Maria Magdalena Muñoz

Fundación Ideas para la Infancia

Premio Mujer Impacta 2016

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Magdalena nació en Melipilla, en una casa de madera que estaba rodeada de fierros y que fue construida detrás del taller mecánico del padre. Una casa donde no siempre hubo baño, que no siempre tuvo ventanas y que se hallaba en un entorno de pobreza extrema y mucha violencia. Desde luego no era un lugar grato, cosa que la niña no supo inmediatamente. Pero lo que sí supo desde siempre Magdalena – quien ya en la cuna estaba atenta a las menores señales – fue que nadie le iba regalar nada en esta vida ni tampoco nadie le ayudaría a salir adelante. Así es que decidió tempranamente hacerlo todo por sí misma, sin esperar nada de nadie.

 El hecho es que a los 14 años comenzó a trabajar, primero repartiendo cartas de cobranza, luego como mesera en un restaurante, en seguida de “palomita” vendiendo pasteles en la carretera y más tarde como temporera, polinizando tomates y pimentones que le habría encantado probar.

“Yo tenía muy claro mi objetivo, porque a pesar de la precariedad económica, mis papás siempre nos dijeron que teníamos que estudiar. Quizá justamente porque él, mi papá, no terminó el colegio ni recibió el más mínimo apoyo de su familia para lograrlo. Por el contrario, estudiaba y leía a escondidas, porque mi abuelo era de la idea única de que trabajara. Así, dado que no había escapatoria alguna, se convirtió muy joven y para siempre en mecánico, siguiendo las huellas de su padre y su hermano. Mi mamá, en cambio, viene de una familia con más recursos; mis tíos son profesionales. Pero como ella quedó embarazada a los 17 años de mi hermana mayor, decidió casarse – a pesar de que rindió la Prueba de Aptitud para entrar a la universidad – y ya no quiso seguir estudiando.”

Con estos antecedentes, a los que se le puede sumar la firmeza de su  carácter, Magdalena siempre se esforzó mucho en los estudios, así como en  mantener un buen rendimiento académico, que le posibilitara el ingreso a la universidad. Postuló entonces a la beca Padre Hurtado, la que le fue otorgada. Y acto seguido, entró a estudiar Bachillerato en la Universidad Católica. Al egresar de su carrera y con la consciencia clarísima desde muy niña de lo que pasaba en su casa, decidió un día que, por eso mismo, ella debía entregar su aporte para que los niños de este país no tuvieran que vivir situaciones parecidas. Empezó así a darse cuenta de lo importante que es considerarlos, escucharlos y comprender que cada situación negativa les afecta, los deja marcados y eso va mermando sus posibilidades de desarrollo a futuro: “hacer algo en este sentido y ayudarlos a salir de ese círculo nefasto es lo que más me motiva“.

Fue de acuerdo a la presencia constante de ese propósito que primero se presentó como voluntaria a trabajar en la Protectora de la Infancia impartiendo talleres. A raíz de esto, se incorporó a un programa de la red SENAME con familias de acogida, donde una vez le pidieron evaluar competencias parentales para decidir si un niño se quedaba con su familia o se iba a un hogar. Para estar en línea con el resto, se acercó a preguntarles a los demás qué instrumentos usaban, cómo lo hacían ellos, etc… ¡Y nadie tenía claridad sobre cómo evaluar los casos! Esto le pareció a Magdalena sumamente irresponsable y poco ético: tomar la decisión de retirar a un niño del cuidado de sus padres sin fundamentos claros, es el colmo. Porque con las herramientas adecuadas, los padres pueden perfectamente proteger a los niños de las consecuencias negativas que conlleva la precariedad económica, pensaba ella.

Y viendo el déficit existente para evaluar e intervenir las familias, decidió,, junto con dos amigos, comenzar a investigar en aquellas metodologías que se basaran en la evidencia, con el objetivo de enseñárselas posteriormente a otros profesionales. “Así llegamos a la Escala de Evaluación Familiar de Carolina del Norte, que tradujimos y validamos entre los tres… y que hoy es un instrumento de uso obligatorio en los Programas de Diagnóstico e Intervención de la red SENAME”

Hace 10 años atrás este era, ciertamente, un anhelo imposible. Hoy por hoy se usa el programa en todo Chile, de Arica a Punta Arenas: y es que desde el año 2013, Ideas para la Infancia opera vasta y generosamente como Fundación. Esta ahonda en temas que no siempre habían tenido acogida legal ni tampoco visibilización social o recursos en las áreas que se propone impartir, como: Investigación en Terreno. Cursos de Capacitación y Diplomados para Profesionales de la red SENAME y de Chile Crece Contigo.   

Entre las Ideas para la Infancia están, como se dijo, la reunificación familiar y el apoyo a adolescentes que viven en residencias de acogida. Dos temas en los que amerita que Magdalena se explaye:

“Estamos trabajando con los profesionales de 23 Residencias de Protección. Nuestro objetivo es lograr una intervención efectiva para que los padres que perdieron el cuidado de sus hijos por falta de habilidades parentales, puedan aprender, ser más competentes y hacerse nuevamente cargo de ellos. No tenemos la oportunidad de trabajar directamente con los niños, pero nuestro impacto es mucho mayor si consideramos que sólo el 2015 capacitamos a más de 1700 profesionales. “Por otra parte, apoyamos a los adolescentes de entre 13 y 18 años que ya no tienen posibilidades de adopción ni de reunificación familiar y por lo tanto deben ser preparados para el egreso de las instituciones: buscamos darles herramientas para que puedan lograr lo que se proponen en sus vidas.”

La tarea de la Fundación es, de hecho, bien precisa y mejor fundamentada. Pues si en Chile hay alrededor de 1600 niños en residencias y si queremos reducir ese número, hay que hacer prevención: “Si hubiéramos llegado un año antes, no tendríamos que sacar al niño de esa casa. Ésta es nuestra apuesta: poder darles herramientas a las familias de forma oportuna. Porque la realidad inobjetable (y elemento clave) en todos los casos que llegan a intervención familiar en la red SENAME es que YA hay vulneración de derechos, YA hay maltrato instalado. Y si se quiere leer de otra manera: ya hay negligencia o abandono”.

Por cierto, no sólo en la infancia se requiere de prevención, sino también en la etapa siguiente. “Chile debe tener una ley de egreso asistido de los hogares de acogida, es decir, el Estado debe subvencionar a los adolescentes hasta que tengan las condiciones mínimas para hacer frente a su vida de forma independiente”. Y para mayor claridad, Magdalena lo explica así: “Hoy día, a los 18 años, si un joven no está estudiando, egresa. Ningún adolescente que está en familia, cumple 18 años, apaga las velas, y se tiene que ir de su casa, ¿verdad? Bueno: esos jóvenes necesitan las mismas oportunidades que tendrían en familia”. Y agrega, para finalizar: ”En Chile falta mucha empatía. ¿Alguien se ha puesto en los zapatos del otro, de ese adolescente que delinque y al cual todos quieren matar? ¿Ese en quien nunca nadie ha confiado ni le ha dicho: TU PUEDES?”