Fue la primera mujer egresada de arquitectura del Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT. Nacida en Chile, el país de su madre, a los seis años la enviaron a Boston, Estados Unidos –de donde provenía su padre–, para ser criada por sus abuelos paternos. Junto a ellos creció y se formó, interesándose desde muy joven en el diseño urbano. Ya terminados sus estudios superiores, debió sortear muchas dificultades para abrirse paso en un área profesional dominada por el talento masculino. A los 21 años, ideó el Edificio de la Mujer, que formó parte de la Exposición Universal de Chicago 1892-1893, celebrada para conmemorar el cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América. Sin embargo, esta construcción por la que recibió honores, fue demolida una vez terminada la exhibición. Frustrada, su artífice decidió entonces encontrar tranquilidad en la pintura y en su familia.

¿Por qué no seguiste en la arquitectura?
– Pasé muy malos momentos durante la construcción del Edificio de la Mujer y después de su demolición. Todo comenzó en 1891, cuando se invitó a participar del concurso para diseñarlo. La idea era que, durante la Exposición Universal de Chicago, hubiera un pabellón exclusivo para debatir, exponer y reflexionar sobre la situación de las mujeres en el mundo. Me animé a presentar el proyecto que había realizado para mi tesis de grado y resulté ganadora. Se trataba de un inmueble de tres pisos, inspirado en el estilo renacentista italiano, que fue premiado, según dijeron, por su delicado estilo, gusto artístico, genialidad y elegancia del interior. Sin embargo, mientras se construía, comencé a ser objetada por el comité encargado de la obra. “Una mujer no puede llevar adelante esta tarea”, “no sabe supervisar”, “es incapaz”, comentaban, aunque muchos colegas estaban de acuerdo con lo que yo proponía. Así, el emplazamiento terminó siendo diferente al original que había proyectado y después decidieron demolerlo. Fue una mala experiencia. En 1894 realicé el diseño de un monumento para los clubes de mujeres en Estados Unidos, pero nunca se construyó y decidí dejar el diseño urbano.

¿Era difícil para una mujer desarrollarse en este ámbito?
– Muy complicado, porque se trataba de un área en la que muy pocas se habían atrevido a incursionar. Los hombres terminaban tomando las decisiones, aun cuando nosotras éramos tan capaces como ellos. Yo terminé mi carrera con honores, pero al egresar no logré encontrar trabajo en arquitectura. Debí emplearme como profesora de dibujo en una escuela secundaria. Después, por mi labor en el Edificio de la Mujer, sólo recibí 1.000 dólares en comparación con los 10.000 que habría obtenido un varón por el mismo esfuerzo. Todo era muy frustrante. No quise seguir viviendo malas experiencias.

¿Lograste encontrar la calma?
– De alguna manera llegó, creo que de la mano de mi familia. Ya iniciado el siglo 20, me casé con William Blackstone Bennett, que era artista y diseñador de interiores. Nos instalamos en la localidad de Winthrop en Massachusetts, donde comencé a dedicarme a la pintura, aunque sin grandes aspiraciones. No fui madre biológica, pero quise mucho a Minnie, la hija que mi marido tuvo en su primer matrimonio. Creció con nosotros y, después de la muerte de su padre, se quedó conmigo. Llevé una vida bastante tranquila, aunque alejada de la arquitectura, que fue mi pasión desde la adolescencia.

* Frases creadas para efectos de esta nota, a partir de textos sobre Sophia Hayden, publicados en mujeresenlahistoria.com, pagina12.com.ar y wikipedia.org.