“Yo creo que mi historia inspira porque en los momentos oportunos, he tomado las decisiones adecuadas”, me dijo Marta antes de empezar esta entrevista. Psicóloga de profesión pero profesora de vocación, su historia dio un vuelco cuando se convirtió en una de las primeras mujeres solteras que adoptó en Chile. El año 2006 la nombraron ganadora del premio Sergio Yulis por su aporte a la psicología. Ésta es su historia.

“Recuerdo que estuve poco tiempo en el colegio porque aprendí a leer muy chica. A los siete años me retaron porque leí Hamlet y todavía me acuerdo de las imágenes que se formaron en mi cabeza. Lo volví a leer muchas veces en mi vida”.

“Cuando egresé, la situación económica en mi casa era muy mala. Mi papá quedó cesante y yo era la mayor de seis hermanos. Así que me puse a trabajar a los 16 años. Partí como secretaria en una oficina comercial en Valparaíso, porque soy de allá. De eso pasé a trabajar para el rector de la Universidad Federico Santa María, Carlos Ceruti, donde estuve 9 años”.

“Después de eso, monté una oficina de secretariado pero me duró poco porque me di cuenta que no era para mí, no me veía en eso. Fue en ese momento en que a un amigo que era psiquiatra, le tocó una paciente que de un día para otro dejó de hablar en español y sólo lo hacía en otro idioma. Entonces él me pidió ayuda porque yo sabía inglés y hacía de traductora. Esos experiencia me impactó y decidí que quería ser psicóloga, porque veía la carrera de medicina muy larga. Era a fines del 70 y yo tenía 38 años”.

“Entré a la Universidad Católica y fue una época complicada pero a la vez mi escuela no estaba politizada. Yo tenía casi el doble de edad que todos mis compañeros pero había otros seis que eran más o menos de mi misma generación, así que hicimos un grupo con ellos. Pero además, mis mejores amigas de la universidad, las que veo hasta hoy, venían del colegio. El año 73 recuerdo que un día mi profesor Sergio Yulis le dijo a alguien de la universidad: ‘no la dejen escapar’. Después de eso, él se autoexilió y años después yo tuve la suerte de ganar el premio que llevaba su nombre”.

“Al final de la carrera mi papá murió y me acuerdo que las últimas monedas que me quedaban, las usé para ir en micro a la Universidad Técnica del Estado y ahí me pidieron que empezara a hacer clases en psicología. A los dos meses, me llamaron de la Católica para ofrecerme un cargo como profesora a tiempo completo”.

“Recuerdo que, tiempo después, un día de primavera, vi cómo los árboles florecían y pensé: `¿Por qué todo florece menos yo?´ Estábamos haciendo un estudio sobre los hogares de menores y yo le dije a una colega que deseaba cambiar las estadísticas porque quería que una niñita más tuviera mamá. Fue así como decidí adoptar, pero no le dije nada a nadie, sólo llegué con mi guagua”.

“Cuando volvía de un viaje al sur, pasé por Concepción en mi último día de vacaciones. Iba a ver un hogar con el que mi colega me puso en contacto, con la idea de que tendría que hacer miles de trámites. Nos muestran el sector donde estaban las guaguas y yo pensé: ¿Cómo voy a elegir, si no son un par de zapatos? Pero justo en ese momento, una de ellas pegó un grito feroz y corrí a consolarla. La María Teresa se me acurrucó en los brazos y eso fue un momento mágico porque me convertí en mamá. La jueza por suerte me la dio enseguida”.

“Llegué a mi casa y no había nada preparado. Sabía que no podía dormir conmigo porque no quería hacerle daño en la noche si me movía. Entonces, con el cajón de mi cómoda le armé como una especie de cunita y la puse cerca de mí. En la universidad me apoyaron mucho, me dejaban dar mis clases y después volver a la casa”.

“Cuando mi hija cumplió casi un año, pensé que si ella se criaba sola, podía ser muy regalona y después cuando yo no estuviera, se quedaría con todo el peso mío. Saqué las cuentas y le mandé una carta a la jueza diciéndole que estaba a la espera de otra hija. Pasaron unos meses y me avisaron que había una guagua en Concepción. Pero apenas llego, me llama una jueza que no era la que me dio a la Teresita y me dice: “No la veas, porque esa niñita ya está entregada”. Partí entonces al otro juzgado porque quería saludar a mi jueza amiga que estaba en una sala trabajando y al verme se pone blanc, sale a la puerta y me dice:’Marta, ¿cómo llegaste aquí si la guagua acaba de nacer?’. Camila nació mientras yo estaba en Concepción… sin siquiera verla, ya sabía que era mi hija”.

“Cuando las niñitas llegaron, los primeros dos o tres años era hacer clases y después volver corriendo a estar con ellas. Me dieron ganas de saber más sobre la psicología de la adopción, pero en Chile no había nada, por eso le pagué a una alumna de una universidad en Estados Unidos para que me recolectara los papers y me los leí todos. Así me fui especializando y aprendiendo”.

“Hoy me preguntó si es que realmente mi vocación era la psicología, porque yo creo que soy más educadora. Igual hace mucho tiempo que dejé la academia y ahora tengo una consulta. Pero este año he estado un poco más complicada de salud, así que no he podido ir a trabajar. Ésta es mi vida y yo he sido bastante feliz en ella. Obviamente siempre hay cosas que uno haría distinto, pero después me acuerdo de que un escritor dijo: “no se puede vivir la vida en borrador”.