Ser cantante lírica le ha costado caro. En sus inicios no sabía si estaba segura de su carrera, vivía a kilómetros de su familia, que cada día le hacía más falta y, al lograr el éxito, se sentía triste. Hoy vive dividida entre Nueva York y Santiago, donde ha creado una fundación con su nombre, con el fin de entregar a los artistas jóvenes las herramientas que a ella no le dieron para desenvolverse en los escenarios internacionales.

Verónica paseaba por las casas vendiendo productos de limpieza y letreros luminosos. Recuerda que odiaba hacerlo, pero se vio obligada porque su padre había sufrido un infarto y ya no podía trabajar. La falta de recursos en su familia la obligó a dejar la universidad. Pero su vida dio un giro cuando un compañero de su clase de coro le dijo que fuera a un casting de zarzuela en un teatro del centro.

Es la segunda de cinco hermanos y cuando era niña, su madre cantaba revistas españolas mientras cocinaba. Además, se disfrazaba y se maquillaba para bromear con sus hijos. “Todo el drama lo heredamos de ella”, dice Verónica entre risas.

En el colegio San Agustín, donde estudió, le encantaba escribir, la gimnasia y el dibujo. Pero era desordenada, se reía de forma ruidosa y hacía caricaturas durante las clases. Por las noches salía a bailar con una blusa de raso amarilla a la discoteque. “Me creía el cuento y me encantaba vivir la vida al máximo”, cuenta de forma histriónica y con voz animosa.

Al finalizar la Educación Media, entró a la escuela de Publicidad, donde conoció a una amiga que la invitó a participar de un coro que interpretaba barroco. El director quedó maravillado con su voz, pero Verónica no le tomó el peso a su talento. Hasta que su papá enfermó.

LA SOPRANO QUE LIMPIABA

Verónica no tenía idea de cómo se cantaba la zarzuela, pero sabía que, si quedaba, aseguraría un buen ingreso para su familia. Al llegar al casting, escuchó los ensayos y comenzó rápidamente a memorizar las canciones. Cuando subió al escenario, imitó el acento de los españoles y actuó de tal forma que quedó como figura principal.

Estuvo en el teatro varios meses hasta que el encargado de la taquilla le dijo: “Ayer apareció un anuncio en el diario, que dice que necesitan sopranos para la ópera”. Verónica lo miro extrañada y le respondió: “Yo no sé nada de ópera, si nunca he estudiado”. El señor la miró y le respondió: “Tú vístete bonita y anda, porque como cantas, bien seguro que quedas”.

En el Teatro Municipal de Santiago cantó una zarzuela durante la audición, con un vestido que le prestó su hermana y el pelo en un lindo recogido hacia al lado. Pasaron unas semanas antes de recibir el llamado de aceptación. “Me acuerdo que cada vez que me daban una partitura, yo sentía que era como chino”, relata mientras imita la forma en que se leen las hojas.

De a poco comenzaba su carrera en el canto lírico, hasta que su rol en el Aria de Verdi hizo que la destacada soprano italiana Renata Scotto se fijara en ella y la mandó a una audición en Nueva York. Sin saber ni una sola palabra de inglés, Verónica viajó con un pasaje que recibió como donación y se alojó en el departamento de Renata. “Al principio no quería ir, porque prefería estar con mis papás. Pero ellos me dijeron que era una oportunidad única”.

Cada año volvía a Chile para hacer una obra en el Teatro Municipal de Santiago, que se transmitía a su vez por la televisión. Su popularidad fue creciendo hasta que Andrés Rodríguez –el entonces director general del teatro– le pidió que cantara con un gran tenor que venía a Chile por primera vez. Ese hombre era Plácido Domingo.

AL SERVICIO DE LA VOZ

Todas las semanas a Verónica Villarroel le llegaban ofertas de productores. Pocos meses atrás había ganado un concurso organizado por Luciano Pavarotti en el Metropolitan de Nueva York. Las puertas del mundo de la ópera estaban listas para recibirla, pero había un problema: ella no estaba segura de sentir pasión por la música. “Si soy sincera, nunca he sido demasiado feliz cantando”, reconoce.

Comenzaron los viajes por el mundo y los miles de reconocimientos, pero de a poco sentía que por dentro se desarmaba. Estaba sola y sabía que necesitaba disciplina, pero no le gustaba renunciar a su vida social. “Mi salvación fueron mis amigos latinos de la Julliard y luego mi familia que comenzó a acompañarme”, cuenta.

Durante este último tiempo, Verónica no ha parado. Vive dividida entre Nueva York y Santiago, donde junto a sus hermanos acaba de crear una fundación con su nombre. Hoy está dedicando gran parte de su tiempo a la gala benéfica que realizarán, donde cantará con la mezzosoprano española Nancy Fabiola Herrera y la mexicana María Katzarava.

¿Por qué quieres enseñar ahora?
– Descubrí que una de mis grandes pasiones es estar al servicio de la voz del cantante. Además, quiero que mis alumnos no sufran lo mismo que yo, que estén preparados psicológicamente para lo abrumador que es todo este mundo.

¿Qué cosas te abruman?
– Creo que nadie pensaría que yo he tenido crisis de pánico antes de subirme al escenario. Además, hasta el día de hoy tengo problemas con que la gente me reconozca. Siempre trato de andar camuflada.

¿Por qué llevarla a cabo en Chile, teniendo tantas puertas abiertas en el extranjero?
– Porque al final acá están mis hermanos y mi madre. Siempre he sido muy familiar y por eso decidí crear la fundación con ellos.

¿Cuál es tu sueño con esta fundación?
– Veo que la música es un instrumento muy potente. Tenemos muchos jóvenes que han sufrido problemas de bullying y aquí logran conectarse. Quiero enseñar canto bajo una visión, que la gente aprenda a quererse. Al final, los talentos están en todos lados y lo que nos diferencia son las oportunidades. Y si éstas se pueden crear, ¡fantástico!