Mientras sonaba el himno chileno en la Unidad Deportiva Bolivariana Sierra Nevada en Colombia, el estadio permaneció en un respetuoso silencio. Un par de horas antes, durante la mañana del 24 de noviembre de 2017, Carmen Mansilla, Paula Goñi, María Fernanda Mackenna y María José Echeverría no creían tener la marca para hacer un oro en la posta 4×400 de los Juegos Bolivarianos. Pero lo que no esperaban es que cuando la última de ellas cruzara la meta, se terminarían abrazando, llorando y escuchando el himno en lo más alto del podio. “Es sin duda un de los recuerdos en pista más lindos que tengo”, dice ahora María José, de 37 años, sentada con ropa deportiva en una café de Las Condes.

La historia de esta inagotable mujer no es la tradicional de todos los deportistas que comienzan desde pequeños a entrenar para llegar de adultos a cumplir con su mejor rendimiento. “Partí de mona cuando chica aunque de mi familia nadie es muy deportista. Me gustaba pero no tanto como ahora. De niña hay como una rebeldía por la edad en la que uno no quiere ser distinta ni quedar encasillada en algo”, recuerda hoy.  

Sus buenas marcas en la etapa escolar le permitieron ir a distintos mundiales y sudamericanos representando a su colegio. Sin embargo, al entrar a la universidad nunca se planteó continuar con una carrera deportiva y estudió terapia ocupacional. Mientras competía representando a su universidad, conoció a su marido que era lanzador de jabalina y se casaron cuando ella cumplió los 23 años. Después se convirtió en madre de tres niños y el deporte pasó a un segundo plano. Hasta que nació Juan (5), su cuarto hijo.

¿Qué pasó?

Vivimos una situación familiar súper difícil, porque tuvo un paro cardiorespiratorio y quedó con un daño cerebral. Fue un momento de mucha pena, en el que se te desarman los planes.

¿Qué reflexión hiciste en ese momento?

Busqué dentro de mí las herramientas que tenía para hacer una terapia y salir adelante. Porque sabía que no quería ir al psicólogo.

Y entonces, volví al deporte. Volví a mi esencia y regresé a eso que había dejado estacionado muchos años.

Era el inicio de su camino al oro.

Un tiempo inesperado

Lo que regresó a su vida como un hobby terminó convirtiéndose en una pasión. La Coti descubrió que sus marcas eran buenas e incluso mejores que las que tenía en la universidad. “Eso significó una gran sorpresa para mí. Por eso sentí que tenía algo que entregar al país y entre medio se me ocurrió meterme a estudiar Educación Física. Fue una decisión que tuve que pensar durante un año”, dice.

¿Cómo es volver a ser alumna en la universidad?

Me encanta. Cuando entré la primera vez, no disfruté todo lo que lo estoy haciendo ahora.

¿Qué es lo que te impacta de este cambio?

Me encanta ver el engranaje de la vida. De que a medida que uno va tomando distintas decisiones, todo se va dando. Y hay que ser valiente en la vida para dar el paso.

María José cuenta que en la posta que ganó en los Juegos Bolivarianos ella era la corredora de mayor edad. Una situación que ahora la hace reírse porque recuerda que cuando ella estaba en el colegio, le tocó competir con una mujer de 40 años y perdió. “En ese momento yo pensaba “¿cómo pude perder contra ella?”, pero hoy me doy cuenta que me sirve como inspiración porque pienso que si ella pudo a esa edad, a mí me quedan cuatro años”, dice entre risas.

Hoy, mientras entrena para los próximos Sudamericanos, sus días son sin parar: se levanta a las seis de la mañana para preparar los almuerzos de sus hijos, toma desayuno y lleva a los niños al colegio. Luego se traslada a la universidad y después va a hacer clases al colegio Manquehue. Recién a las siete de la tarde se toma el tiempo para entrenar en la pista atlética de la UC o en su casa. “Un día normal en mi vida es súper intenso, sin tiempos muertos. Yo me imaginó que es como el de la mayoría de las mamás”, relata.

¿Cómo se toman tus hijos el hecho de tener una mamá campeona?

Sé que para ellos también tiene cosas complicadas, como el hecho de que en el verano me acompañan a entrenar porque no tengo con quién dejarlos o también a veces no podemos irnos de vacaciones por mucho tiempo porque tengo que mantener mi entrenamiento. Pero mis hijos son muy camiseteados. Gritan y vibran con las carreras. Cuando veo las filmaciones que ellos hicieron, escucho sus comentarios cuando uno le dice al otro “ay, no quiero mirar”… son muy lindos.