Mujeres de Ayer

Martha Graham

Así es como muchos llaman a esta bailarina y coreógrafa estadounidense, debido a la importante influencia de su trabajo. Innovadora y rupturista, creó un nuevo lenguaje para la danza contemporánea, a través del cual buscaba expresar las emociones humanas. Y si bien su técnica fue rechazada y poco comprendida en un comienzo, terminó convirtiéndola en una de las artistas más relevantes del siglo XX. Integran su legado un total de 180 coreografías, que la Compañía de Danza Martha Graham –fundada por ella– sigue presentando alrededor de todo el mundo. Margot Fonteyn, Rudolf Nureyev, Mikhail Barishnikov, Liza Minelli y Madonna fueron algunos de sus alumnos más conocidos.

¿Cómo recuerdas tus inicios en la danza?
– Cuando tenía 16 años, convencí a mi padre para que me llevara a ver una presentación de Ruth Saint Denis, una de las pioneras de la danza moderna, que hacía exóticas interpretaciones a partir de bailes orientales. Quedé maravillada y decidí que quería ser bailarina como ella. Pero mi familia, que era muy religiosa, no lo aceptó como una buena opción profesional para mí. De todos modos, seguí adelante con mis planes. Primero estudié arte dramático y luego me matriculé en la escuela de danza Denishawn, que Ruth Saint Denis había establecido con su esposo Ted Shawn. Al principio me dijeron que era muy tarde para aspirar a ser bailarina profesional, pues ya tenía más de 20 años de edad, y que mi cuerpo no estaba hecho para la danza. Pero no me di por vencida. Con mucha disciplina y perseverancia aprendí a entrenar mi cuerpo. Bailé de manera profesional durante varios años con esa compañía, donde tuve la oportunidad de conocer al compositor Louis Horst, uno de los grandes colaboradores que tuve durante mi carrera. Junto a él me mudé a Nueva York en 1923 para iniciar mis primeros trabajos experimentales. Años después logré constituir mi propia compañía, la Martha Graham Dance Company.

¿Por qué sentiste la necesidad de crear un nuevo lenguaje para la danza?
– Me interesaba expresar toda la gama de las emociones humanas mediante el movimiento: la pasión, la rabia, la angustia, el dolor… Empecé a crear mis propias coreografías y el nuevo lenguaje comenzó a tomar forma. Eran danzas dramáticas, de temas fuertes, porque también quería reflejar mi interés por la lucha contra las injusticias sociales. Los movimientos eran cortantes y angulares, inconexos, con caídas al suelo. No eran necesariamente bellos ni armoniosos y quizás por eso no fueron aceptados rápidamente por el público en general. Era una propuesta que no tenía antecedentes en la historia de la danza y a muchos les pareció extraña. Pero en menos de una década, empecé a alcanzar popularidad como creadora. A mi compañía se integraron muchos bailarines educados en mi técnica que, posteriormente, se encargaron de transmitir mis enseñanzas. Entre ellos, Erick Hawkins, que fue mi pareja durante muchos años.

¿No tuvieron hijos?
– No. Bailamos juntos por nueve años y convivimos un tiempo antes de casarnos en 1948. Sin embargo, como cuento en mi autobiografía, no tuvimos un buen matrimonio. Creo que había mucha envidia y competencia entre nosotros. Terminamos separándonos. Sin embargo, no fue esa la pena más grande de mi vida. El golpe más duro lo recibí cuando me diagnosticaron diverticulosis, mal que me obligó a dejar la danza en 1970. Me consideraba más una bailarina que una coreógrafa y esta imposibilidad de seguir haciendo lo que más amaba, me produjo un tremendo dolor y más problemas de salud. La vida para mí no era renunciar, sino avanzar. Pero ya no podía seguir presentándome en los escenarios. Continué, eso sí, como coreógrafa. De hecho, la muerte me encontró trabajando en el ballet “Los ojos de la diosa”, que fue estrenado de manera póstuma poco después de mi fallecimiento.

* Frases creadas para efectos de esta nota, a partir de biografías de Martha Graham publicadas en about.com, mcnbiografias.com y vivalabiodanza.blogspot.com.

Agregar comentario

escribir comentario