Ganadoras 2017

Rosa Tamsec

Uno de cada tres adultos en Chile no ha terminado el colegio

Cuando los padres no tienen escolaridad, existe una alta probabilidad de que sus hijos tampoco la tengan

Rosa podría no haber hecho nada

Pero lo hizo…

Y ésta es su historia

 

A sus 65 años, Rosa habla de forma pausada y reflexiva. Al contar su historia se detiene en cada uno de los detalles que recuerda. Y aunque su voz refleja tranquilidad, su vida no está ni cerca de ser apacible. Porque en su mente no deja de crear nuevas formas de emprender, pero también para ayudar a los que lo necesitan.

 

El emprendimiento siempre fue parte de la vida de Rosa. Hija de un inmigrante chino, desde niña fue testigo de cómo su padre negociaba mientras su madre vendía dulces. Ella recuerda que sus primeros acercamientos al mundo empresarial fue ron luego de un accidente que la dejó internada en la clínica. Aburrida de estar todo el día sentada, se consiguió unos palillos y ovillo de lana y tejió una puntilla. La enfermera que la atendía quedó impactada con la creación y Rosa se la vendió. Se corrió la voz entre los trabajadores de la salud y Rosa formó su primera “PYME” en la habitación del hospital.

Años después y una vez casada, comenzó a vender empanadas y pasteles que hacía en su casa. Su marido, que trabajaba y estudiaba Prevención de Riesgos, compraba los insumos en el centro de la ciudad. Pero ante la falta de productos, Rosa tuvo una idea: abrir un minimarket, que dura hasta el día de hoy. “Aproveché la oportunidad, ya que los vecinos necesitaban comprar cerca de sus casas y yo cubrí esa demanda. Crear el minimarket me motivó a desarrollar otros negocios, siempre pensando en qué podía hacer yo para satisfacer la necesidad de los clientes”, dice.

Su marido llegaba en las noches para contarle sobre sus estudios en Prevención de Riesgos y eso le dio una nueva idea a Rosa: los extintores. Luego de convencer a su familia, acondicionaron el living de la casa para que les sirviera de oficina y apenas salía del minimarket, se dedicaba a su emprendimiento. En esos 50 metros cuadrados crearon la que se convirtió en una gran empresa: Wilug, llamada así porque es la mezcla de los nombres de los dos hijos de la pareja.

Gracias al crecimiento de su empresa, las mineras se interesaron en los extintores que ella vendía. Esto llevó a que los trabajadores de WILUG tuvieran que ir a las minas, pero se vieron enfrentados a un problema que les impedía trabajar en ellas: no habían terminado el colegio. En vez de despedirlos y buscar unos nuevos, Rosa decidió que debía hacer otra cosa: fundar un colegio abierto para adultos y gratuito.  

Ella pensaba que a la casa con dos salas que habían arrendado, llegarían pocos estudiantes. Pero se llevó una enorme sorpresa: más de 200 personas se matricularon. Muchos de ellos eran mayores de 50 años e incluso llegó un hombre de 70 años que soñaba con poder titularse. Hoy el colegio cuenta con tres cursos, pero además tiene talleres de capacitación con el fin de mejorar las posibilidades laborales de sus alumnos. “Queremos que sean capaces de emprender tal como lo hicimos nosotros”, sueña Rosa.  

Pero eso no es todo. Una vez iniciado el proyecto educativo de adultos, Rosa descubrió una nueva necesidad: muchos de los alumnos no tenían un lugar para dejar a sus hijos mientras ellos estudiaban. ¿La solución? Abrir un segundo colegio, ahora enfocado en los niños. Hoy en ambos establecimientos se han educado más de 6.700 personas.

Rosa habla de forma pausada y reflexiva. Pero su mente se mueve rápido y no deja de crear nuevas formas para emprender, pero también para ayudar a los que lo necesitan. Y es que sin tener la necesidad de hacer algo, Rosa decidió jugársela y educar a los adultos y niños de la Región de Coquimbo.

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