Jessica Rivas

Reinserción Social Centro de Educación y Trabajo de la cárcel de San Joaquín

Premio Mujer Impacta 2016

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Jessica no tuvo una niñez fácil. Siempre enfrentada a la pobreza, pensaba sin embargo que su condición económica no tenía por qué ser un obstáculo en la vida, cosa que hoy atribuye simplemente a su ingenuidad: en el pueblito llamado Los Ángeles, donde ellos vivían, nunca experimentó la desigualdad tal como ésta es realmente. Hasta que a los 17 años – y en conversación cara a cara con una prima-, se encontró de golpe con la insospechada dureza que el destino les depara a las personas de su origen y condición. Por ejemplo, que ella se quedaba a dormir en la universidad, concretamente en los baños, a falta de un lugar mejor, ofreciéndole de paso todo su apoyo porque no quería verla en esa situación. “Para mí, eso fue demasiado; yo la veía a ella como una mujer muy fuerte y sentí que yo jamás podría ser así. Y me dio un miedo tremendo de quedarme algún día, como se dice, en la calle”, recuerda ahora la propia Jessica.

Entonces, ese mismo año, se puso manos a la obra para conseguir una beca. Y lo logró al entrar a estudiar Ingeniería Comercial… solo que su beca no cubría alimentación, ni tampoco alojamiento. Y estando segura de que, como venía de una familia muy pobre, no podría financiar los costos que implicaba la universidad, experimentó esa atroz impotencia de que la pobreza decidiría su futuro y acto seguido dijo: ¡NO!

“Decidí no quedarme paralizada. Y me puse a investigar otras posibilidades, hasta que saltó la de Gendarmería: ¡ahí me iba a formar! Porque para una familia como la mía, las instituciones uniformadas son ‘la’ oportunidad para surgir. Si no hay recursos para darles educación a los hijos, esta es la opción para tener un trabajo durante toda la vida. Mis dos hermanos y yo somos uniformados; es verdad que uno de ellos ingresó a la Armada a los 14 años y lloraba porque no quería ir, pero sabiendo que no tenía otras posibilidades…  Hoy se siente más que agradecido: es ingeniero en Telecomunicaciones y ha recorrido el mundo. También yo entré buscando algo para salir de la pobreza;  no quería que mis hijos fueran a pasar por lo mismo. Pero pude estudiar allí lo que yo quería. Hice un diplomado y mi plan era ir a perfeccionarme a Nueva York”.

En el camino, sin embargo, la enviaron a trabajar a la cárcel de mujeres San Joaquín (” la más grande del país”), donde se encontró con una realidad tan insospechada que la marcó a fuego y llegó a cambiar incluso su visión de mundo, todo ello en virtud del contacto estrecho con la humanidad doliente.  “Ahí experimenté lo que se llama un quiebre, cuando comprendí que un 80% de esas mujeres privadas de libertad delinquen porque son víctimas del sistema. Muy distinto a lo que había visto en mis anteriores designaciones, mayoritariamente trabajando con hombres: en ellos no sólo prima su imagen de macho recio, sino que ésta tiene un valor agregado que no se transa. Acá en San Joaquín, en cambio, esa mujer que robó o asaltó no es tan ´mala´ como parece, habiendo sido agredida desde muy pequeña. ¿Agredida? Es poco. Esa mujer fue violada, fue maltratada, fue abusada en todos los sentidos del término y mucho más allá de lo que uno pudiera imaginar. Yo creía que la pobreza era un tema, pero ellas no solamente eran pobres, sino vulneradas; tenían a todos sus hijos divididos, vivían con un montón de culpas y, más encima, no tenían conciencia de todo el daño que les habían hecho desde su infancia. Entonces me fui dando cuenta que podía hacer mucho más desde adentro de la institución y eso me hizo más feliz que buscar dinero”.

Había que hacer cambios en el modelo de reinserción social de los presos, que funcionaba desde 1984 vía CET (Centros de Educación y Trabajo), pero  sin que nadie tuviera claro el hilo conductor del programa, ni cuándo iniciarlo ni hacia dónde dirigirlo. Todo esto hacía inviable su buen funcionamiento y es lo que se propuso firmemente Jessica: modificar, adaptar, renovar el CET haciéndose cargo de él. Y así logró en San Joaquín no sólo aumentar las plazas de trabajo a más de 300, sino también mejorar las ganancias de las internas para que recibieran un sueldo digno. Por cierto, entre otras cosas, hubo que redefinir el concepto de violencia, pues no había referencia alguna a las mujeres agredidas.

Esas investigaciones no estaban y hubo que hacer todo un proceso antes de hablar del tema. Por eso ahora Jessica Rivas quiere dedicarse por completo a la investigación, dado que en Chile casi no existen estudios de reincidencia y reinserción… y este punto puede cambiar sustancialmente la realidad de estas familias, como puede deducirse de un impactante hecho vital.

“Nunca voy a olvidar cuando un niño de 9 años fue a tocar la puerta de la cárcel buscando a la gendarme Rivas, me quería conocer y dar las gracias porque le devolví a su madre. Trabajando en las cárceles, la vida me ha enseñado que la plata no es todo y yo prefiero dejarle a mi hija una sociedad mejor”.