Fue la primera mujer africana en recibir el Premio Nobel de la Paz (en 2004) por su contribución al desarrollo sostenible, la democracia y la paz. Nacida en Nyeri, Kenia, creció en zonas rurales, aunque más tarde ingresó a un internado católico en el que aprendió inglés. Así, gracias a una beca, pudo estudiar Biología en Estados Unidos, donde por primera vez se involucró en un proyecto ecologista. De carácter fuerte y con la convicción de querer trabajar a favor de otros, de regreso en su país se convirtió en activista: formó parte del Consejo Nacional de Mujeres, defendiendo los derechos femeninos; incursionó en la política para luchar por la democracia y, consciente de los problemas de degradación ambiental en el mundo, fundó en 1977 el Movimiento Cinturón Verde, alentando a sus congéneres de Kenia a crear invernaderos en toda la nación. Divorciada y madre de tres hijos, murió a causa de un cáncer de ovarios después de haber impulsado la plantación de 47 millones de árboles como resultado de su iniciativa.

Recibiste el apodo de “Madre de los árboles”. ¿Qué significado tenía para ti la labor que impulsaste por la reforestación?
– Al plantar árboles, algunos me decían: “No van a crecer lo bastante rápido”. Tenía que recordarles constantemente que los árboles que se estaban cortando en ese momento no fueron plantados por nosotros sino por quienes nos precedieron. Hay que pensar en las comunidades del futuro. A pesar de haber sido una mujer con educación superior, nunca me pareció raro trabajar con mis manos, a veces de rodillas en el suelo. Algunos políticos me ridiculizaron por hacerlo, pero yo no tenía problemas y las campesinas apreciaban que estuviera trabajando con ellas para mejorar sus vidas y el medioambiente. Cuando plantamos un árbol, plantamos la semilla de la paz y la esperanza.

¿Desde pequeña te gustó trabajar en el campo?
– Yo era una niña más de la misma tierra. Recuerdo que a veces me concentraba tanto en mi labor con el machete, que no me daba cuenta del final del día hasta que estaba tan oscuro que no podía diferenciar las malas hierbas de los cultivos. En ese momento, sabía que era hora de regresar a casa por las estrechas sendas que cruzaban los campos, ríos y arboledas.

¿Qué sentiste al ganar el Nobel de la Paz?
– No estaba preparada. Me pregunto si alguien alguna vez lo está. La noticia me golpeó como un rayo… ¿Cómo debía manejarlo? ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo habían encontrado a una persona como yo? Apenas podía creerlo. La felicidad estaba escrita por todo mi rostro. Pero al mismo tiempo, las lágrimas cayeron de mis ojos. ¡Eran de alegría en un momento de extraordinaria emoción!

¿Por qué quisiste dedicar tu vida a trabajar a favor de los demás, no sólo de las mujeres al defender sus derechos, sino del mundo entero a través de tu iniciativa medioambiental?
La experiencia me enseñó que servir a los otros tiene sus recompensas. Los seres humanos pasamos tanto tiempo acumulando, pisoteando, negando a otras personas. Y sin embargo, ¿quiénes son los que nos inspiran incluso después de muertos? Quienes sirvieron a otros. El futuro del planeta le concierne a todos y hay que hacer lo posible para protegerlo. Como les decía a los silvicultores y a las mujeres: no necesitas un diploma para plantar un árbol.

* Frases de Wangari Maathai extraídas y adaptadas para efectos de esta nota a partir de textos publicados en elpais.com, terra.org y wikipedia.org.