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Nina Simone

La llamada “Suma Sacerdotisa del Soul” –como uno de sus discos– murió a los 70 años a causa de un cáncer de mama que nunca se trató. Nos legó grabaciones maravillosas y canciones eternas, pruebas de un talento excepcional y de una voz que, según decía, “a veces suena como grava y en ocasiones como café con leche”. Gran intérprete de jazz, pianista, feminista, activista por los derechos afroamericanos, rebelde, temperamental, bipolar, víctima de violencia intrafamiliar, madre de una única hija, estadounidense nacionalizada francesa… Hay tanto que decir de Eunice Waymon, la diva de la música que siempre recordaremos mejor por su nombre artístico: Nina Simone.

¿Cuál fue la inspiración para ese pseudónimo?
– Mis padres eran muy religiosos, ambos fueron predicadores. Cuando empecé a cantar en bares y casinos de Atlantic City, más o menos a los 20 años, decidí adoptar otro nombre, para que mi mamá no se diera cuenta de que andaba en lugares de mala muerte tocando “música del diablo”, como ella decía. Nina era el apodo que me había dado un antiguo novio. Él quería decir “niña”, pero a los angloparlantes les cuesta pronunciar bien la letra Ñ. Y Simone lo tomé de la actriz francesa Simone Signoret, de la película “Casque d’or”.

¿Cuándo descubriste tu talento e interés por la música?
– Muy pequeña. A los 3 años ya tocaba el órgano. Mis padres se arrodillaron cuando me vieron hacer algo que nadie me había enseñado. A los 4 cantaba en el coro de la iglesia y abría los oficios de los domingos. Me llamaban “el pequeño prodigio”. Una de las fieles, la señora Miller, estaba tan impresionada, que le ofreció a mis padres pagarme clases de piano con una profesora local, quien después recaudó fondos para que pudiera completar mi educación musical en la escuela Juilliard de Nueva York. Quise ingresar luego al Curtis Institute de Filadelfia, pero no fui aceptada. Era 1950, estábamos en plena vorágine de la segregación racial. Creo que fue por eso, aunque dijeron que las razones eran otras. Como sea, me sentí destrozada y pensé en dejar la música. Finalmente sólo abandoné el estilo clásico, ya que para ayudar económicamente a mi familia tuve que empezar a cantar y tocar en bares.

Y de ahí al reconocimiento del público…
– Mi versión de “I love you, Porgy” fue la primera y única vez que estuve en el Top 40 de Estados Unidos. Hice otras que alcanzaron popularidad, como “My baby just cares for me”, “I put a spell on you” y “Feeling good”. La música me sirvió también para expresar mi sentir, mis creencias e ideales. En los 60 compuse varias canciones a favor del feminismo y los derechos civiles de los afroamericanos. Pero mi carrera también tuvo períodos oscuros: la disquera me estafó, perdí mucho dinero y tuve un mal matrimonio de 10 años con un hombre que se convirtió en mi manager y en el padre de mi única hija. Ella fue lo mejor de ese tiempo. Con muchos problemas económicos y una profunda depresión, me arranqué a África, alejándome de todo, incluso de las canciones. Gracias a amigos me establecí finalmente en Francia y reconstruí de a poco mi carrera. La música te permite saber todo lo que está sucediendo en el mundo. Puedes sentir, ponerte triste, alegre, amoroso, puedes aprender, ver los colores a través de la música… ¡Cualquier cosa! Es infinita, es como Dios.

* Frases extraídas y adaptadas para efectos de esta nota a partir de textos sobre Nina Simone publicados en elmundo.es, elpais.com y musicismysanctuary.com.

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