Paola Gateño

Fundación FEMPO

Premio Mujer Impacta 2019

Especializada en estética oncológica, hace 4 años inició en Chile un programa social donde apoya de forma gratuita a mujeres que deben practicarse una mastectomía. Realiza procedimientos paliativos como maquillaje permanente y reconstrucción de areolas. Esta iniciativa se convirtió en fundación hace dos años.

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“Yo soy micropigmentista especializada en pechugas”. Así de directa y humilde es Paola Gateño, una mujer de 38 años, que da soporte a quienes son diagnosticadas con cáncer de mama a través del maquillaje artístico permanente y procedimientos para borrar cicatrices.

Pero detrás de esa escueta definición, hay años de investigación y estudios, no solo en arte y micropigmentación, sino en Estética Oncológica, carrera que logró sumar a su currículum en España, porque en Chile no existe. Hay mucha colaboración desinteresada, humanidad y ganas de tenderle una mano a esas mujeres que no lo están pasando bien. 

“Atravesar por un cáncer no es nada fácil: además de las secuelas físicas, hay una historia de desamparo; de la percepción que tienen de ellas mismas tanto en su cuerpo por la mutilación o mastectomía, como también por una pérdida de la identidad, del entorno familiar y laboral”, dice con preocupación Paola.

Ella se interesó en esta área paramédica cuando estuvo en Europa estudiando arte, porque allá la reconstrucción estética oncológica iba muy avanzada y le permitía fusionar su pasión con su eterna vocación social; pero no lo hizo por haber vivido la enfermedad de cerca, sino por brindar contención y ayuda a los demás. 

“Yo repliqué el procedimiento en mi país, porque no había quién lo hiciera. Decidí que fuera gratuito, ya que cualquier tratamiento para atacar el cáncer aquí es muy costoso”. 

 

Así nació, hace cuatro años, la clínica estética que creó para sustentar el programa social y hace dos años registró la Fundación de Estética y Micropigmentación Paramédica y Oncológica (FEMPO)”.

Desde entonces, ha atendido a más dos mil mujeres de todo Chile, sin distinción. No cuenta con auspiciadores porque dice que se perdería la esencia.

A FEMPO llegan mujeres en distintas etapas de su enfermedad. Algunas son remitidas desde el diagnóstico y ahí ella conversa, escucha, orienta. Luego procede a hacerles el maquillaje permanente de las cejas. “Nuestro procedimiento estimula el folículo piloso y así se evita la caída del vello. Con este primer paso ya las ayudamos a que la percepción de ellas mismas sea distinta. Las empoderamos un poco con su físico”.

Luego realiza todo el acompañamiento hasta reconstruir la areola del seno y borrar todas las cicatrices. Pasan meses hasta que llega ese momento, pero durante todo ese tiempo, son recibidas en la sede para lo que necesiten.

 

Haberse especializado en Estética Oncológica le permite a Paola saber cómo tratar las consecuencias que dejan los tratamientos en la piel. También ha ido documentando la reacción de los pigmentos ante los químicos que todavía están tomando las pacientes para cuando llegue el momento de la reconstrucción del pezón. “La migración del color no está en ningún estudio científico, yo lo he ido documentando para ofrecer el mejor tratamiento. Mi retribución es cuando me dicen que no solo les borré las cicatrices físicas, sino también las del alma”.

Resiliencia en el ADN

Paola ha pasado por mucho. A los 20 años quedó embarazada y con el apoyo de su nana logró criar a su hija y concluir sus estudios en Relaciones Públicas, su primera carrera, gracias a un crédito que terminó de pagar en 2017. En el ínterin también trabajaba.

Cuando su hija tenía 15 días de vida, se enfermó con coqueluche (infección del tracto respiratorio) y la tuvo tres meses hospitalizada en cuidados intensivos. En ese tiempo nunca se separó de ella. “No tenía dónde dormir, pero no me iba, estuve todo ese tiempo durmiendo en una silla y aseándome en el mismo centro asistencial”.

 

Al recibir el alta, la niña había sufrido dos infartos neuronales. “Recuerdo que llegué a la casa de mi nanita y mi hija no reaccionaba, llamé al médico. Él me fue a buscar para volver a internarla. A las 9 de la noche debía llegar la neuróloga que me daría el diagnóstico final. Yo soy devota del Padre Pío y recuerdo que ese día solo le pedí que me diera vida suficiente para no dejarla sola nunca, pues el pronóstico era que quedara vegetal. Pero antes de que llegara la especialista, se fue la luz en el hospital. Y cuando volvió la electricidad, cinco minutos más tarde entró la doctora. Justo en ese momento mi niña abrió los ojos y levantó su cabecita”, dice emocionada.

La doctora vio a la pequeña y dijo que estaba perfecto. Le mostraron los dos análisis que le habían hecho y que ratificaban los dos infartos. “Eso fue un milagro. Le hicieron el tercer análisis y no tenía nada, ni secuelas. Cómo no estar agradecida y cómo no devolverle a la vida, a Dios y a mi Padre Pío esa bendición”.

Años después se casó y al poco tiempo se separó. El proceso fue muy difícil, pero Paola supo reinventarse porque la vida siempre le devuelve con milagros la bondad que ella entrega a otros. “Por eso mi trabajo me apasiona tanto. Yo no le hago un favor a mis pacientes, son ellas las que me lo hacen a mí. Ponerse en mis manos es la demostración de confianza y amor más grande que recibo todos los días”.