Logo

Marcela Zubieta

Fundación Nuestros Hijos

Premio Mujer Impacta 2018

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Nacida en Arauco y con una infancia feliz en Curanilahue junto a sus padres y sus cinco hermanos, Marcela Zubieta se sentía” bien privilegiada” durante esos años, que incluyen la escuelita donde se educó en primera instancia. Y con el traslado de su familia a Santiago se sucedieron no sólo el término de la escolaridad, sino también los estudios de medicina, el noviazgo con un futuro médico y su matrimonio a la semana de haberse recibido. 

De allí en adelante se fue construyendo en su interior la certeza profunda de que “en la vida nada es al azar; todo lo que nos pasa es una invitación a seguir un camino”: sus dos primeros hijos, gemelos, fallecieron a las pocas horas de haber asomado sus naricitas al mundo. Una tragedia que, si para cualquier padre es terrible, para este par de médicos resultó ser simplemente… espantoso. Por suerte esa madre herida pudo dar a luz a otras cuatro guaguas. Pero antes de la llegada de la más pequeña, nació Claudia, quien al año y medio fue diagnosticada con un tumor cerebral.

Y como en aquellos tiempos no había ningún tratamiento disponible en Chile para ese tipo de cáncer, partieron de un día para otro al único hospital que les ofreció, a estos angustiados padres, alguna posibilidad: se trataba del St. Jude, ubicado en Memphis, Estados Unidos.

La lucha era contra el tiempo y había que dejar acá camas y petacas. Es decir, todo. Por eso la propia Marcela dice hoy, emocionada:

“Agradezco haber tenido los recursos suficientes como para solventar esa estadía, que se extendió por dos años. Allá mi hija tuvo un tratamiento de fantasía, nunca sufrió, salvo en algunas ocasiones. Nosotros sabíamos que la probabilidad más alta era que muriera, pero nunca la vimos con dolores, todo era una fiesta y siempre pudo estar en brazos conmigo. Mientras, yo pensaba en la realidad de los niños con cáncer en Chile y cómo las familias de más bajos ingresos podrían acceder a una atención de calidad como la que nosotros tuvimos en Memphis”.

Claudia, en definitiva, perdió la batalla. Y por cierto, también sus papás, aunque les quedó quizás el consuelo de haber podido hacer por su hija literalmente lo imposible: la niña murió acogida por los brazos de su madre. Y ésta, al día siguiente de los funerales, junto a su marido y otros padres, le dio inicio a la Fundación Nuestros Hijos. ”Redirigí mi vida a la oncología infantil y me especialicé en las infecciones de niños con cáncer… en el mismo centro donde atendieron a la Claudita”.

La fundación comenzó sus labores mejorando las condiciones de la sala de espera del Hospital Exequiel González Cortés, en Santiago. Un hospital para niños. Además cuenta hoy con unidades oncológicas en varios recintos de salud pública, establecimientos de atención ambulatoria, casas de acogida para los familiares que vienen de afuera y necesitan estar cerca de sus niños enfermos. También hay un centro de rehabilitación que está al día: es de última generación, así como escuelas hospitalarias (reconocidas por el Ministerio de Educación) y diversos programas de apoyo, tanto para los niños como para sus familias: todo esto, funcionando en distintas regiones del país. Tal ha sido el éxito, que muchos de estos programas se están exportando a otras naciones de América Latina.

El cáncer es una enfermedad que impacta hondamente todos los aspectos de la vida: psicológico, social y económico. En países pobres, sólo el 10% de los niños se mejora. En los de mediano ingreso, el 30%, mientras que en los países desarrollados, un 80%. Chile se instala en el mundo como un modelo, porque sus resultados son comparables con los de naciones ricas. Este logro,  destacado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), se debe sin duda a una muy buena política pública, complementada con el aporte de fundaciones como ésta: “NUESTROS HIJOS”, cuyo fin es que la familia pueda vivir esta etapa de la forma menos traumática posible al lado del niño gravemente enfermo.