Claudia Caroca

Colina 2.Zero

Premio Mujer Impacta 2015

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Desde niña, Claudia recuerda haber sido muy despierta y activa. En el colegio perteneció al Centro de Alumnas y con frecuencia organizaba actividades ligadas a la acción social; en el fondo, le interesó siempre liderar proyectos que tuvieran impacto en la sociedad. Después, ya cursando tercero medio, trabajó como voluntaria en La Ciudad del Niño, donde conoció a una mujer que, además de ser asistente social, veía a los internos como parte de su vida. Y ahí, entonces tomó la decisión: anhelaba ser como ella y seguir sus pasos, de modo que se especializó en esa misma área y entró en la Vicaría de la Pastoral Social del Arzobispado, donde estuvo hasta el 2007, trabajando con jóvenes en situación de calle. Al principio le sorprendía mucho cuando algunos de ellos eran detenidos y nunca más aparecían de vuelta: un hecho reiterado que la fue llenando de impotencia… hasta que se colmó el vaso y llegó el minuto: ¡BASTA! “Sentí que yo debía hacer algo, pero instalada ahora al otro lado”. 

 Y entonces postuló al cargo de asistente social en Gendarmería, específicamente a Colina 2, centro de reclusión que el año 2015 contaba con alrededor de 2.200 internos. Cuando Claudia entró a trabajar al Centro, había hasta ese instante sólo tres profesionales para la atención de todos los reclusos, vale decir: una asistente social, un psicólogo y un terapeuta, los cuales intervenían, por lo demás, en situaciones muy específicas. Ante lo insostenible de esa realidad, Gendarmería decidió ampliar la cobertura de profesionales, llegando a contratar a más de 300… entre los cuales ella estaba incluida. “Y nunca me he arrepentido de esto; mi trabajo es una de las cosas que más me llena en la vida”, comenta Claudia, añadiendo con voz firme: 

“Al principio no fue fácil… Porque a pesar de ser yo una mujer fuerte, el solo hecho de llegar a la cárcel es adentrarse en una cultura diferente, totalmente desconocida para quienes venimos de afuera. Lo primero que tuve que hacer, fue acostumbrarme a que la institución es muy jerárquica y donde la mayoría de los profesionales eran hombres: había sólo 50 mujeres entre los 300 que trabajábamos allí. De partida, tuve que hacerme valorar ante quienes pensaban ‘esta niñita loca que quiere cambiar el mundo’. Pero poco a poco vi que muchos de ellos me apoyaban en estas locuras y eso me hizo validarme. Empecé a creer que si yo, precisamente yo, podía hacer tantas cosas era porque a nadie se le había ocurrido”.

 Pero claro, tampoco para su familia era normal que ella hubiera decidido trabajar en un centro penitenciario… Y mucho menos en una cárcel de hombres, que tiene internos con alto compromiso delictual. Sin duda, ellos hubieran preferido para su hija un trabajo más seguro, tal vez en un municipio o algo así… “Pero a mí, eso no me gustaba, ¡al contrario, cero interés!  En cambio, esto era un desafío personal.”

El tema es que, recién después de dos años, Claudia empezó a entender la dinámica de la cárcel. Lo primero es conocer a los líderes, “porque si se llega a ellos y validan lo que tú haces, tienes a todos los internos a tu disposición; de otra forma no avanzas, que era lo que al principio me pasaba a mí”.

Colina 2 tiene dieciséis módulos y ella trabajaba con alrededor de 340 internos, casi todos de Peñalolén y de Macul, del sector de la población Santa Julia. Y con estos presos se le ocurrió hacer un huerto el año 2012, sin tener muchas aspiraciones, sino más bien como una entretención. Pero ocurrió que, al poco tiempo, Claudia se fue dando cuenta de su potencial y decidió crear un proyecto de reinserción con pretexto ambiental que incluyó capacitaciones en diferentes áreas: huertos orgánicos, lombricultura y compostaje, reutilización de materiales sólidos, reciclaje, eficiencia energética e hídrica, educación ambiental y recuperación de áreas verdes 

En el proyecto participaron internos que tienen entre 18 y 60 años,  habiendo sido condenados por penas que van desde el hurto simple hasta robo con homicidio. Ahora bien, ante los excelentes resultados obtenidos tanto a nivel humano como ecológico, la iniciativa se replicó en el módulo 9 y luego toda la cárcel se sumó al reciclaje. 

Pero lo más lindo de este Ecomódulo- que así se autodenominó el proyecto- es que los índices de violencia bajaron a cero (0), en una zona de la cárcel conocida como “El Coliseo Romano” por las tremendas  peleas que se suscitaban entre los internos: un interno motivaba a otro a no responder al desafío, los  grupos fueron calmándose (quizás por el mismo tipo de  trabajo)… y así se fue logrando la paz.

Y como de a poco el esfuerzo común empezó a tener frutos, fueron pensando en armar una cooperativa, por medio de la cual “los chicos”- como les dice Claudia- pudieran vender sus productos, entre los cuales se contó incluso con su propia línea cosmética.

…Y cómo no iba a querer Claudia a sus “chicos”, si ellos siempre la apoyaron en todas sus ideas. Aunque alguna vez tuvieran dudas de su éxito, confiaron en ella, se comprometieron en cada proyecto y la respaldaron sin restricción… Tal vez ese ambiente laboral y afectivo haya sido tan clave, entre otros elementos de distinto orden, que hoy la iniciativa del Ecomódulo se está replicando con éxito en varios centros penitenciarios del país.