Escritora, periodista y defensora de los derechos de las mujeres, se convirtió en una figura clave en la historia del feminismo en Chile. Nacida en Valparaíso en el seno de una familia aristocrática empobrecida tras el terremoto de 1906, luchó contra las adversidades y los vetos sociales. Se casó dos veces, trabajó como reportera en París y fue obrera en Estados Unidos. Junto a otras activistas, fundó en 1931 el Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile, MEMCh, agrupación con la que creó y editó el periódico La Mujer Nueva. A los 64 años, cuando sintió que su vida estaba por apagarse, publicó el libro autobiográfico “Memorias de una mujer irreverente”. Sin embargo, todavía le faltaban más de tres décadas por vivir. Pasó sus últimos días sola, ciega, en un asilo para ancianos y falleció sin recibir los homenajes que merecía.

¿Cómo te presentas frente a quienes no saben quién fuiste ni lo que hiciste?
– Combatí por los derechos femeninos, tanto en el país, con el MEMCh, como desde el extranjero, formando parte de la Comisión Interamericana de Mujeres, hoy en el seno de la OEA. También defendí a las clases menos favorecidas, pues supe desde niña lo que es vivir en situación de pobreza. Tras el terremoto de Valparaíso en 1906, no solo se derrumbó nuestra casa, sino toda la situación económica de mi padre y, lo más esencial, de mi vida afectiva: mi madre murió días después. Quedé años con la sensación de que el suelo se hundiría en cualquier instante. Mis hermanas y yo pasamos por internados, casas de parientes y pensiones cada vez menos dignas. Me asaltaban incomodidades de toda índole y me sentía confundida y humillada. Tuve temprana conciencia de que tenía que socorrerme e independizarme. Por eso, más tarde me uní a las filas del Partido Comunista chileno. Sin embargo, resultó un desencanto, porque este conglomerado, al menos en ese tiempo, no comulgaba con mi condición femenina y de librepensadora. Como digo en mis memorias: “Yo creía que la igualdad de derechos para las mujeres estaba por encima de la lucha de clases”.

¿Feminista acérrima?
– No era una feminista contra los hombres. Jamás culpé ni sentí resentimiento, ni por mi padre ni por mi primer marido, que era alcohólico y terminó convirtiéndose en un peso más para mí. Tras enviudar, decidí gastar mis ahorros en un viaje a París. Quería conocer esa ciudad y asumí que allá no tendría apariencias que cuidar, aumentando las posibilidades de encontrar trabajos para sobrevivir, muchos de los cuales en Chile me eran negados por mi condición social. En el extranjero podría hacer, desconocida, una cantidad de cosas, incluso fregar pisos. Conseguí ser corresponsal de El Mercurio y mis escritos gustaron. Empecé a relacionarme con artistas e intelectuales de avanzada, que me ayudaron a alcanzar otros logros no cuantificables monetariamente. El escritor Leonardo Penna fue quien descubrió en mí el potencial para representar a nuestro país en las primeras comisiones internacionales por los derechos de la mujer. Asumí esa misión con fervor, integrando diversas asociaciones que luchaban por la condición femenina y la equidad de género.

Para ese entonces, ¿qué pasaba en tu vida íntima?
– Luego de cinco años en París, regresé a Chile y caí en amores de estudiante revolucionaria a los treinta y cinco años, ya viuda y navegada. Debí enfrentar prejuicios sociales, ya que mi novio, Marcos Chamudes, era nueve años menor, además de judío, comunista, con un apellido no reconocido; el todo constituía una conjunción de características inaceptables en mi medio familiar y en esa época. Igual me casé con él. Emigramos a Estados Unidos, donde por tiempos debíamos vivir separados, ya que teníamos que tomar las oportunidades laborales donde surgieran: Nueva York, Vermont, Nueva Orleans, Washington. Trabajé un tiempo como obrera mientras él adoptó la nacionalidad estadounidense y fue enrolado en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Después consiguió un puesto como fotógrafo en la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York y yo comencé a trabajar en la Comisión Interamericana de Mujeres en Washington. La distancia entre ambas ciudades era poca para un cariño tan grande.

¿Qué te motivó a trabajar por los derechos de las mujeres, aun sacrificando tus afectos?
– En mis memorias escribí: “La gente piensa en el aire cuando le falta y no cuando respira normalmente. Es natural. Creo, sin embargo, en el beneficio de saber cuánto costó ganar lo que hoy nos favorece, y quizás garabateando estas líneas pueda ser que un día una mujer cualquiera se detenga a reflexionar con simpatía en el esfuerzo de unas cuantas exaltadas de otros tiempos por hacerles la vida menos dura”.

* Frases extraídas y adaptadas para efectos de esta nota, a partir de textos sobre Marta Vergara publicados en economiaynegocios.cl, letrasdechile.cl y catalonia.cl.