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"Ninguna persona debería enfrentar una crisis emocional en soledad ".

Hace diez años, Jacqueline Hernández vivió la muerte por suicidio de uno de los niños con quienes trabajaba. La experiencia la llevó a comprender que la prevención no podía comenzar cuando la crisis ya estaba instalada, sino mucho antes, fortaleciendo a las familias y a las comunidades para reconocer las señales, acompañar el sufrimiento y construir redes capaces de sostener a quienes se encuentran en una situación de vulnerabilidad. Desde entonces ha dedicado su trayectoria a la prevención del suicidio y al desarrollo de modelos de acompañamiento comunitario, trabajo que hoy desarrolla desde la Fundación Servicio a la Familia.

Hace diez años, Jacqueline Hernández trabajaba con niños cuando uno de ellos murió por suicidio. La pérdida fue un golpe que la llevó a mirar de otra manera el trabajo que hasta entonces había realizado y, especialmente, las dificultades que enfrentan las personas cuando atraviesan situaciones de profundo sufrimiento emocional sin contar con alguien que pueda advertir lo que les está ocurriendo y acompañarlas a tiempo.

A partir de esa experiencia comenzó a preguntarse qué podía hacerse antes de que una persona llegara a una situación límite. Entendió que la prevención no dependía únicamente de contar con especialistas disponibles cuando aparecía una crisis, sino también de conseguir que las familias, los colegios y las propias comunidades tuvieran herramientas para reconocer las señales y supieran cómo actuar frente a ellas.

Desde entonces, Jacqueline, trabajadora social y especialista en prevención del suicidio, ha orientado buena parte de su trayectoria a la construcción de esas redes. En 2022 fundó la Fundación Servicio a la Familia, desde donde desarrolla programas de prevención, acompañamiento psicosocial y apoyo a familias que atraviesan situaciones de vulnerabilidad.

Su trabajo se sostiene sobre una convicción que ha ido profundizando con los años: muchas veces una persona necesita ayuda mucho antes de llegar a pedirla.

Prevenir antes de la crisis

Desde la fundación, Jacqueline desarrolló el Modelo REFUGIO, una propuesta de prevención del suicidio y acompañamiento comunitario que busca precisamente fortalecer las capacidades de quienes rodean a las personas en riesgo.

La metodología combina atención psicosocial, formación de agentes preventivos, trabajo con establecimientos educacionales y universidades, acompañamiento familiar y fortalecimiento de liderazgos comunitarios. A esto se suma una red de voluntarios y profesionales que permite abordar también otras necesidades que suelen estar presentes en los momentos de mayor fragilidad, como la falta de alimentos, el desempleo, los problemas familiares o el aislamiento.

La experiencia le ha mostrado que estas situaciones rara vez aparecen por separado y que, para acompañar realmente a una familia, muchas veces es necesario atender varias de ellas al mismo tiempo.

En ese sentido, la fundación ha ido construyendo una red en la que participan psicólogos en práctica, estudiantes, mujeres líderes comunitarias, voluntarios, universidades e instituciones públicas. Jacqueline también ha participado en la implementación del fono nacional de ayuda en crisis suicida *4141, experiencia que le permitió conocer de cerca la importancia de contar con respuestas oportunas cuando una persona atraviesa una situación de emergencia.

Paralelamente, preside la Red Iberoamericana de Suicidología, presente en diez países, desde donde ha podido compartir experiencias y conocimientos con profesionales y organizaciones dedicadas a la prevención en distintos lugares de la región.

Ahora, el Modelo REFUGIO se prepara para dar un nuevo paso: será presentado en el European Symposium on Suicide and Suicidal Behaviour 2026, llevando una experiencia desarrollada desde el trabajo comunitario en Chile a uno de los principales encuentros internacionales vinculados a la prevención del suicidio.

Cuando la ayuda se transforma en una nueva oportunidad

Desde que comenzó a funcionar, la Fundación Servicio a la Familia ha acompañado directamente a 227 familias y a más de 913 beneficiarios, entregando apoyo psicosocial, ayuda social, formación y seguimiento a lo largo de distintos procesos.

Entre las historias que Jacqueline recuerda está la de Daniela Rosas, una madre de tres hijos que llegó a la fundación atravesando una situación de alta vulnerabilidad. En un comienzo, el apoyo que recibió fue principalmente alimentario, pero con el tiempo su relación con la organización fue adquiriendo otra dimensión.

Daniela comenzó a participar como voluntaria, accedió a instancias de capacitación y consiguió un empleo estable. Paralelamente, fue avanzando en el proceso de reunificación con uno de sus hijos y recuperando herramientas para volver a proyectar su vida.

Para Jacqueline, esta historia representa uno de los cambios más significativos que puede producir un acompañamiento sostenido: que una persona que inicialmente llega buscando ayuda termine recuperando su autonomía y, más adelante, se convierta ella misma en un apoyo para otros.

Es precisamente ese proceso el que la fundación intenta observar cuando evalúa su trabajo. Además del número de familias atendidas y de las personas que participan en sus programas, realiza seguimiento de los procesos formativos, la reconstrucción de vínculos familiares, la inserción laboral y educativa y la participación comunitaria de quienes alguna vez fueron beneficiarios.

En su experiencia, el impacto más profundo aparece cuando la ayuda deja de ser necesaria y la persona comienza nuevamente a hacerse cargo de su propia historia.

Una red para no enfrentar solos los momentos difíciles

El trabajo de la Fundación Servicio a la Familia se sostiene en buena medida gracias al voluntariado y a las alianzas que Jacqueline ha ido construyendo con distintas instituciones. Psicólogos en práctica, profesionales, estudiantes, mujeres líderes comunitarias, universidades y organizaciones sociales forman parte de una red que permite ampliar la capacidad de acompañamiento.

Uno de esos voluntarios es don Aladino Casanova, quien a sus 80 años continúa participando activamente en la fundación. En una de las conversaciones que ha quedado especialmente presente para Jacqueline, él le dijo: “Ahora que está tan mala la situación, nosotros contamos con ustedes”.

La frase resume, para ella, una parte esencial de lo que busca construir. No necesariamente una respuesta para cada problema, sino la certeza de que, cuando una dificultad aparece, existe una red a la cual recurrir.

Esa red también se extiende hacia las comunidades. La fundación trabaja formando personas que puedan reconocer situaciones de riesgo y acompañar a quienes necesitan ayuda, con la intención de que la prevención no quede restringida a los espacios clínicos, sino que pueda instalarse en aquellos lugares donde transcurre la vida cotidiana.

Jacqueline ha participado además en espacios técnicos relacionados con la prevención del suicidio y la protección de la infancia, y es autora de libros y materiales destinados a fortalecer el conocimiento en torno a estas materias.

Llevar una experiencia chilena al mundo

Uno de sus principales desafíos para los próximos años es consolidar el Modelo REFUGIO en Chile y ampliar su implementación hacia otros países. Para ello busca fortalecer las alianzas internacionales, diversificar las fuentes de financiamiento de la fundación y continuar formando comunidades preparadas para responder frente a las crisis de salud mental.

También trabaja en la organización de una nueva versión del Congreso Iberoamericano de Suicidología y en la expansión de la Red Iberoamericana, convencida de que la experiencia acumulada en distintos territorios puede convertirse en una herramienta para mejorar las estrategias de prevención.

Después de aquella primera pérdida, Jacqueline decidió orientar su trabajo hacia una pregunta que todavía está presente en todo lo que hace: cómo conseguir que alguien que está sufriendo encuentre apoyo antes de llegar al límite.

Su respuesta ha sido construir redes, formar personas y acercar la prevención a los lugares donde viven las familias. Porque, para ella, acompañar no significa únicamente estar cuando aparece una emergencia, sino conseguir que mucho antes de ese momento exista alguien capaz de mirar, escuchar y decirle a quien está pasando por un mal momento que no tiene que atravesarlo solo.

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