Religiosa española, también llamada Teresa de Jesús, creó la Orden de las Carmelitas Descalzas con el fin de promover al interior de la Iglesia Católica valores como la austeridad y el desapego a las cosas materiales. Fundó un total de 17 conventos, siendo cuestionada por las autoridades eclesiásticas de la época y vigilada de cerca por la Inquisición, que no estaban de acuerdo con sus reformas. Escribió textos, poesías y cartas, sin haber publicado ninguna de sus obras. Canonizada en 1622, fue nombrada patrona de los escritores católicos españoles y doctora de la Iglesia. Su vida ha sido motivo de inspiración para muchos creyentes, que conmemoran su día cada 15 de octubre.

¿Cómo lograste fundar la Orden de las Carmelitas Descalzas y llevar a cabo la reforma que anhelabas?
– Ingresé al convento de Las Carmelitas de La Encarnación en 1535, pero debí abandonarlo dos años después por una grave enfermedad que me dejó inconsciente por cuatro días. Pensaron que estaba muerta y hasta organizaron un funeral. Sin embargo, me recuperé y, aunque tenía problemas para moverme por las secuelas, volví al monasterio en 1539. La vida conventual era entonces muy relajada, las monjas teníamos gran libertad para salir y recibir visitantes. Yo sentía un vago descontento con este régimen tan abierto, pero estaba muy cómoda en una amplia celda con bonitas vistas. En la cuaresma del año 1554, con 39 años de vida y 19 como religiosa, lloré ante la visión de un Cristo llagado. Empecé a tener muchas experiencias místicas, pero fue una imagen muy viva y terrible del infierno la que me provocó el anhelo de vivir mi entrega religiosa con todo su rigor y perfección, llevándome a la reforma del Carmelo y la primera fundación. Lo logré gracias al apoyo económico de dos de mis hermanos. Fue una aventura burocrática y humana con altos y bajos. Por mucho tiempo parecía que ese primer convento, el de San José, sería el único de la nueva Orden de las Carmelitas Descalzas. Sin embargo, después recibí la autorización para fundar más monasterios.

¿Cuándo te diste cuenta que querías ser religiosa?
– A los 7 años convencí a mi hermano Rodrigo para que se fugase conmigo a las tierras de los moros, buscando el martirio. Un tío nos hizo volver a casa, pero ese intento dio muestra de la religiosidad que marcó mi infancia y también de mi carácter enérgico y mi voluntad. Cuando tenía 13 años perdí a mi madre, con quien compartía confidencias, devociones y el gusto por la lectura sobre las vidas de los santos. También me gustaban los libros de caballería y de ellos aprendí a galantear con mis primos. Comencé a pintarme y a querer ser coqueta. Mi padre, preocupado, decidió internarme en el convento de las Agustinas de Gracia de Ávila, donde se educaban las jóvenes nobles. Pero yo no quería ser monja. A causa de una enfermedad, salí del monasterio y, durante mi recuperación, un tío me dio a leer las Epístolas de San Jerónimo, que me harían decidir por tomar los votos y entrar en las carmelitas. Ingresé a los 20 años, sin el consentimiento de mi padre, ya que en ese momento era él quien no quería. Y para mí tampoco fue fácil. Al abandonar mi hogar, sentí una terrible angustia. El amor de Dios no era suficientemente grande en mí para ahogar el amor que profesaba a mi padre y a mis amigos. Sin embargo, después viví feliz en el convento.

¿Cuál sería tu lucha en la actualidad?
– De acuerdo con lo que dijo en el 2014 el vicario general de la Orden del Carmelo Descalzo, Emilio José Martínez, quizás continuaría un camino de contemplación y sería una defensora de la mujer, apelando a lo mejor que tiene y ofreciéndolo al mundo. Me lamentaría de que esta sociedad, en la que siguen imperando los hombres, no deja a las mujeres adquirir su verdadero protagonismo. Seguiría llorando por el dolor de los pobres, los enfermos, temerosa al ver las catástrofes en televisión. Pero, eso sí, explotaría todos los medios que hoy existen para comunicarse. Hay que pensar que escribí más de 17.500 cartas. Era una persona eminentemente comunicadora. Muy amante del silencio, pero también enamorada de la palabra y de la capacidad que Dios nos dio de hablar con el otro. Seguro me habrían tenido presente en Facebook.

* Frases extraídas y adaptadas para efectos de esta nota, a partir de textos sobre Teresa de Ávila publicados en abc.es, santateresadejesus.com y wikipedia.org.