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Rosa Tamsec

Fundación Tamsec

Premio Mujer Impacta 2017

Publicado Diciembre 15, 2019
Por Mujer Impacta

A pesar de tener una personalidad tranquila, mi vida no está ni cerca de ser apacible. Mi mente es una máquina que no se apaga, no deja de crear nuevas formas de emprender, creo que porque el emprendimiento siempre fue parte de mi vida. 

Soy hija de un inmigrante chino, y desde niña fui testigo de cómo mi padre negociaba mientras mi madre vendía dulces. Recuerdo que de adulta, mi primer acercamiento al mundo empresarial fue luego de un accidente que me dejó internada en la clínica. Aburrida de estar todo el día sentada, me conseguí unos palillos, unos ovillos de lana y tejió una puntilla. La enfermera que me atendía quedó impactada con la creación y yo se la vendió. Se corrió la voz entre los trabajadores de la salud y yo formé mi primera “PYME” en la habitación del hospital.

Años después y una vez casada, comencé a vender empanadas y pasteles que hacía en mi casa. Mi marido, que trabajaba y estudiaba Prevención de Riesgos, compraba los insumos en el centro de la ciudad. Pero ante la falta de productos, tuve una idea: abrir un minimarket, abierto hasta el día de hoy. Aproveché la oportunidad, ya que los vecinos necesitaban comprar cerca de sus casas y yo cubrí esa demanda. Crear el minimarket me motivó a desarrollar otros negocios, siempre pensando en qué podía hacer yo para satisfacer a  los clientes.

Mi marido llegaba en las noches para contarme sobre sus estudios en Prevención de Riesgos y eso me dio una nueva idea: los extintores. Luego de convencer a mi familia, acondicionaron el living de la casa para que les sirviera de oficina y apenas salía del minimarket, se dedicaba a su emprendimiento. En esos 50 metros cuadrados creamos lo que luego se convirtió en una gran empresa: Wilug, llamada así porque es la mezcla de los nombres de mis dos hijos.

Gracias al crecimiento de mi empresa, las mineras se interesaron en los extintores que yo vendía. Esto llevó a que los trabajadores de WILUG tuvieran que ir a las minas, pero se vieron enfrentados a un problema que les impedía trabajar en ellas: no habían terminado el colegio. En vez de despedirlos y buscar unos nuevos, yo decidí que debía hacer otra cosa: fundar un colegio abierto para adultos que además fuera gratuito.

Para mí, cada problema que se me presentaba era oportunidad de emprender o de ayudar a otros. Así que hice los arreglos necesarios para organizar la casa de dos habitaciones que había arrendado. Pensaba que con ese espacio iba a ser suficiente, ya que serían pocos los estudiantes que llegarían. Pero me llevó una enorme sorpresa: más de 200 personas se matricularon. Muchos de ellos eran mayores de 50 años e incluso llegó un hombre de 70 que soñaba con poder titularse.

Hoy el colegio cuenta con tres cursos, además tiene talleres de capacitación con el fin de mejorar las posibilidades laborales de sus alumnos. Queremos que sean capaces de emprender tal como lo hicimos nosotros.

Pero eso no es todo. Una vez iniciado el proyecto educativo de adultos, descubrí una nueva necesidad: muchos de los alumnos no tenían un lugar para dejar a sus hijos mientras ellos estudiaban. ¿La solución? Abrir un segundo colegio, ahora enfocado en los niños. Al día de hoy en ambos establecimientos se han educado más de 6.000 personas.

Así decidí jugármela y educar a los adultos y niños de la Región de Coquimbo.