Paulina del Río

Directora de la Fundación José Ignacio

Premio Mujer Impacta 2019

La Fundación José Ignacio lleva 5 años ayudando a niños y jóvenes a buscar el sentido de la vida y recuperar la esperanza. Pero desde mucho antes, su fundadora y directora se ha dedicado a escuchar y atender más de 4 mil casos, con el propósito de impedir la determinación de algunos jóvenes de quitarse la vida.

----

Paulina del Río sabe de cerca lo que es vivir el suicidio: en 2005 sufrió la muerte de su hijo mayor José Ignacio. Este hecho sucedió cuando ella estaba de viaje y se enteró en el aeropuerto al regresar a casa. Había algo dentro de Paulina que le decía que no viajara, pero decidió hacerlo porque el psiquiatra de su hijo así se lo había recomendado, pues José podría sentirse culpable. 

“Así que me fui. Después de tres semanas intenté regresar, pero perdí el vuelo y me atrasé un día más. Llegué un domingo y al bajarme del avión, me encontré con el que entonces era mi esposo y eso me pareció extraño. Pregunté qué había pasado y él me dijo que José Ignacio había tenido un accidente, pero yo sabía que no tenía nada que ver con algo de tránsito o alguna cosa de esas… yo ya intuía lo que había sucedido y solo pregunté si estaba vivo”. Pero José Ignacio no había sobrevivido. Había muerto el día anterior. 

“A partir de ese momento, todo se me vino abajo”, recuerda Paulina, pues la vida comenzó a ser otra después de la partida de José Ignacio. Su matrimonio se quebró; sus hijos menores apenas podían sobrellevar la muerte de su hermano y a ella le costaba aceptar la idea de que él ya no estaba. Recuerda que hubo días en los que despertaba como si su hijo aún estuviera en casa. 

Cada uno vivió el luto a su manera. Entre garabatos, insultos, rabietas y absoluta tristeza, comenzaron a aceptar el hecho de que la familia tenía un miembro menos.

Paulina, por su parte, decidió no ocultar el hecho de que José Ignacio se había suicidado. A pesar del estigma social que existe con esta realidad, ella sabía que era una verdad que todos debían enfrentar. Así logró entender, luego de tres meses, que no iba a ver más a su hijo. Dos años más tarde pudo conseguir esa fortaleza que le permitiría comprender lo que había pasado. 

“No puedo decir que fue una sola cosa la que me ayudó a salir adelante, creo que fue un conjunto. Recibí menos apoyo del que hubiera querido porque en general, en estos casos la gente sabe muy poco qué se puede hacer. Por otro lado, yo había estado deprimida y la muerte de mi hijo se sumaba, por ello me medicaron. Después de algún tiempo, un psiquiatra me quitó el tratamiento. Me contactaron con un grupo de mamás que perdieron a sus hijos y eso me hizo sentir que no era la única, ni una especie extraña… había otras mujeres que tampoco habían podido hacer algo por su hijo”.

Salva vidas

Paulina por mucho tiempo se culpó, pero cuando logró aceptar el hecho de que su hijo había atentado varias veces contra su vida -hasta lograrlo-, comenzó a tener otra perspectiva de la situación. Por ello decidió investigar y en el proceso conoció chats y blogs donde personas compartían el deseo se suicidarse y brindaban consejos para hacerlo. Allí se conectó con jóvenes de todo el mundo.

 “Descubrí que había blogs donde los niños compartían métodos y escribí: ‘Mi hijo se suicidó, no tuvo a nadie que lo escuchara, si quieres hablar con alguien, estoy aquí’. Desde entonces, me empezaron a llegar cuatro o cinco correos a la semana, de distintos países. Me decían que no tenían a quién contar sus cosas o mensajes como: ‘Eres la última persona a la que voy a decir algo en mi vida porque me voy a matar y quiero que alguien lo sepa’. Al principio me ponía histérica, después aprendí a calmarme y contestaba: ‘Gracias por haberme hablado, me imagino que para pensar en suicidarte lo debes estar pasando muy mal, tienes que haber acumulado muchos dolores en tu vida’. Entonces, ya el segundo mail era largo, con toda su historia”.

Luego de eso, no se detuvo. Las conversaciones trascendieron del correo a un café o a un encuentro en una plaza, o a tomar un helado, e incluso a responder llamadas. Comprendió que detrás de una sonrisa muchas veces se esconde un gran problema; se sufre en silencio. 

Por ello, al ver que le faltaban herramientas, decidió especializarse en técnicas para ser una ayuda real. Así completó varios diplomados y cursos como asistente en intervención de suicidios y entrenadora en crisis. 

Afirma que su vida es otra luego de la muerte voluntaria de su hijo. Por tal razón vive llevando su nombre en alto brindándole oportunidades a más personas con la Fundación José Ignacio, donde ofrece apoyo gratuito, de la mano de profesionales en psicología y psiquiatría, para intervenir en la prevención del suicidio, capacitar a más especialistas y acompañar a padres y familiares tras la pérdida de un ser querido. 

El suicidio se encuentra entre las 20 causas principales de muerte en el mundo. Un estudio realizado por la Organización Mundial de la Salud, durante los últimos años, demuestra que en promedio, más de 8 millones de personas se suicidan anualmente en todo el planeta (lo que equivale a un suicidio cada 40 segundos). Si tú o alguna persona que conozcas está pasando por una situación que ponga en riesgo su vida, escribe a:  contacto@fundacionjoseignacio.org, ahí quieren escucharte.