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"A veces basta con abrir una puerta y encontrar al otro lado un lugar bonito, accesible y lleno de vida para que el día pueda comenzar de otra manera".

Desde su llegada a la Fundación Amigos de los Mayores, Bernardita Delpiano comenzó a conocer de cerca la realidad de quienes viven en establecimientos de larga estadía. Después de la pandemia, encontró en los patios de estos hogares una necesidad que hasta entonces había pasado inadvertida: espacios que permitieran a sus residentes salir, encontrarse, participar y volver a relacionarse con la naturaleza. Así nació Jardines que dan Vida, un programa que transforma lugares deteriorados en jardines accesibles y terapéuticos, pensados especialmente para las personas mayores.

Un patio puede ser simplemente un patio. Pero para una persona mayor que vive en un hogar y pasa buena parte de sus días dentro del establecimiento, tener un lugar donde salir, sentarse al sol, tocar la tierra o encontrarse con otros puede cambiar completamente la experiencia cotidiana.

Bernardita Delpiano comenzó a descubrirlo después de varios años trabajando en la Fundación Amigos de los Mayores.

Llegó a la organización en 2017, cuando todavía se llamaba Fundación Masfamilia y su trabajo estaba enfocado principalmente en apoyar a familias numerosas. Ese mismo año, junto al equipo directivo, decidieron cambiar el rumbo de la institución.

Chile estaba envejeciendo rápidamente y había una realidad que comenzaba a hacerse cada vez más evidente: las personas mayores necesitaban espacios de compañía, participación y estimulación, pero las alternativas eran todavía escasas.

Así nació la Fundación Amigos de los Mayores.

Los primeros años estuvieron marcados por talleres de estimulación cognitiva realizados en hogares de adultos mayores, con el apoyo de voluntarios profesionales. Bernardita y el equipo llegaban a los establecimientos para compartir con los residentes y desarrollar distintas actividades.

Entonces llegó la pandemia.

Las visitas se suspendieron y muchas de las actividades que hasta ese momento permitían mantener el contacto con los residentes tuvieron que detenerse. Pero cuando finalmente fue posible volver a entrar a los hogares, Bernardita se encontró con algo que llamó especialmente su atención.

Durante los meses de aislamiento, muchos establecimientos habían habilitado patios y espacios exteriores para poder recibir visitas y cumplir con las exigencias sanitarias.

El problema era que esos lugares no estaban pensados para las personas que debían utilizarlos.

Había espacios poco accesibles, inseguros, deteriorados y sin condiciones que invitaran realmente a permanecer allí.

Bernardita comenzó entonces a preguntarse qué pasaría si esos mismos patios pudieran convertirse en otra cosa.

Jardines que dan Vida

La respuesta fue Jardines que dan Vida.

La idea era transformar los espacios exteriores de los ELEAM en lugares donde las personas mayores pudieran hacer mucho más que simplemente salir.

Jardines con plantas, flores, huertos y lugares para sentarse. Espacios donde pudieran conversar, participar en actividades, cultivar, recibir a sus familiares o simplemente estar al aire libre.

Para conseguirlo, la fundación comenzó a reunir a paisajistas, arquitectos, terapeutas, empresas y voluntarios que quisieran aportar sus conocimientos y su tiempo.

El primer piloto se realizó en dos hogares, uno en Ñuñoa y otro en Viña del Mar. Con el tiempo, el programa llegó también a Temuco y Lampa.

Cada jardín se diseña considerando las características de quienes viven en el lugar. No se trata simplemente de embellecer un patio, sino de pensar qué puede hacer una persona con movilidad reducida, dónde puede sentarse, cómo puede desplazarse y de qué manera el espacio puede estimular sus sentidos y favorecer el encuentro.

En algunos jardines se incorporaron huertos elevados para que también quienes utilizan silla de ruedas puedan cultivar.

En otros se habilitaron lugares para talleres, actividades recreativas y reuniones con familiares.

El resultado ha sido la transformación de espacios que antes prácticamente no se utilizaban en lugares que comenzaron a formar parte de la vida diaria de los hogares.

El jardín como lugar de encuentro

Uno de los ejemplos más significativos está en Temuco.

En el hogar Elisa Luna de Mora, de la Sociedad San Vicente de Paul, se construyó el Jardín El Refugio de los Sueños, utilizando el único espacio exterior disponible en el establecimiento.

Lo que antes era un lugar poco aprovechado se convirtió en un espacio accesible y multifuncional, con sectores destinados al descanso, la recreación y el cultivo.

Una de las piezas centrales es una mesa de cultivo especialmente diseñada para que puedan trabajar tanto personas en silla de ruedas como aquellas que tienen movilidad independiente.

Durante 2025, una psicóloga voluntaria que además tenía conocimientos de horticultura comenzó a desarrollar talleres de cultivo con las residentes.

La actividad fue creciendo y los conocimientos adquiridos comenzaron a replicarse en otros jardines de la fundación.

Pero quizás lo más bonito ocurrió de una manera mucho más sencilla.

El jardín empezó a convertirse en un lugar donde pasaban cosas.

Las residentes recibían a sus familiares, conversaban, participaban de actividades y encontraban un espacio distinto dentro del hogar. Incluso una de ellas celebró allí su cumpleaños.

El jardín dejó de ser solamente un lugar con plantas.

Se transformó en parte de la vida de quienes lo habitaban.

Espacios pensados para volver a participar

Hasta ahora, el programa ha beneficiado directamente a más de 130 personas mayores, cifra que aumentará con la ejecución del jardín de Lampa.

Son cuatro los jardines desarrollados o actualmente en ejecución: el Jardín de los Naranjos, en Ñuñoa; el Jardín de la Esperanza, en Viña del Mar; El Refugio de los Sueños, en Temuco; y el futuro Jardín del Encuentro, en Lampa.

Cada uno nace de una necesidad particular y de las conversaciones con quienes viven en esos establecimientos.

Antes de comenzar un proyecto, el equipo realiza entrevistas y encuestas para conocer los intereses de los residentes. Después observa cómo se utiliza el espacio y qué actividades generan mayor participación.

El seguimiento continúa una vez terminado el jardín.

Las paisajistas voluntarias que participan en el diseño mantienen contacto con los establecimientos y supervisan la evolución de los espacios, realizando ajustes cuando es necesario.

También se observa la frecuencia con que los residentes utilizan los jardines y la manera en que los equipos de cada hogar perciben los cambios.

Porque el objetivo no es construir un jardín bonito.

Es conseguir que sea utilizado.

Que alguien quiera salir.

Que una persona que normalmente permanece dentro de su habitación encuentre un motivo para bajar.

Que dos residentes se sienten a conversar.

Que una familia pueda compartir un rato al aire libre.

Volver a mirar la naturaleza

Bernardita ha ido entendiendo que la naturaleza puede cumplir un papel importante en una etapa de la vida donde muchas veces las posibilidades de movimiento y participación se reducen.

Cultivar una planta, tocar la tierra, ver crecer una flor o cosechar algo que uno mismo plantó son acciones sencillas, pero pueden recuperar cierta sensación de autonomía y de pertenencia.

Por eso los jardines están diseñados con especies de bajo consumo de agua y que requieren poca mantención, de manera que puedan permanecer en buenas condiciones a lo largo del tiempo.

El modelo también depende de la generosidad de otros.

Paisajistas, arquitectos, profesionales de distintas áreas, empresas y personas particulares aportan su trabajo o recursos para que cada proyecto pueda concretarse.

Es una forma de voluntariado que no consiste únicamente en ir a acompañar a una persona mayor durante unas horas.

Consiste en dejar algo que permanezca.

Un espacio que seguirá allí cuando quienes participaron en su construcción ya no estén.

Bernardita quiere continuar llevando el programa a nuevos establecimientos, desarrollar jardines en otras regiones y fortalecer la red de voluntarios que permite hacer posible cada intervención.

El próximo desafío es el Jardín del Encuentro, en Lampa, y luego seguir creciendo hacia nuevos hogares del país.

Después de la pandemia, Bernardita entró a esos patios buscando una solución para un problema concreto.

Encontró, en cambio, una posibilidad mucho mayor.

Descubrió que un jardín puede ser un lugar para recuperar vínculos, ejercitar la memoria, volver a tocar la tierra y sentirse parte de algo.

Y que, para una persona mayor que vive en un hogar, a veces basta con abrir una puerta y encontrar al otro lado un lugar bonito, accesible y lleno de vida para que el día pueda comenzar de otra manera.

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