Fabiola Salinas

Fundación Raipillán

Premio Mujer Impacta 2015

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Nacida y criada en La Legua, como ella misma se presenta, Fabiola creció viendo todos los días a su madre instalada frente a la máquina de coser, en cuanto su padre se iba a su trabajo como bodeguero en una tienda del centro de Santiago. Gracias a eso, ni a ella ni a sus dos hermanos les faltó nada para vivir, en comparación con muchas otras familias del entorno, y dice haber tenido una infancia humilde, pero feliz. Ahora vive en un pasaje cercano a la Parroquia San Cayetano, cuyas paredes están cubiertas de murales con motivos religiosos y en grandes letras cursivas se lee “La gloria de Dios es que el pobre viva”: un lema que le hace mucho sentido a la gente de La Legua Vieja, un barrio emblemático de Santiago y una de las primeras poblaciones de la capital.

“Desde mi juventud fui una persona responsable, a lo que me ayudó también mi fuerte personalidad. Participaba en un coro infantil de la parroquia, del cual guardo muy buenos recuerdos y donde bailábamos y cantábamos folclore, además de tocar instrumentos y hacer obras de teatro. Todo muy bonito y, para nosotros, el mejor panorama del mundo… hasta que a los 17 años conocí a un joven mayor, que vivía en la casa del frente. Como buena alumna de una escuela de monjas, yo no pololeaba; era una niña reservada, no salía mucho, pero con este chico fue diferente… y nos enamoramos. Como era una relación madura, al poco tiempo contrajimos matrimonio, no sin antes haber recibido el título de Técnico en Párvulos de mi escuela. Tenía 19 años cuando me casé y luego tuvimos un hijo, nos compramos una casa en La Florida y ahí nació mi segunda hija. A los pocos meses, sin embargo, mis proyectos cambiaron drásticamente: mi marido murió a causa de una bronconeumonía fulminante y yo decidí volver a La Legua, donde no me sentiría tan sola”. 


Viuda a los 29 años y con dos niños que mantener, Fabiola comenzó a trabajar en un jardín infantil de su barrio. Hacia allá llevaba a su hijo después del colegio y su hija se quedaba en la sala cuna del mismo Jardín: ”prácticamente los crié allí”. Pero claro, los gastos iban en aumento y Fabiola quería que sus hijos fueran profesionales. Enfrentada, entonces, al problema de que tendría que pagar las universidades y considerando que iba a estar sola, decidió estudiar Pedagogía Básica, aprobando todos los ramos al primer intento. Y luego de sus cuatro años de carrera, la contrataron en el colegio Juan XXIII de La Legua.


“Raipillán surgió en esa misma escuela, cuando me pidieron participar en un acto escolar con mi grupo de folclore. Era el año 2004. Inolvidable. Porque habiendo confirmado todos que asistirían sin falta, un par de días antes el grupo se retractó, dejándome sin otra opción que improvisar: les daba miedo ir a La Legua por las balaceras… sin embargo, yo sentí que no sólo estaban discriminando a mi población, sino también a mi persona, a mis hijos, a todos… ¡Pero no había tiempo para lamentos!

Entonces corrí y le pedí ayuda a mi hija de 13 años, hablé con mis dos sobrinos y entre todos preparamos un sambo caporal, un baile rapa nui y una cueca robada, bien bonita. ¡Y a la gente le gustó! Tanto, que fuimos invitados a varios eventos más. Y entonces se nos ocurrió formar un grupo con familiares y amigos. Éramos alrededor de 18 personas: ensayábamos en la calle, sacábamos la radio por la ventana y si venía un auto, nos subíamos a la vereda. Y como nadie bailaba folclore por estos lados, lo que hacíamos era muy llamativo y a todos les gustaban las presentaciones, porque eran muy bonitas. La verdad es que le poníamos harto ímpetu y bailábamos con harta actitud”.

Un año después, a fines del 2005, el grupo sumaba alrededor de 40 integrantes y había que ponerle un nombre. Se les ocurrió Raipillán, una palabra de origen mapudungun que significa “flor de espíritu”. Y así siguieron hasta 2007, cuando a Fabiola – que llevaba días y noches bastante inquieta – se le aclaró la película: necesitaba imperativamente hacer algo más por los jóvenes, además del baile…

…y surgió la idea de la Fundación Raipillán, que se convirtió así en una instancia concreta de apoyo para La Legua, dirigida puntualmente a acoger a los niños del sector y alejarlos del problema más serio que sumergía, por lo demás, a la población entera: las drogas.

Así, si en ese entonces sumaban alrededor de un centenar de integrantes (desde niños de 3 años hasta adultos de 65), hoy son casi 300 las personas que participan en Raipillán que, con el crecimiento y la  redirección de sus objetivos, establece reglas bien claras: si no se cumplen, no hay tutía. 

“A los menores les exigimos estar matriculados en el colegio y mantener un promedio sobre 5,0. En La Legua hay una deserción escolar gigante y debemos trabajar firmes: empezamos trayéndolos  para acá, los matriculamos, ellos tienen que asistir al colegio… y allá tienen que estudiar: estudiando no hay tiempo para vagar. Porque para eso Raipillán se transformó en una Fundación que incentiva la prevención de drogas y la inclusión, por la vía artística. Aquí practican todos los días en un ambiente sano, rodeado de personas que los apoyan y se preocupan por su bienestar. Y lo más lindo es que ellos prefieren ensayar en vez de estar en otros lados, lo cual es, finalmente, la mejor forma de prevención. De hecho, hoy contamos con 10 elencos, entre ellos un grupo que se encarga de la música y los instrumentos, mientras los trajes son confeccionados por las mamás de los niños que bailan”.

Raipillán, dice Fabiola, es como un hijo: prácticamente le ha dedicado su vida al grupo y no le queda mucho tiempo libre para hacer otras cosas:

”Me siento inspirada por mi entrega a Dios y la lucha por La Legua. Porque La Legua a su vez es luchadora. Estigmatizada y ciertamente vulnerable, su gente siempre ha estado en esa pelea por salir adelante… y esto les ha costado mucho.”

Las palabras de Fabiola son irrebatibles: profesora y vecina de La Legua, ha sido testigo en primera fila de la realidad de la población y, también, de su necesidad de luchar contra los problemas que la afectan:

“Veo día a día sus emociones trastocadas, su sufrimiento, todo lo que les cuesta vivir… y yo quiero ampliar el horizonte de cada uno de los jóvenes, decirles que la vida no es sólo La Legua, sino que hay un mundo más allá. Son ellos los que forman, los que ejecutan, los que hacen Raipillán. Yo soy un instrumento, una herramienta, nada más que eso.”