Logo

Maritza Bustos

Terapia Aba Chile

Premio Mujer Impacta 2019

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

Mi vida dio un vuelco tras la llegada de mi segundo hijo, Matías.  En su primer año, los médicos me explicaron que mi niño no caminaría y poco después me confirmaron que tenía autismo. 

El pronóstico que los profesionales nos daban era muy poco esperanzador, por eso visitamos a varios especialistas y realizamos diferentes terapias, pero sus progresos no eran los que esperábamos.

A pesar de todas las adversidades que se nos presentaron tras el diagnóstico de Matías, yo no perdía las esperanzas. De hecho, hice todo lo contrario: mi persistencia por darle una vida digna a mi hijo me llevó a investigar, estudiar y enterarme de cada tema referido al autismo. Así fue como conocí la Terapia ABA.

Encontró La terapia conductual aplicada (ABA) luego de muchas investigaciones. Esta terapia implementa técnicas conductuales, para lograr un cambio positivo y relevante en los pacientes, mediante tres principios básicos: el análisis, el comportamiento y la aplicación. Para mí estos fundamentos tenían mucho sentido y era algo totalmente diferente a todo lo que ya anteriormente había probado.

El único problema era que para entonces esa terapia (nacida en Estados Unidos) no existía en Chile y el país que llevaba más años ejerciéndola era Colombia. Los ingresos de la familia provenían sólo de mi esposo porque yo estaba dedicada a los niños. Como siempre, las posibilidades no parecían estar a favor de la familia; sin embargo, no era algo imposible. Como solución ideé un bingo. 

Así nos fuimos todos a Colombia. Gracias al apoyo de amigos, familiares y vecinos del sector, pudimos pagar pasajes y estadías para conocer esta prometedora terapia. Los especialistas trataron a Matías y los resultados fueron favorables. Por eso establecí una relación y un compromiso con la terapia ABA. Me capacité y formé profesionalmente para atender personalmente a mi hijo y, con la ayuda de comisionados de ABA en Sudamérica, logré capacitar a otras personas para llegar a más niños con autismo en Chile. 

El conocimiento adquirido, me llevó a darme cuenta de que no todo estaba perdido. Entendí que el autismo no era una enfermedad y que no todos los diagnósticos son absolutos. Puedo reconocer que soy madre de un niño con una condición, lo que me llevó a explorar un mundo nuevo. 

Todo niño es diferente independiente del diagnóstico y tiene derecho a vivir, a recibir y disfrutar la vida. Hay que enseñarle, pero tiene el derecho a ser respetado y no ser rechazado. Un diagnóstico no clasifica a una persona. 

El lema que acompaña a la familia es “Siempre existe una esperanza”, solo que muchos se cansan de buscarla. Yo comprendí que había padres que estaban pasando por lo que nosotros ya habíamos pasado, así que decidí habilitar el primer piso de mi casa para atender a más niños. Así pasamos de tres pacientes a ser 20 familias en menos de 6 meses y al cabo de unos años terminamos cediendo el resto de la casa para realizar las terapias. 

También decidí ampliar mis conocimientos y a los 40 años me aventuré a estudiar psicología junto a mi hijo mayor, ambos becados. Yo me convertí en la profesional que requería Matías y el resto de familias chilenas que tras un diagnóstico piensan que todo está perdido. Ver cómo papás se quiebran cuando llegan al centro, lloran y creen que su hijo no va a lograr nada, me llena de fuerza para seguir preparándome. Recuerdo por todo lo que pasamos como familia y me inspira ver a otras renacer, ese es el premio más gratificante que recibimos; ver que se logró salvar a una familia.

Actualmente Matías tiene 19 años y hace todo lo que los doctores dijeron que no lograría, por eso ella y su familia llevan la esperanza como bandera y son el vivo ejemplo de que todo lo que se quiere en la vida se puede conseguir con determinación y arduo trabajo.