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Paulina Soto

Cada viernes sale de su trabajo y llega a su casa a cocinar. No sólo para su familia, sino también para cientos de personas que viven en la calle y que la esperan sagradamente todas las semanas para recibir el plato de comida casera que ella les prepara. Así nos cuenta su historia.

“Ganar el Premio Mujer Impacta fue el empujón que necesitaba para convertir mi iniciativa ‘Me pongo en tu lugar’ en una fundación. Porque aunque parezca increíble, a mí todo me da susto y recibir este reconocimiento fue fabuloso, ha marcado mi vida de una forma súper positiva y me genera más energía para seguir creciendo y ayudar al que más lo necesita.

Funciono 24/7 en la oficina, con mi familia y en mis labores en la fundación. Tengo que motivar a la gente que colabora a través de Facebook, de Whatsapp, para que no decaigan las donaciones y poder llegar a la meta… Vivo una Teletón cada semana. Muchos me dicen: “¿Por qué no lo dejas? No es obligación que lo hagas siempre”. Otros me preguntan: “¿Y qué ganas tú?”. Es mi opción, simplemente.

Cuando partí, empecé a salir una vez al mes a entregar platos de comida a personas que duermen en la calle en mi comuna. Ahora voy todos los viernes. Un fin de semana largo no fui, decidí irme a la playa con mi familia. Y cuando volví a repartir, uno de los beneficiarios que ya me conocían me dijo, como en broma: “Tía, ¿por qué no vino?”. Me caló hondo. Me di cuenta que si bien ellos no me piden, sí esperan que llegue con algo, están acostumbrados. Saben que el viernes en la noche van a comer rico, tomarán un café calentito o un vaso de jugo en verano.

Cuando la gente que colabora con esta causa va conmigo a repartir comida, se da cuenta de la realidad y puede ver qué se hace con el kilo de arroz o con los cinco mil pesos que dona. A todos los invito a que vengan a cocinar, a emplatar, a salir… A muchos les da susto ir de noche. Pero se hace así por un problema de tiempo, ya que todos los que participamos tenemos un trabajo. Durante la semana reúno los ingredientes y los viernes cocinamos en mi casa y entregamos. Hemos salvado a varias personas de morir de hipotermia, porque pudimos darles algo caliente o llevarlos a un albergue.

¡Imagínate cuántas personas en situación de calle hay en todo Chile! Ya me he organizado y pronto voy a abrir una sucursal en Cauquenes, donde nací y crecí. Quiero contagiar de toda esta locura a mucha gente.

Siempre he sido bien rebelde. A los 14 años, con uniforme de colegio, me vine a Santiago haciendo dedo. Había peleado con mi mamá y llegué a la casa de una tía. Mi primer empleo fue de nana puertas adentro. Terminé la enseñanza media en jornada nocturna y a los 20 tuve a mi primera hija. Fui mamá soltera, hasta que conocí a mi actual marido. Quedé embarazada de nuevo cuando estaba estudiando enfermería y no pude finalizar la carrera. Me destinaron a hacer una práctica en rayos –lo que podría haber afectado el sistema nervioso central de la guagua en gestación– y la profesora se negó a cambiarme de área. Tuve que congelar los estudios y no me fue posible retomarlos después. Sin embargo, eso no me ha impedido ser feliz.

Ahora trabajo como secretaria en un estudio de abogados y disfruto al máximo mi pega. Jamás hice un curso ni nada para llegar adonde estoy. Todo lo aprendí en el camino. Cuando partí entregando comida, mi jefe creyó que se trataría de una acción social esporádica, de un par de veces. Después se dio cuenta que iba en serio. Y ahora que “Me pongo en tu lugar” ya es fundación, me pregunta si me voy a ir de la oficina, considerando que soy presidenta… Y la verdad es que no, porque ese es el trabajo que me da de comer.

Hoy me muevo en un círculo de mucho dinero. A veces veo en la calle gente que pide una moneda a la que todo el mundo le arruga la nariz. En algún minuto vi a una señora con su guagua y yo tenía a la mía de esa misma edad. Pensé que si no tuviera donde vivir, no me gustaría que me miraran así. Hay personas que tienen la valentía de ir a pedir trabajo, pero hay otras que no pueden, porque su personalidad no se los permite.

Yo soy bien extrovertida y lo que me movió a empezar con esto fue el hecho de poder hablar por los que no son capaces. Mi familia me apaña en todo, imagínate tener una mamá que atiende a la gente de la calle y que quiere traerla a la casa. Igual es difícil para ellos. Pero no les pregunto, simplemente les digo: “Hoy se va a cocinar tal cosa y necesito que me ayuden a pelar papas, picar cebolla o a revolver la olla”. Y todos felices de colaborar. Mi marido es un ángel, me saqué la lotería con este hombre.

Cuando nos pasa que no llegamos a la meta de reunir todos los alimentos, abro mi despensa y completo con lo que hay en ella. No me preguntes cómo, pero si me faltan cinco kilos de arroz, los encuentro. Y mi marido jamás me ha preguntado si los voy a reponer ni cuándo.

Siempre pienso: si estuviera en la calle, ¿qué me gustaría que me llevaran? ¿Una hamburguesa de 100 pesos o una comida casera rica? ¿Qué comerías tú…? Entonces, llévales lo mejor que puedas darles.

Paulina podría no haber hecho nada… Pero lo hizo. Conoce más historias de mujeres que están cambiando el mundo AQUÍ.

 

Foto: Sofía Araos

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