Ayúdanos a cambiar el mundo AQUÍ

Logo

Jessica Rivas

Reinserción Social Centro de Educación y Trabajo de la cárcel de San Joaquín

Premio Mujer Impacta 2016

Publicado Diciembre 15, 2019
Por superadmin

No me tocó una niñez fácil. Siempre estuve enfrentada con la pobreza, pero siempre fui de las que pensaba que mi condición económica no iba a ser un obstáculo, pero tenía que ver con un tema de ingenuidad porque yo vivía en un pueblito llamado Los Ángeles, un pueblo pequeño donde nunca vivimos el tema de la desigualdad como es realmente.

A los 17 años me encontré de frente con la realidad. Tenía una prima que tenía la misma situación que yo y me decía que ella me apoyaría en todo y me explicó cómo lo hacía ella. Me contaba que a veces se quedaba a dormir en la universidad, en los baños. Eso para mí era demasiado, yo la veía muy fuerte y sentía que yo no podría ser así. Me daba miedo de que algún día me pudiera quedar en la calle.

En ese mismo año, logré conseguir una beca para estudiar Ingeniería Comercial, pero no cubría ni alimentación, ni tampoco alojamiento. Estaba segura que como venía de una familia muy pobre, no podría financiar los costos que implicaban ir a la universidad. En ese momento, me enfrenté con la impotencia de sentir que la pobreza decidiría mi futuro.

Pero decidí no quedarme paralizada así que investigué y entré en Gendarmería para formarme. Para una familia como la mía, las instituciones uniformadas son “la” oportunidad para surgir. Si no hay recursos para darles educación a los hijos, es la opción para que tengan trabajo toda la vida. Mis dos hermanos y yo somos uniformados. Recuerdo que mi hermano ingresó a la Armada a los 14 años, él lloraba porque no quería pero, al igual que yo, sabía que no tenía más posibilidades. Hoy en día se siente agradecido, es ingeniero en Telecomunicaciones, ha recorrido el mundo. En mi caso, pude estudiar lo que quería, hacer un diplomado y ahora estoy planeando ir a perfeccionarme a Nueva York.

También entré buscando posibilidades para poder salir de la pobreza, ese era mi norte… yo quería que mis hijos no tuvieran los problemas que había tenido yo. Pero cuando me enviaron a trabajar a la cárcel de mujeres, la más grande del país, y me encontré con una realidad completamente distinta, sentí que conocí la humanidad. Yo una vez le pedí a Dios que no me permitiera nunca dejar de impactarme, dejar de sentir, porque cada caso que conocía era un mundo. No entré a Gendarmería por un tema de convicción ni para cambiar mi visión de la vida, ni mucho menos, pero eso fue lo que hizo.

Pero ese centro penitenciario no fue el primero donde me tocó trabajar. Mi primero destino fue a la cárcel de Puente Alto, que es un lugar que alberga a una población de 2.000 presos y 300 funcionarios, la mayoría hombres, yo pertenecía al grupo de 5 mujeres. Desde entonces comencé a trabajar para darme un lugar en una institución muy masculina. Durante los primeros 10 años de mi carrera fui asignada a distintas unidades, siempre en el área de seguridad, hasta que llegué a San Joaquín, ahí mi trabajo comenzó a adquirir un sentido diferente. Experimenté un quiebre.

Ahí comprendí, con las mujeres privadas de libertad, que un 80% de ellas delinquen porque son víctimas del sistema, lo que no me pasó con los hombres. Para ellos su imagen de macho recio y fuerte tiene un valor agregado que no transan. En cambio, la mujer que robó o asaltó, no es tan mala como parece, porque fue agredida desde muy pequeña, fue violada, maltratada, fue abusada en todos los sentidos. Viniendo de una familia pobre, yo creía que la pobreza era un tema, pero ellas no solamente eran pobres, sino vulneradas, tenían a todos sus hijos divididos, vivían con un montón de culpas y más encima no tenían conciencia de todo el daño que les habían hecho desde su infancia. Entonces me fui dando cuenta que podía hacer mucho más desde adentro de la institución y eso me hizo mucho más feliz que buscar dinero.

Con ellas entendí que había que hacer cambios en el modelo de reinserción social. Aquí en Chile este proceso funciona a través de los Centros de Educación y Trabajo (CET), creados en 1981 con la finalidad de bajar los índices de violencia al interior de los penales. Posteriormente se comenzó a trabajar la reinserción como tal, proporcionando a los internos las herramientas laborales y sociales que les permitieran integrarse en su entorno una vez cumplida la condena y, de esta manera, disminuir los índices de reincidencia.

Pero no había nadie que tuviera claro el hilo conductor, dónde se parte y hacia dónde se pretende llegar con la reinserción para que sea viable. Además del tema administrativo, hay que capacitar a los gendarmes primero, porque ellos han sido entrenados para enfrentarse a la población penal, entonces hay que enseñarles qué es el servicio público. Cuando termino con el gendarme, recién puedo comenzar a reinsertar al interno. A cargo del CET de la cárcel de San Joaquín logré aumentar las plazas de trabajo a más de 300 y mejorar las ganancias de las internas para que recibieran un sueldo digno. También tuve que empezar a investigar dentro de las cárceles para saber de qué estábamos hablando cuando nos referimos a violencia, a mujeres agredidas. Esas investigaciones no estaban. Fue todo un proceso antes de hablar de reinserción.

Quiero dedicarme por completo a la investigación, porque en Chile casi no existen estudios de reincidencia y reinserción. Nunca voy a olvidar cuando un niño de 9 años fue a tocar la puerta de la cárcel buscando a la gendarme Rivas, me quería conocer y dar las gracias porque le devolví a su madre. Trabajando en las cárceles, la vida me ha enseñado que la plata no es todo y yo prefiero dejarle a mi hija una sociedad mejor.

¿Qué HA SIGNIFICADO EL PREMIO?