre otras prestaciones. Lo desarrollan los mismos estudiantes de carreras como educación, psicología… Yo supe de la iniciativa a través de una prima que estudia derecho. Pensé: voy a colaborar un ratito y terminé quedándome”, cuenta la “profe”, que se unió justo cuando se empezó a trabajar también con niños y adolescentes.

“Los beneficiarios llegaban al programa con sus hijos y éstos quedaban deambulando, sin saber qué hacer. Entonces, se planificaron actividades en las que pudieran participar –explica–. El fin inicial era cuidar a los niños y hacerles algunos juegos, pero empezó a derivar en algo más completo. Ahora les ofrecemos clases, guías de trabajo y apoyo en algunas asignaturas. Después de ese reforzamiento hay instancias más divertidas, lúdicas, de esparcimiento”.

A María Eugenia le brillan los ojos cuando habla de estos niños que le han robado el corazón. Dice que son cariñosos, que siempre llegan bien presentados, que aprenden más rápido el español que los padres, que poseen excelentes habilidades físicas y que siempre se muestran interesados en aprender: “Piden que les dé guías de matemáticas para hacer”, comenta impresionada, casi como si fuera la primera vez que le toca ver una actitud así en un alumno.

“Lo que me llama positivamente la atención es que todas esas cualidades las desarrollan en una situación muy adversa. Ser inmigrante es difícil. Y los haitianos que viven en Chile, lo hacen en condiciones muy precarias. Yo había hecho otros voluntariados, pero nunca vi, por ejemplo, a 10 familias compartiendo la misma vivienda, sin piso, ni siquiera un radier, todo de tierra… ¡Terrible!”, exclama. “Es un pueblo, además, muy reservado y prudente. Recuerdo que cuando hicimos una campaña para recolectar ropa, cada uno iba y sacaba lo que necesitaba, nada más. Incluso, me decían: mire, esto le podría quedar bien a su hija…”.

Esta labor que realiza en el Programa Zanmi y aquella que desempeña en el Colegio San Ignacio de El Bosque –donde enseña a niños de primero y segundo año básico– le han permitido confirmar su vocación. “Siempre quise estudiar pedagogía. En mi familia hay varias profesoras: mi abuela, mi mamá, unas tías… De alguna parte me tenía que venir”, asegura riendo.

Agrega que su interés era trabajar con la infancia: “Siempre tuve buena onda con los niños, así es que no hubo mucho cuestionamiento respecto de qué carrera seguir. Hice mi práctica en una población de Lo Prado y aprendí mucho. Es uno de los períodos que recuerdo con más cariño y tengo presente a cada uno de los niños que conocí… Hoy ya son adultos”, calcula en voz alta.

La tía Mariu, como la llaman muchos de los pequeños que asisten al Programa Zanmi, reconoce que al menos para ella resulta imposible no crear un vínculo afectivo con los alumnos. Y es por eso que no quiere dejar esta labor voluntaria, aunque le reste tiempo para compartir con los suyos.

“Para no dejar tanto a mis hijos los sábados, decidí llevarlos conmigo a las actividades –dice contenta, sabiendo que ha sido una excelente decisión–. Tienen 12, 8 y 5 años y les encanta ir. Al principio pensé que les llamaría la atención conocer a personas con una cultura distinta y hasta con un color de piel diferente, ¡pero nada! A los dos segundos estaban todos jugando y ya son amigos. Ahí te das cuenta de lo maravillosos que son los niños”.

1 Comentario

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  • Mariu. Eres una mujer maravillosa. No solo le das un regalo de amor a estos niños, también eres un gran ejemplo para quienes te rodean. Al compartirlo con tus hijos, le estas dando el mejor de los regalos.
    Un abrazo grande, y sigue compartiendo tu don.