Ganadoras 2015

Pía Salas

Directora de la fundación Abrazarte, bailarina y actriz. En el 2005 dejó todo de lado para brindar apoyo a los jóvenes que viven en situación de calle. Sin nada más que su voluntad y generosidad, fue en busca de aquellos niños que, por diferentes circunstancias, decidieron abandonar su hogar y afrontar solos lo que les deparaba el destino. Ninguno se esperaba que esta mujer, de pelo largo y rojizo, se acercara a ellos para abrazarlos y no volver a dejarlos más. Recibió el Premio Mujer Impacta 2015 por la valentía que tuvo para luchar contra todas las adversidades, dándole una oportunidad a decenas de personas y recordándoles que, pese a las dificultades y el dolor, sí se puede salir adelante.

Era un lunes 12 de octubre, diez años atrás, y una mujer salía de su casa en dirección al centro de Santiago. Preocupada, miraba a su alrededor, buscando a esos niños de quienes tanto se hablaba en televisión. No los encontraba, pero sin rendirse siguió su camino, bordeando el río Mapocho hasta llegar al Puente Bulnes. Vio como dos niños cruzaban por debajo junto a unos perros y rápidamente se dirigió hacia ellos. “¿Nos viene a ayudar?”, le preguntaron. Pía los abrazó con una sonrisa y les respondió un “sí” cargado de emoción.

Desde ese día su vida dio un giro radical. Empezó a ir a los puentes los fines de semana y cada vez con más frecuencia. Formó un pequeño grupo con amigos y poco a poco fueron llevando el arte a las caletas. Conversaban con los niños y los acompañaban para alejarlos de las drogas y la delincuencia. “Los llevábamos al cine, a los museos, sacándolos del mundo de las calles”, cuenta.

Mientras la iniciativa tomaba fuerza, la vida personal de Pía comenzó a tener dificultades. En su hogar no comprendían su intensa necesidad por ayudar. “Mis hijos eran chicos y yo era muy feliz con mi marido pero, cuando todo comenzó, él tuvo la sensación de que su mujer se le iba a los puentes y mis hijos, que yo prefería a otros niños. No fue fácil para nada”, relata.

Estas adversidades sólo serían el principio de un largo camino de alegrías y tristezas. En ese entonces, con 45 años, Pía trabajaba en una revista financiera, empleo que prefirió perder con tal de enfocar todas sus energías en lo que años más tarde se convirtió en Fundación Abrazarte. Su salud también empeoró debido a un cáncer a la tiroides, por el cual debió someterse a una operación.

Sin embargo, cuando todo empezaba a desmoronarse en su vida, sucedió algo que tomaría como una señal para continuar. “Yo decía, ‘pero Dios, qué hago, se me está desarmando todo’”, recuerda. Y entonces un día, mientras acompañaba a uno de los niños a la casa de su familia, una persona le entregó un papel con un versículo, en el que se leía: “Vivirás de fe; y si retrocedieres, no agradará a mi alma”. En ese instante supo que ésa era la respuesta de Dios a su inquietud y pensó “bien, tú estás en mi negocio y yo estoy en los tuyos, pero protege a mis hijos, a mi familia”.

En su juventud Pía ya había sentido la necesidad de movilizarse por causas sociales. A los 24 años se inscribió como voluntaria del Hogar Santa Clara, fundación que acoge a niños con VIH. Sin embargo, debió retirarse cuando tuvo la necesidad de generar recursos para mantenerse. Pese a este revés, su vocación de servicio la acompañaría durante las siguientes décadas.

En una de las principales calles del centro de Santiago viven Andrea (27) y Javier (23). Llevan 15 años juntos y conocen a Pía desde que eran adolescentes. “Ella es muy apegada a todos nosotros, siempre ha sido igual”, explica Andrea. Tienen cinco hijos y aunque no mantienen contacto con ninguno, hace algunos años tuvieron la posibilidad de hacerse cargo del mayor, mientras vivían en la casa de un familiar en Lampa. Durante ese tiempo consiguieron un trabajo y estuvieron alejados del consumo de drogas hasta que, por problemas familiares, su hijo terminó nuevamente en una institución de menores. Andrea recuerda con tristeza ese momento, mientras Pía le da palabras de aliento e intenta devolverle la esperanza. “Él me daba fuerzas, es todo para mí, era el primero de mis hijos que estaba conmigo, con quien podía ser madre, pero no me dejaron. Lo que más quiero es tener a mi hijo al lado mío”, cuenta.

Como Andrea y Javier, hay muchas otros jóvenes que en sus cortos años de vida ya han sufrido la crudeza de un sistema que no les permite salir de la calle, que no les da oportunidades de reinserción. Ésta es una de las principales razones por las que Pía siguió luchando para conseguir un espacio donde, además de acogerlos, pudiera incentivar el desarrollo de sus capacidades.

Su sueño comenzó a hacerse realidad en 2011, cuando una mañana Felipe Cubillos bajó a la caleta a tomar desayuno con ellos y se comprometió a construir la Escuela Refugio Abrazarte, un lugar donde pudieran buscar sus propios límites y experimentar cosas nuevas, entre ellas, hábitos de horarios y responsabilidades, para luego encontrar un trabajo y llevar una vida independiente.

Actualmente Abrazarte forma parte del programa Calle del Ministerio de Desarrollo Social, lo que les permite beneficiar a 20 jóvenes de la comuna de Santiago y 20 jóvenes de Conchalí y Huechuraba. Realizan un trabajo integral con las caletas, primero acompañándolos en la calle y luego evaluando quiénes pueden participar en un sistema más formal. “Tenemos al 77% de los chicos del río Mapocho fuera y los veo muy bien, me van a visitar y me cuentan sus logros… eso sí que es un cariño al alma”, afirma Pía.

El reconocimiento de Mujer Impacta la ayuda a sentirse acompañada en su lucha, a saber que existen otras personas interesadas en el trabajo que hace con los jóvenes en situación de calle. “Es no sentirse tan sola en tu camino, sentir que lo estoy compartiendo no solamente con mi familia o amigos, sino también con personas de otros ámbitos”, dice.

Años atrás, Pía no entendía por qué había jóvenes que históricamente seguían viviendo en las calles, aún con la intervención de profesionales e instituciones como el Sename. Entonces se dio cuenta que había que hacer algo distinto, algo desde el amor. Pero con el paso del tiempo comprendió que no todos están listos para salir de las calles. “Sentía que tenía que luchar por todos, quería sacarlos, ser una especie de salvadora. Y resulta que luego de todos estos años, he venido a salvarme yo”, dice. Según Pía, hay personas que tienen más resuelta su vida, que están más preparadas, así como también hay otros que aún no tienen la conciencia necesaria. En esos casos ha aprendido a acompañarlos en sus procesos, a darles tiempo y sobretodo paciencia. “Cada historia de ellos es el resumen del dolor del mundo entero”, dice.

Hoy Pía se ha reconciliado con el pasado. Sus hijos viven con su padre y ella volvió a hacer teatro, a bailar y halló la paz espiritual que le permite recordar en forma positiva su matrimonio. “Mi separación me ha hecho crecer, sentir que puedo reconocer en mi ex marido un gran hombre, en poder pedir perdón y en darle las gracias, porque él fue un pilar fundamental para que esto estuviera sucediendo”, dice.

No puede evitar emocionarse al hablar de los jóvenes que ha conocido desde que todo comenzó. “Hace poco entendí que el gran problema que existe es cómo nos miramos unos a otros, si somos capaces de mirarnos como un igual”, dice. Prácticamente, no hay nadie que viva en las calles del centro de Santiago que no la conozca y la quiera como una madre. “Lo que más he aprendido de ellos es poner en práctica ese amor más allá del amor, que a veces te manden lejos, pero uno sigue amándolos porque entiende que ese ser está dañado y que sólo pide que no me vaya de su lado”, explica.

Luego de diez años, hay momentos en que le gustaría retomar su vida anterior, pero sabe que su lugar está con ellos. “Es más fuerte que yo y hay algo que me dice que éste es el camino, que con él también crecen muchos otros. Pero soy una persona normal, no soy una santa, soy una mujer”.

2 Comentarios

escribir comentario