sumate-boton-original-rosado

"No todos avanzan al mismo ritmo ni necesitan las mismas cosas. Algunos requieren más tiempo".

Hace más de dos décadas, Camila Couve buscó un colegio para su hijo y se encontró con una dura realidad. Ninguna de las instituciones a las que acudió podía aceptarlo porque su discapacidad cognitiva no correspondía a un síndrome o diagnóstico conocido. Frente a esa puerta que se cerraba, decidió abrir otra. En 2003 creó el Colegio Alamiro, una comunidad educativa donde cada niño y joven pudiera aprender a su propio ritmo, descubrir sus talentos y ser reconocido por aquello que sí podía hacer.

Hace más de 24 años, Camila Couve Carrasco estaba buscando un colegio para su hijo, un niño con discapacidad cognitiva. Recorrió distintas instituciones y golpeó varias puertas, pero las respuestas fueron siempre parecidas: no podían recibirlo. Su condición no correspondía a un síndrome ni a un diagnóstico conocido y, por lo tanto, no encajaba en las alternativas que existían.

Camila conoció entonces, como madre, una forma de exclusión que hasta ese momento probablemente había observado desde lejos. Su hijo necesitaba aprender, pero el sistema no estaba preparado para enseñarle.

En lugar de resignarse, comenzó a imaginar el colegio que le habría gustado encontrar. Así nació, en 2003, el Colegio Alamiro.

Lo que comenzó como una respuesta a una necesidad familiar pronto empezó a convocar a otras familias. Llegaron niños y jóvenes cuyas historias tenían algo en común: también habían quedado fuera de las opciones tradicionales. Padres que buscaban un lugar donde sus hijos pudieran ser mirados más allá de una etiqueta y donde sus aprendizajes no fueran medidos por una vara igual para todos.

Con el tiempo, Alamiro se convirtió en mucho más que un establecimiento educacional. Se fue formando una comunidad en torno a una idea sencilla: cada persona tiene su propio camino para aprender y encontrar su lugar.

En el Colegio Alamiro no existe una única forma de aprender. Los contenidos, los tiempos y las estrategias se van acomodando a la realidad de cada alumno, buscando que la educación sea una herramienta para descubrir posibilidades y no una barrera que las limite.

Durante más de 20 años, decenas de niños y jóvenes con discapacidad cognitiva han pasado por sus aulas. Algunos han encontrado allí por primera vez un lugar donde sentirse parte; otros han ido adquiriendo, poco a poco, herramientas para desenvolverse con mayor independencia.

Camila sabe que los grandes resultados a veces se reconocen en cosas mucho cotidianas: un joven que consigue hacer algo solo por primera vez, alguien que logra relacionarse con otros, una familia que vuelve a mirar el futuro con más tranquilidad.

Y también están esos antiguos alumnos que hoy participan en distintas experiencias laborales y de desarrollo personal. Para ella, verlos avanzar es una de las señales más concretas de que el camino recorrido ha valido la pena.

El año 2016, el proyecto dio un nuevo paso con la creación de la Escuela de Integración de Artes y Oficios. La iniciativa amplió la mirada hacia aquello que viene después del colegio: aprender un oficio, adquirir herramientas para la vida cotidiana y prepararse para desenvolverse en el mundo adulto.

Artes y oficios se incorporaron así a la formación habitual de los alumnos, sin representar un costo adicional para sus familias. Hay actividades prácticas, experiencias artísticas y aprendizajes orientados a fortalecer la autonomía y abrir nuevas posibilidades de participación.

La apuesta es que la educación no termine cuando suena la campana de salida. Que aquello aprendido pueda acompañarlos fuera del colegio y convertirse, poco a poco, en herramientas para construir una vida propia.

Por eso, el trabajo se realiza de manera personalizada. No todos avanzan al mismo ritmo ni necesitan las mismas cosas. Algunos requieren más tiempo, otros encuentran su fortaleza en las habilidades manuales, otros en las relaciones con sus compañeros. El desafío consiste en descubrir dónde está la puerta de entrada de cada uno.

A lo largo de estos años, el Colegio Alamiro también se ha convertido en un lugar de encuentro para las familias. Para muchos padres, llegar hasta allí significó encontrar, finalmente, un lugar donde fueron comprendidos.

El proyecto funciona con un equipo de más de diez personas y se sostiene mediante una colegiatura mensual que incluye tanto el programa escolar como la Escuela de Integración de Artes y Oficios.

Hoy, después de más de dos décadas, Camila continúa trabajando para ampliar las posibilidades de sus alumnos, fortalecer su preparación para la vida adulta y abrir caminos hacia nuevas experiencias laborales.

Únete a la conversación

© Todos los Derechos Reservados – Mujer Impacta