Mujeres de Ayer

Virginia Satir

Convencida de que las relaciones con los seres más cercanos juegan un rol fundamental en el desarrollo del ser humano, esta psicoterapeuta estadounidense fue pionera en proponer y aplicar la terapia familiar. Es conocida, de hecho, como la madre de este método, que se utiliza hasta nuestros días y ha servido de base para otras prácticas, como la Programación Neurolingüística y las constelaciones. Incluso en el mundo corporativo, su sistema es utilizado para enfrentar procesos y gestiones de cambio. Aplaudida y premiada por sus aportes profesionales, su vida personal no estuvo exenta de dificultades: debió sobreponerse a dos divorcios y a la imposibilidad de concebir. Sin embargo, alcanzó la alegría de formar un hogar junto a dos hijas adoptivas que, ya en la adultez, se convirtieron también en sus compañeras de investigación. Falleció a los 72 años, poco después de publicar la última de sus obras: “The new peoplemaking” (“Nuevas relaciones humanas en el núcleo familiar”, 1988).

¿Qué recuerdas de tu infancia? ¿Cómo era el núcleo familiar en el que creciste?
– Fui la mayor de cinco hermanos, con una madre extremadamente religiosa, que creía más en la ciencia cristiana que en la medicina. A los 5 años enfermé de apendicitis y ella se negó a llevarme al doctor, hasta que mi padre decidió lo contrario. Por esa misma época me afectó una fuerte infección al oído, que me dejó sorda por dos años. Quizás por ese tipo de situaciones soñaba con ser “detective de niños para padres”. De alguna manera comprendía que la relación con la familia podía determinar muchas cosas. Era una niña curiosa y decidida. Aprendí a leer por mi cuenta a los 3 años y a los 9 ya habían pasado por mis manos varios libros. En la adolescencia, no dudé en tomar un empleo de medio tiempo para colaborar con las finanzas de la casa durante la Gran Depresión en Estados Unidos. Y más tarde, trabajé como niñera y en tiendas de departamentos para costear mis estudios en el Colegio Estatal de Profesores de Milwaukee, actual Universidad de Wisconsin, donde me titulé de educadora…

¿Educadora? ¿Cuándo y cómo decidiste convertirte en psicoterapeuta?
– Ejercí como profesora durante 6 años, gran parte de ellos en una escuela pública de Wisconsin. Tal vez ese trabajo me impulsó a querer ayudar a las personas desde otro ámbito y así fue como ingresé a estudiar trabajo social en la Universidad de Chicago. Abrí mi propia consulta y, en la práctica, empecé a darme cuenta de que muchos de los problemas de salud mental ocultan conflictos más profundos, a menudo producto de experiencias familiares. Así comencé a poner un fuerte énfasis en tratar a toda la familia en lugar de patologizar sólo al individuo. Como dije una vez: “Al saber cómo sanar a la familia, sé cómo sanar al mundo”. Después me ofrecieron un puesto en el Instituto Psiquiátrico de Illinois, donde pude compartir con otros terapeutas este modo de enfrentar los tratamientos y, años más tarde, coordiné y entregué las enseñanzas del programa a psicólogos en todo Estados Unidos y otras partes del mundo. La familia es un sistema en el que todos impactan y son impactados. A través de la terapia, siempre traté de ayudar a mis pacientes a aceptar la vida como es y alcanzar la paz mental. Los animé a meditar, a usar la respiración, a visualizar resultados positivos y recurrir a afirmaciones para aumentar la autoestima.

¿Cómo lograste salir adelante después de dos fracasos matrimoniales?
– Todas las personas pueden encontrar recursos para un crecimiento y desarrollo positivo y creo que quizás lo conseguí. La escritura me ayudó mucho a la hora de expresar y ordenar mis ideas y pensamientos. A mi primer marido lo conocí en 1941 en una estación de autobuses. A las tres semanas nos casamos. Él era soldado y debió partir a Europa para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Durante su ausencia, obtuve mi título de trabajo social. Pero a su regreso las cosas comenzaron a complicarse y nos divorciamos en 1949. Habíamos intentado ser padres, pero a causa de un problema en el embarazo, debí someterme a una histerectomía. Años después volví a contraer matrimonio con el psiquiatra Norman Satir, de quien adopté el apellido con el que me hice conocida. El mío de soltera era Pagenkopf. Esa unión tampoco prosperó, pero pude seguir adelante y tuve la alegría de contar con mis dos hijas adoptivas. Alguna vez sostuve que los aprendizajes del pasado forman el enfoque del presente. Para cambiar la percepción, de modo que pueda convertirse en un trampolín hacia un futuro más saludable, es necesario introducir formas de estimular nuevos aprendizajes. Resulta fundamental poder desarrollar la capacidad de transformación y la creencia es siempre más importante que la técnica para lograrlo.

* Algunas frases han sido creadas para efectos de esta nota y otras, extraídas y adaptadas a partir de textos sobre la vida y obra de Virginia Satir, publicados en thefamouspeople.com, goodtherapy.org, famouspsychologists.org y ecured.cu.

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