Después de trabajar por años en el Estado, decidió dejarlo todo para asumir el cargo de directora ejecutiva de la Fundación Un Alto en el Desierto, que se dedica a combatir la sequía y el cambio climático en el norte del país.

Tenía 30 años, pero se sentía vieja. Cuando entró al mundo laboral, partió en el servicio público y recuerda que lo hizo con mucho ánimo e ilusión. Su abuela había trabajado en el Estado y por eso le gustó el tema de la organización gubernamental en general, pasó por FONASA y después estuvo 5 años como jefa de personal en el Ministerio de Vivienda. Pero luego de 8 años ya no se sentía igual y estaba ahogada. Es por eso que se tomó un año para pensar a qué se quería dedicar.

Durante ese tiempo, Natalia Rebolledo (34 años) acompañó a su pareja a Ovalle, donde él tenía pensado instalar una fundación que se dedicara al reciclaje de agua. Ese año fue suficiente para que tomara la decisión de mudarse al norte y comenzar a dedicarse a tiempo completo al área social. “Este trabajo me ayudó a volver a soñar y me devolvió un poco a la vida”, cuenta con voz calmada y risueña.

La Fundación Un Alto en el Desierto busca entregar herramientas para enfrentar el cambio climático reciclando agua de lluvias, del lavamanos y de niebla. La labor principal se hace en escuelas en donde los alumnos aprenden los métodos de recolección y filtración de aguas. Gracias a esta labor han recolectado más de 3 millones de litros de agua y plantado más de 60 árboles, permitiéndoles a los niños tener espacios deportivos y de sombra en sus colegios.

Cada vez que llegan a una nueva escuela rural, lo primero que hacen es evaluar el método de recolección más adecuado de los tres. Luego entregan materiales y hacen capacitaciones a toda la comunidad escolar para que aprendan sobre el funcionamiento y uso que le pueden dar al agua. En la actualidad han trabajado con más de 25 instituciones y con 6.500 niños de la Región de Coquimbo.

¿Tú sabías algo de reciclaje antes?
– No, nada. Imagínate que antes estaba a cargo del área de personal en mi trabajo. Nunca me había tocado enfrentarme a personas afectadas por el cambio climático. Eso era muy ajeno para mí y tal vez por eso, al conocerlo no me costó tomar la decisión de ir a ayudar.

Pero, ¿qué te decían tus amigos cuando decidiste dejar de tener un trabajo formal?
– Bueno, hasta el día de hoy me preguntan: “¿cuándo se te va a pasar lo hippie? o ¿vas a volver a trabajar?”… Como si lo que hiciera ahora no fuera un trabajo. Pero yo me tomo muy en serio lo que hago, porque siento que a mucha gente se le va la juventud y no cumplen sus sueños.

PERMITIENDO VIVIR

Chile en la actualidad es uno de los países que está en mayor estado crítico debido a la escasez hídrica. Se calcula que el año 2070 esta crisis nos va a impedir vivir en zonas rurales del norte. “Me da rabia que ya se está viendo que hay escuelas que se cierran porque las familias tienen que migrar por la falta de agua”, dice.

Hoy Natalia trabaja como mujer multiuso: se dedica a la coordinación de eventos, finanzas, relaciones públicas y a la administración. “Cuando yo estaba en el Estado, lo veía más fácil porque uno tiene los insumos a la mano. En cambio, cuando uno se independiza tiene que hacer todo, desde poner el timbre a las cosas”, relata. Además junto a su equipo organizan un crowdfunding para que las personas puedan donarles dinero directamente.

En su poco tiempo libre, va a un taller de costuras y a clases de teatro en la municipalidad. Incluso el año pasado fue parte de “La Remolienda”, que recorrió distintos lugares de Ovalle. “Fue una bonita experiencia y en un futuro, cuando tenga hijos, voy a poder decirles que estuve en las tablas (risas)”, dice.

¿Te ves trabajando para siempre en esto?
– Sí. No me veo volviendo a una oficina después de tanto tiempo en los cerros y en contacto con los niños. Mi sueldo es muchísimo menor, pero al final la satisfacción es infinitamente más grande.

Sin embargo, la fundación se ha convertido en algo mucho más grande que sólo la lucha contra la falta de agua: también es un estímulo para los sueños de los niños. Eso porque uno de los pilares de su trabajo es llevar estudiantes voluntarios de la PUC para que apadrinen una escuela. “¿Cómo le vas a explicar a un niño lo que es llegar a la universidad si nunca han visto una? Por eso es tan importante el trabajo de los jóvenes en terreno… porque demuestran que se puede cumplir un sueño”, dice con ilusión.

Una vez al año, algunos niños de las escuelas de Ovalle viajan a Santiago para exponer los resultados de su trabajo a académicos y directivos de la UC. “Creo que los niños se empoderan con estos paneles porque se ven de igual a igual con grandes profesores”, relata Natalia.

¿Qué es lo más difícil que les ha tocado?
– Tal vez lo más complicado es que trabajamos con fondos públicos y muchas veces hemos chocado con la burocracia del Estado. Y también es frustrante ver que queremos hacer cosas y que siempre se ganen los mismos fondos. Pero no pienso tirar la toalla (risas).

¿Qué características de tu personalidad te han ayudado en esta cruzada?
– Creo que soy una persona empática y además genero cercanía porque las personas siempre se acercan a contarme sus problemas (risas). Y siento que eso me ayuda porque al trabajar en una fundación, tienes que estar lidiando y conversando con la gente.